Jugar con fuego
Por más que nos queramos poner a salvo de las emociones, no se puede. La vida suele pasarnos por encima. Y en los casos de personas que insisten en vivir poniéndose a salvo de ellas, se convierten en muertos en vida.
Por más que nos queramos poner a salvo de las emociones, no se puede. La vida suele pasarnos por encima. Y en los casos de personas que insisten en vivir poniéndose a salvo de ellas, se convierten en muertos en vida.
El miedo es el gran obstáculo al contacto. Con otras personas, y con uno mismo. Con lo que uno hace, porque es difícil hacer bien algo si uno está muy afectado por el miedo. Y esa muralla que limita nuestra libertad interior, sólo existe en nuestra mente.
A veces tardamos mucho, muchísimo en darnos cuenta de ciertas verdades. Porque es difícil, porque los sentimientos y emociones impiden ver con claridad, o porque no nos conviene. Pero aunque tome mucho tiempo, la vida finalmente nos confronta con ella para que hagamos uso de nuestra libertad y elijamos, cómo queremos vivir.
A veces ni en el círculo más íntimo encontramos espacio para mostrarnos como somos. Hay terror a exponerse, a equivocarse, a que nos rechacen. El mecanismo de protección a esa situación termina siendo aislarse, que es la peor solución. Después de todo, cuanto antes sepamos con quienes podemos ser lo que somos, mejor.
A veces las emociones nos inundan. Y sentimos algo totalmente desproporcionado. Tal vez no se pueda evitar volver a sentirlo. Pero si se puede saber que eso también pasa.
El miedo es la emoción más primitiva y fuerte del hombre. No se la puede erradicar. En el mejor de los casos, registrarla y aceptarla, para impedir que domine nuestras vidas.
En algún sentido, todos somos adictos. Todos somos esclavos. Para liberarnos, tenemos que soltar las cosas que nos llevaron a enfermarnos. Desprendernos puede ser desgarrador, pero vale la pena. Si uno quiere ser libre, tiene que estar dispuesto a entregar todo. Y si bien nada es blanco o negro, cuanto más cosas sostiene uno, más infeliz es. Cuánto más soltamos, más libertad.
Competir por el afecto no tiene sentido. Es agotador, y aún si uno lo logra, en realidad obtiene reconocimiento, pero no afecto genuino. Y uno puede pasarse la vida tratando de subir la escalera que está apoyada en la pared equivocada. Es mejor averiguar quién es uno y dejarlo ser. Tratar de ser la persona que los demás admirarían no tiene sentido, no lleva a ningún lado.
El miedo es emoción primordial de todo ser humano. Pretender ponernos a salvo de ella, es salirnos de la vida, ser espectadores. Mejor entrar en la cancha, jugar, y equivocarse mucho, que es la única forma de crecer. Se puede vivir sin cometer muchos errores, pero es una vida seca, marchita, en la que sólo se comete un solo (y gran) error: no animarse a vivir.
Podemos tener tanto pánico a tener miedo, que nuestra vida se vaya armando en función de evitar situaciones riesgosas? No es mejor entender que es normal tener mucho miedo, que forma parte de nuestro aprendizaje?