3
Abr
2012
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Cuando las ideas no encajan en la realidad

Su historia con el piano venía de largo. Cuando Martín tenía 11 años, dicho instrumento había aterrizado en su casa producto de una herencia que nadie deseaba heredar. La madrina de su hermano Alberto había sido la beneficiaria, pero como no lo quería, se lo regaló a su ahijado. Él, con 14 años, estaba más interesado en descubrir el género femenino que en estudiar música clásica, no obstante lo cual, el artefacto fue a parar al living del departamento.

Como alguien tenía que utilizarlo para no desaprovechar la oportunidad de la herencia recibida, y atento a que el beneficiario no tenía ningún interés en el tema, Martín no tuvo más remedio que satisfacer a su madre y empezar a tomar clases de piano. De todas formas,  como el asunto no le disgustaba, iba a sus lecciones con alegría.

Sin embargo, la rigidez pedagógica de la profesora de origen alemán –propias de la mujer de Goebbels-, no le resultaba muy inspiradora. Luego de las vacaciones de verano, su madre decidió unilateralmente cambiar de maestro por otra mujer que le habían recomendado. Como esta educadora venía a domicilio, al principio la situación pareció prometedora. Pero enseguida aparecieron dos nuevos contratiempos: la instructora tenía problemas de alcoholismo -situación que curiosamente nadie registraba excepto el joven alumno-, y la madre de Martín lo presionaba para saber si las clases valían la pena ya que eran muy costosas. Con semejante cuadro, no pasó mucho tiempo para que el discípulo abandonara.

La injusta conclusión familiar fue que a Martín no le interesaba el piano, cuando en realidad lo que no le gustaba eran sus profesoras rígidas o borrachas, y sobretodo, la presión de su madre para constatar si el esfuerzo económico tenía sentido.

Años después de estos vaivenes, Martín fue descubriendo en la música una secreta pasión. Y de todos los instrumentos, el que lo movilizaba especialmente era el piano. Para cuando terminó de verlo con claridad, su hermano acababa de vender el que tenían, para poder hacer un viaje de egresados.

Pero como en la vida todo aquello que es verdadero y profundo siempre se sigue manifestando,

Martín aceptó la invitación a tomar clases que le hizo una tía ex concertista.

Dado que la realidad es una máquina de generar problemas, el primero y más importante fue que ahora Martín no tenía en donde practicar. Al igual que no se puede a aprender a nadar sin una pileta, la evolución musical de Martín estaba condenada si no tenía un piano.

Por otra parte, la profesora no era tal, sino solo una ex concertista bastante frustrada. Había tenido la enorme desgracia que sus compañeros de la infancia se convirtieran en destacadas estrellas internacionales. Ella había tomado clases con el maestro Vicenzo Scaramuzza, al igual que Martha Argerich, Bruno Gelberg y Daniel Baremboim. Y si bien no evolucionar en la actividad que uno ama ya es de por sí muy frustrante, que tantos amigos de uno sí lo hagan es desolador.

El efecto comparación destroza el espíritu del que no fue tocado por la varita mágica del destino y lo hunde en las profundidades de la ignominia. Ser Diego Maradona puede ser difícil, pero ser Lalo Maradona es aún mucho más difícil.

En alemán hasta existe una palabra para definir esta situación: “schadenfreude”, significa aquel pequeño placer inconfesable que podemos sentir frente al fracaso de los otros. Y bajo la reflexión de Gore Vidal (“cada vez que a un amigo le va bien, alguna cosita dentro de uno muere…” ), su tía y profesora era una muerta en vida. Así las cosas, Martín decidió comprarse un piano y buscarse un profesor más sano e inspirador.

La nueva misión contaba con importantes obstáculos ya que en su casa no apoyaban la decisión. Su madre, sostenía que ya habían tenido un piano tantos años sin aprovecharlo, y que no era razonable que alguien quisiera tocar justo después de haberlo malvendido (omitiendo desde ya, su negativo aporte para que aprendiera). Por otra parte, a su hermano  le resultaba intolerable imaginar que tendría que soportar escalas y arpegios.

A esta altura de los acontecimientos a Martín no lo detenía nada. Pese a la falta de apoyo, con sus ahorros buscó y compró un piano. El día que el instrumento ingresó a la casa y sonó por primera vez, su pobre hermano supo que tendría que irse a vivir a otro lado, hecho que ocurrió pocos meses después. Luego de intensas investigaciones, encontró un verdadero maestro con quien avanzar en su incipiente pasión.

