Enfrentar la catástrofe
Si la realidad no se puede tapar, es mejor enfrentarla. Y si se puede tapar, también es mejor enfrentarla.
Si la realidad no se puede tapar, es mejor enfrentarla. Y si se puede tapar, también es mejor enfrentarla.
A veces nos hundimos en agujeros negros. En esos momentos lo único importante no es pensar en cómo salir, sino en tomar la determinación de hacerlo.
Tenemos que confiar en que estamos en el lugar exacto en el que debemos estar. Las experiencias dolorosas que nos pone la vida nunca se entienden mientras las estamos atravesando. El sentido de todas las vicisitudes de nuestro camino solo se comprenderá cuando lo hayamos transitado. Tenemos que aprender a confiar en la vida, y caminar sin miedo.
Solemos creer que las personas que triunfan tuvieron suerte. Y sí, definitivamente es una parte del éxito. Sin embargo, detrás de grandes logros, siempre hay una persona que no aceptó los límites que la realidad trataba de imponerle.
La vida puede ser como un barril sin fondo, en donde nada nos alcanza. Y sin embargo, nos estamos muriendo de hambre en medio de un banquete.
Vivir es bien difícil. El dolor del pasado puede destruirnos, y el miedo al futuro paralizarnos. Y tarde o temprano, la vida nos exigirá la determinación de Alejandro Magno para quemar las naves, como única forma de seguir adelante.
El miedo es la emoción dominante de todo ser humano. Y todos los miedos remiten a uno, el miedo a morir. Nuestro cerebro no difiere mucho del cerebro primitivo, extremadamente sensible a riesgos que amenazaran la supervivencia. Y aunque hoy en día no estemos expuestos a esas situaciones, seguimos funcionando como hace millones de años.
La vida no es una obligación. Y si existe una principal, es la de conocerse y elegir cómo uno quiere vivir. En vez de cumplir con todas las expectativas o quejarnos por ello, debemos conocer cuáles son nuestras expectativas, posibilidades y armar nuestra vida desde ese lugar.
¿Qué hacer cuando ya no hay nada que hacer?
Las heridas del alma también necesitan sanar. Y sólo el perdón las sana. Hay que perdonar a la vida (Dios), el prójimo, y a uno mismo. No hay otro camino hacia la paz.