24
Mar
2013
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Yo siempre quiero estar donde no estoy

Yo siempre quiero estar donde no estoy

No aquí. No a esto. No ahora.

Eduardo tenía 18 años cuando se enamoró perdidamente de Eva, quien con dos años menos, le tocó el corazón. El noviazgo se fue consolidando y con el Mayo Francés, ella tuvo su primera vez con su novio. Cuando llevaban siete años juntos y planificaban el casamiento, ocurrió lo inesperado.

En una aventura, Eduardo embarazó a otra mujer. El deber era el deber, y aunque desolado, decidió de dejar a Eva para casarse con su ocasional compañera, para tener ese hijo de ambos.

La vida, con esa mala costumbre de cambiar los planes y hacer bromas de mal gusto, recién entraba en calor. Tan pronto se casaron, ella perdió el embarazo. La cabeza de Eduardo, que ya estaba partida antes de empezar, terminó de romperse en mil pedazos. Noches en vela con preguntas infinitas. Su corazón, después de haber abandonado a Eva por el deber, la extrañaba aún más y quería volver y hacer como si nada hubiera ocurrido. Pero en los años sesenta eso no era fácil, y su formación y cultura le decían que tenía que sacar adelante su matrimonio.

Le tomó un año aceptar que aquél mandato no tenía ningún sentido, y sobre todo, ninguna posibilidad. Justo cuando juntó coraje para hablar con su esposa y sincerar la situación, ella quedó embarazada nuevamente. ¿Volvería a perderlo, liberándolo a él de aquella situación insostenible? La vida lo había obligado a separarse de Eva por un momento de debilidad. Luego, para exhibir las contradicciones, había interrumpido aquella gestación, vaciando de contenido a la coyuntural pareja. Y ahora, cuando eso era evidente, en otro momento de debilidad, volvía a meterlos en el tren fantasma.

Este embarazo no se perdió, por lo cual Eduardo no tuvo más remedio que seguir adelante. Para cuando el hijo cumplió 5 años el padre  decidió nuevamente afrontar la situación y decirle a su esposa que aquello no era una pareja, y que era mejor encontrar otra forma de seguir viviendo. No sin dolor, ella entendió lo que ya sabía. El que no lo aceptó fue el niño, que en un mar de lágrimas le rogó a su padre que no se fuera de su casa.  Él sintió que acompañar la propuesta de su hijo significaba inmolarse, pero así y todo decidió hacerlo. Aquella larga noche, se prometió que cuando su hijo cumpliera dieciocho años, él se iría. Claro, sólo faltaban trece años y más que promesa, su idea parecía una fantasía:

esas típicas mentiras que se inventan los seres humanos para seguir adelante.

La vida fue pasando y Eduardo picoteaba aquí y allá; con romances y amantes trataba de compensar el agujero negro que tenía en su corazón. Pero la medicina no era muy eficaz, porque no estaba bien en ningún lado. Ni con su esposa, ni con sus compañeras que lo festejaban y contenían.

Para el cumpleaños número dieciocho de su hijo, Eduardo ni se acordaba de su promesa. O mejor dicho, prefería no mirarla a los ojos para no corroborar que su vida estaba estancada desde hacía demasiado tiempo. Y los años seguirían pasando. Se preguntaba si todo lo que le quedaba de vida sería así, un largo transitar hacia la nada.

Pero cuando uno espera lo inevitable, ocurre lo inesperado.

Con sesenta y cinco años de edad, un hijo de treinta y largos, y un matrimonio similar, en Facebook encontró a un primo de Eva. El pariente le contó que ella -de quien nunca más había sabido nada-, se había casado con un señor, se habían mudado al sur, y tenido dos hijas. Y que después de treinta años de matrimonio, acababa de enviudar y por ello, regresar a Buenos Aires. Eduardo se estremeció. Íntimamente se sintió como Pandora. Y al igual que en el mito griego, supo que lo último en salir de aquella caja sería la esperanza. Así y todo, decidió avanzar.