Paralelamente con su aprendizaje se fue gestando una gran ambición: convertirse en un pianista de escala mundial como Daniel Baremboim. No cualquier pianista reconocido; Daniel Baremboim. Pese a que ya tenía 20 años y gran cantidad de sus horas diarias estaban asignadas a la facultad, al deporte, y a su novia, pensó que podría convertirse en un intérprete de primer nivel. Omitía que su héroe había empezado a tocar a los 3 años y pasado larguísimas jornadas de práctica y estudio durante décadas. Sin embargo a Martín eso parecía tenerlo sin cuidado.

No compartía su anhelo con nadie por temor a que se burlaran de él,

pero estaba convencido que con cuatro horas diarias de práctica, pese a comenzar a sus 20 años, podría tener un futuro descollante.

Si bien la música le encantaba, sus ansias de protagonismo eran tan grandes como su pasión artística. En algunos diálogos con su hermano mayor aparecía el tema, y aunque Martín le escapaba al planteo, no pudo evitar registrarlo.

La corrosiva pregunta fraterna acerca de si lo que le gustaba era el piano o el eventual protagonismo que el instrumento podría darle, no tuvo una respuesta clara.

Su hermano le hundió más el bisturí cuando lo interpeló acerca de si su amor por la música le permitiría aceptar ser un modesto profesor de piano, o uno de esos músicos de lobby bar de un hotel 5 estrellas, o si sólo consentiría ser un artista impresionante de los que se presentaban en el Carnegie Hall. Martín se rió, sabiendo íntimamente que la última situación sería la única posible. Él quería tocar y ser famoso en la meca de los intérpretes. Y las cuatro horas diarias abrirían las puertas de aquél paraíso.

Mientras todo esto discurría, Martín practicaba un promedio de dos horas diarias. En parte, porque entre la facultad, el deporte y la novia no tenía más tiempo. Aunque también, porque no le daba el espíritu para tanto esfuerzo. Su amor por el piano no conocía esas posibilidades de exigencias. Cuando algún raro día lograba practicar las deseadas cuatro horas, simplemente sentía que podía descansar en paz, y que el sueño del Carnegie Hall era posible. Cuando no, como ocurría la amplísima mayoría de los días, se sentía frustrado, enojado con la realidad y peleado con la vida. No se le escapaba que bajo esas condiciones no llegaría a ser el pianista que él quería, y la vida parecía convertirse en un callejón sin salida.

Las cuatro horas eran la medida de su insatisfacción.

Cuanto más lejano estaba de su arbitrario objetivo, más desasosegado se sentía.

Por ende, por lo general se sentía muy mal dado que apenas alcanzaba el cincuenta por ciento de la meta. ¿Podría alegrarse de estar tocando dos valiosas horas todos los días? De ninguna manera.

Aceptar el vaso medio lleno era una opción para débiles y personas no llamadas por el destino, pero nunca para él. Oscilaba entre la esporádica y provisoria tranquilidad que le brindaba la misión cumplida, y la irritación y desesperanza que le generaban incumplir lo que su mente había indicado. Obviamente, no había lugar para preguntarse si el objetivo era razonable. Mucho menos, para registrar el valor de lo que hacía, que sólo era condicionado por los férreos límites que la realidad siempre impone.

Los años fueron pasando, y la sórdida pelea cuerpo a cuerpo con ese diario e inalcanzable objetivo fue haciendo estragos en la vida de Martín. Si bien había evolucionado muchísimo como estudiante, prácticamente nunca alcanzaba esa meta de entrenamiento cotidiano que supuestamente le garantizaría el acceso al olimpo de la música. Su rigidez o inexperiencia vital también le impedían enterarse de que aún ensayando esas benditas cuatros horas, podría no llegar nunca a ser un gran concertista. Es más, eso era lo más probable, dado que había una legión de estudiantes que ni tocando ocho horas diarias desde su tierna infancia lograban serlo. Pero eso no pasaba por la mente y el corazón de Martín. Lo único que experimentaba era el amargo trago diario de no ser capaz de tocar ese piso “razonable” que se había autoimpuesto. A veces experimentaba unos pasajeros momentos de sosiego, cuando al tocar alguna pieza de cierta complejidad, percibía su propia evolución y disfrutaba de la música. Pero eran revelaciones muy esporádicas y pasajeras. Lo normal era vivir decepcionado y frustrado por la meta no alcanzada.

El tiempo siguió erosionando su objetivo, hasta que un día se produjo la gran epifanía. Su maestro, un señor de 50 años que había aprendido con grandes próceres de la enseñanza y había dedicado su vida al piano, lo invitó a un concierto en el que tocaría la sonata Apassionatta de Beethoven, la preferida de Martín.

