Holograma
Muchas veces somos como hologramas. Estamos presentes formalmente, pero por nuestras historias de vida somos incapaces de poner el cuerpo, y mucho menos el alma. Estamos tan ocupados en sobrevivir que no podemos contener a nadie.
Muchas veces somos como hologramas. Estamos presentes formalmente, pero por nuestras historias de vida somos incapaces de poner el cuerpo, y mucho menos el alma. Estamos tan ocupados en sobrevivir que no podemos contener a nadie.
Una cosa es la felicidad exhibida y otra es la felicidad real. Nos educaron para alcanzar la felicidad exhibible. Y aunque no dé mucho miedo, debemos dejar de hacer aquellas cosas que nos programaron para alcanzar la felicidad, porque ya hemos experimentado que no nos hacen felices, sino más bien, todo lo contrario.
Por lo general, los seres humanos necesitamos terremotos que nos destruyan, para que a partir de los escombros podamos construir algo nuevo. Como por nuestros apegos nos cuesta evolucionar, la vida nos hace podas masivas que nos ayudan a encontrar el camino.
A los 18 años es improbable conocer cuál es nuestra vocación, cuál es nuestra misión en esta vida. Por lo general, suele tomar décadas averiguarlo, siempre que estemos dispuestos a conocerlo, y no lo resignemos ante muchas razones atendibles que solo esconden una verdad: tenemos miedo. Miedo de pelearnos con nuestros padres y afectos, miedo de fracasar.
Tratamos de brillar a cualquier precio, con la esperanza que nos admiren, nos quieran. Pero aún en caso de lograrlo, nos sirve de poco. Rápidamente percibimos que es un mal sustituto de lo que verdaderamente anhelábamos: ser amados por lo que somos, y no por lo que logramos.
Nuestra búsqueda de reconocimiento pretende compensar una carencia de nuestra infancia. Perdemos buena parte de nuestra vida tratando de arreglar algo que no se solucionará...de esa forma. Pero hay un camino.
Desde la más tierna infancia, nadie recibe todo el amor que necesitaría. Los mecanismos adaptativos que desarrollamos para sobrevivir en aquél entonces, son los mismos que nos enfermarán y aislarán cuando seamos grandes.
La exigencia puede aplastarnos. Y puede generar la aversión al riesgo, que produce produce resultados catastróficos en las vidas humanas. Aprender, crecer, vivir requiere de enormes dosis de paciencia, compasión y benevolencia con uno mismo para no autodestruirnos.
Soñamos con descubrir América, pero a diferencia de Cristóbal Colón, no nos animamos a zarpar del Puerto de Palos. Tenemos horror a adentrarnos en lo desconocido. ¿Entonces?
Negar la realidad porque no nos gusta, solo agrava las cosas. Negar nuestras pasiones y sombras, solo las vuelve más grandes y peligrosas.