Eva se tomó unas largas semanas antes de aceptar la propuesta del café con Eduardo. Había sufrido mucho y también había vivido mucho. No quería problemas. Quería que los veinte años de vida que le quedarían, fueran apacibles.¿Pero a quién le importa lo que queremos? Por lo pronto, a la vida no.

El mero hecho que se tomara tanto tiempo para pensarlo ratificaba que ahí había algo más que un amor de juventud. Finalmente  accedió, con la misma íntima convicción que aquello sería la caja de Pandora. Una vez que el dentífrico había salido del pomo; ¿quién podría volver a ponerlo adentro?

En pocas semanas todo estaba como si no hubieran pasado los 40 años, ni los matrimonios, ni los hijos. Eva y Eduardo estaban enamoradísimos, felices, pasando todas las noches en vela, celebrando haberse reencontrado. El misterio de la vida en todo su esplendor.

Él se separó rápidamente y no le importó que su esposa e hijo no entendieran. Ya estaban grandes, muy grandes. Había hipotecado su vida por ellos y a sus sesenta y cinco años tenía derecho a ser libre. La situación de Eva era distinta. Su marido había fallecido hacía menos de un año, y  tenía dos hijas grandes que nunca entenderían semejante deslealtad hacia su difunto padre.

Eduardo se alquiló un departamentito lindo y se puso en forma. Las décadas de auto abandono y desidia habían quedado atrás. Ahora era un hombre nuevo y quería estar muy atractivo. Que su nueva casa fuera el nido de amor. Y ahí comenzarían los problemas ya que superada la embriaguez emocional y sexual de los primeros tiempos, las diferencias empezarían a emerger.

Él sentía que estaban perdiendo el tiempo, que justamente era lo que menos tenían. Quería pasar los años que le quedaran de vida muy pegado a ella.  A su vez, le dolía mucho recordar que cuarenta años atrás la había abandonado, habilitando a que otro hombre la cortejara, la sedujera, la enamorara, se casaran, la embarazara y tuvieran una buena familia. Como si le hubiera regalado la oportunidad al otro. Para peor; ¿cómo se competía con un muerto? Eduardo quería convertirse en el hombre más importante en la vida de Eva, pero eso parecía improbable, ya que ella había compartido casi toda su existencia con otra persona, con quien había sido feliz, y tenido dos hijas.¿Donde estaría la tecla de “delete” para poder borrar todo aquello?  Tendría alguna chance de ganarle a esa sombra, o habría que resignarse a ser el segundo hombre más importante en la vida de ella?

Eva tampoco la tenía fácil. Además de no poder blanquear el tema con sus hijas por temor a que se enojaran con ella por ponerse de novio cuando debía estar de duelo, tenía otros fantasmas. ¿Volvería Eduardo a hacerla sufrir? ¿A abandonarla? ¿Cómo superar la culpa  para con su marido muerto, a quien debiera honrar no estando con ningún otro hombre o al menos, esperando un buen tiempo? ¿No era de adolescentes o inmaduros enamorarse?

Ella ya tenía una vida hecha y esto venía a molestarla, a poner todo en crisis. La existencia y esa mala costumbre de perturbarnos, de romper con lo establecido.

Eduardo, obsesionado con arreglar el pasado y aprovechar el poco futuro que quedaba. ¿El pasado podía ser corregido? Eva, con miedo a que Eduardo la volviera a abandonar. Aunque ese antecedente fuera de cuarenta años atrás. También sentía mucha culpa por su marido y le daba terror que el futuro pudiera poner en crisis hasta el afecto de sus hijas.¿Y el presente?

Como en toda existencia humana, el presente era el momento en el cual uno lloraba por un pasado que no podía arreglar y se angustiaba por un futuro que difícilmente ocurriría.

Sí aquí. Sí a esto. Sí ahora.

Artículo de Juan Tonelli: Yo siempre quiero estar donde no estoy.

¿Por qué cuesta tanto vivir el presente?

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