El alumno se sentó en primera fila para ver, escuchar y sentir a su maestro interpretar semejante obra. Bastaron pocos minutos de comenzado para que Martín registrara el abismo que existía entre la interpretación de su profesor y la de Daniel Baremboim. De la infinidad de diferencias irreductibles, la velocidad fue la que más lo impactó. La lentitud de su maestro produjo en Martín un shock emocional. Su inevitable reflexión fue que si aquél señor que llevaba cinco décadas dedicadas al piano desde el inicio de su vida, estaba tan lejos del estándar de Baremboim, ¿qué podría esperar él, que había empezado a los veinte, y que ni si quiera podía superar las modestas dos horas diarias de estudio?

La experiencia le resultó tan fuerte que decidió retirarse de la sala antes de que concluyera el primer movimiento. Ya fuera del teatro y pese a la gran distancia que lo separaba de su casa, decidió volver caminando, como buscando darse el tiempo necesario para procesar algo de lo que acababa de vivir.

Durante el largo regreso en el que caminaba como un sonámbulo sin dirección, pudo reflexionar algunas cosas. La más significativa fue que tenía que dejar el piano. El esfuerzo carecía de sentido ya que no había ninguna posibilidad de llegar a donde se había planteado. Lamentablemente, en ese entonces fue incapaz de registrar que el error principal era haber condicionado su estudio del piano a poder tocarlo como Baremboim. Y ni hablar de la infelicidad que le había generado durante estos años, la errónea creencia de que cuatro horas diarias de estudio serían el pasaporte al paraíso. Su férrea convicción de cuál debía ser la medida de su práctica diaria, le impidió disfrutar las dos horas que tocó todos los días. Como el cuento del vaso medio vacío, Martín se pasó esos años muy incómodo consigo mismo, pese a estar realizando un esfuerzo muy grande y valioso. Pero de nada servía frente a su rígida y equivocada idea.

Dos años después de aquél colapso, decidió retomar el piano. Ya no aspiraba a ser Daniel Baremboim ni ningún otro astro de la música clásica. Pero a los pocos meses de intentar tocar muy bien jazz, la nueva decepción fue inevitable. El voraz monstruo de la exigencia de ser perfecto seguía intacto.  Sin embargo, la implacable realidad lo sacó de carrera nuevamente.

Cinco años después empezó de nuevo, contentándose con tocar simples baladas o canciones de rock, las cuales podría acompañar cantando. Ese abordaje le produjo grandes alegrías, ya que la música lo seguía conmoviendo. Y  en ese entonces, el no tener la exigencia de llegar a ser un concertista deslumbrante que se presentara en el Carnegie Hall le permitía disfrutar de la música.

Ya no había lugar para aquellas ideas que son un manantial de infelicidad: a los 30 años de edad no podía aspirar a ser Baremboim. Estaba contento con haber encontrado su límite, sus posibilidades. No existían las naturales tensiones que se producen al indagar cuál es el límite. Ni las decepciones por no poder superarlo. Mucho menos,  aquella frustración cotidiana por no lograr que la realidad cediera a sus arbitrarias ideas.

Suspiró al recordar todo lo mal que había vivido aquellos años por negarse a aceptar la realidad. Podría haber practicado esas dos horas diarias con alegría y positividad, en vez de rechazarlas porque estaban lejos de su objetivo. ¿Habría cambiando algo? Seguramente nada, si el único objetivo válido era convertirse en Daniel Baremboim. Pero salvando ese desvarío de protagonismo, su calidad de vida hubiera sido mejor, y su evolución como músico amateur, también.

No es lo mismo el desarrollo de una persona con su espíritu en armonía, que el de alguien contrariado y enojado.

Y al final de cuentas,  nada habría cambiado  el férreo límite de aquellas dos horas diarias que era lo que realmente podía ensayar.

En el fondo, se trataba de elegir cómo crecer: desde lo que le faltaba, o desde lo que tenía.

Recordó un viejo dicho zen que sostenía: “si las comprendes, las cosas son lo que son. Y si no las comprenden, las cosas son lo que son”.

Finalmente, se dio cuenta que cuando las ideas de los hombres no se ajustan a la realidad, los que indefectiblemente sufren son los hombres, nunca la realidad.

Artículo de Juan Tonelli: Cuando las ideas no encajan en la realidad.

6 Respuestas

  1. Gracias Juan, por tu opinión profesional e invalorable motivación a que lo termine. Espero de corazón poder leer tus atrapantes cuentos plasmados y recopilados en tu libro.
    abz

  2. Marita

    Relato para un libro de autoayuda y disparador de riqueza para terapia de grupo. Muy interesante.

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