1
Ago
2011
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Mendigo afectivo

Mendigo afectivo

Era un tenista muy destacado. Había tenido la suerte de ser campeón nacional. Sin embargo, hacía mucho rato que no encontraba la felicidad en su deporte. La razón era simple: la realidad distaba mucho de sus sueños.

Sus éxitos en los campeonatos nacionales habían quedado atrás. Muy atrás. Su anhelo de ser campeón mundial se había estrellado contra un presente gris. Si bien cualquier persona estaría feliz con la situación de Nicolás, él se sentía profundamente desdichado. Por más que hiciera 5 años que no bajaba de los primeros tres puestos del ránking de su país, convivía con la profunda tristeza de saber que no iba a ser ese gran jugador que tanto anhelaba. Peor aún: ni siquiera iba a encontrar alegría en el juego, ya que su drive no le salía como él quería. Y hacía rato.

Había probado de todo: desde cambiar la técnica radicalmente para tratar que su golpe fuera como indican los manuales, hasta olvidarse de ella y dejar su drive librado a la libertad. Ceñirse estrictamente a la técnica no había resultado, dado que la realidad era más rápida y dinámica que los manuales. La vida, no admitía esas rigideces. Por otra parte, abandonarse al libertinaje, tampoco servía. Resultaba de gran alivio después de un ciclo opresivo de rigor técnico, pero después de esos instantes de descompresión, las limitaciones e inseguridades que generaba el laissez faire sumían a Nicolás en una desesperanza profunda. Tenía miedo cada vez que golpeaba la pelota, y eso parecía no tener cura.

Varios años de frustración habían envenenado su espíritu. Ya no sabía si jugaba porque el juego le apasionaba, o por la simple razón que ese deporte era su identidad. ¿Quién sería él fuera de ese ámbito? Tendría que construirse una reputación nuevamente, y eso era aterrador. Mejor, usufructuar a fondo la que ya tenía. Aunque en demasiadas ocasiones se sintiera como una puta, en donde sólo practicaba ese juego porque le pagaban bien, y porque era el único lugar en el que era alguien.

Ese apego estaba profundamente arraigado por un par de hechos, menores en sí mismos, pero que lo habían marcado a fuego. Tendría unos 5 años cuando una portera que lo cuidaba, asombrada con su inteligencia, le auguró un destino de grandeza, y que sería presidente del país. Nicolás había tomado aquel comentario como una premonición, una conjura. Y tácitamente, desde aquél entonces no perdía sus esperanzas o fantasías acerca de ser presidente de su país, o de cualquier cosa que se propusiera. ¿Cómo podía darle tanta importancia a un comentario de una persona escasamente calificada? Tal vez, porque emocionalmente había sido muy importante para él, pensó. O más obvio, porque era tan lindo escuchar esas palabras, que producía placer creerlas. Como si ese comentario compensara la falta de valoración que Nicolás sentía de sus padres.

Pero claro, el precio de no resignar esa fantasía era cada vez mayor. El sufrimiento que le producía una realidad tan distinta de sus sueños, era muy grande. Se preguntó si efectivamente ser presidente era un sueño suyo, o si simplemente esperaba y resistía el cumplimiento de aquella premonición, por la magnitud afectiva que tenía para él, quien la había dicho. La respuesta era evidente, pero Nicolás optó por no explorarla.

Sin embargo le llamaba la atención que un hecho tan menor, lo condicionara tanto. Recordó aquella frase de Napoleón, “a veces una batalla lo decide todo, y a veces la cosa más insignificante decide la suerte de una batalla”…. ¿Sería aplicable a sus batallas emocionales de la infancia, en la búsqueda desesperada de afecto y reconocimiento, como casi todos los seres humanos?

Si aquel hecho menor de su infancia lo había marcado a fuego, otro suceso posterior, había sido igual de poderoso. Corría el año 1980 y Nicolás estaba en Wimbledon por primera vez. Un día, mientras se cambiaba en el vestuario junto a un sinnúmero de jugadores, repentinamente se produjo un silencio sepulcral. Él no entendía bien que pasaba, aunque la situación le hizo acordar al colegio, cuando el director irrumpía en la clase, y todos los alumnos se callaban abruptamente, por temor a ser sancionados. Ni bien terminó de recordar esa situación, pudo reconocer a Bjorn Borg ingresando al vestuario. Su asociación mental con lo que pasaba en el colegio, no podía ser mas precisa: la presencia de la autoridad producía un silencio profundo. Como si todos los jugadores que estaban en el vestuario se sintieran intimidados, e incapaces de hablar en medio de semejante epifanía. El gran dios del tenis se había hecho presente, y no había lugar para nada más.

Pese a que el tenista sueco saludó como si nada y no le dio más trascendencia al asunto, la experiencia marcó a fuego a Nicolás. Él quería ser como Borg. Ya no tanto por ganar Wimbledon 5 veces consecutivas, sino por ser respetado, admirado, y producir esa veneración entre sus pares.

Habían pasado varios años de aquella historia, y Nicolás nunca había reparado en cuánto condicionaba su vida esa situación. Esa búsqueda de reconocimiento era un gran problema para su vida. Su eje se había corrido, y ya no jugaba al tenis por la simple razón que le apasionaba, sino que lo hacía para ser valorado.

Se dio cuenta que esa historia no podía regir su vida. Que era un absurdo. Que por otra parte, nunca llegaría a ningún lado ya que como estímulo para convertirse en una leyenda del tenis, era muy deficiente. No tenía ninguna duda que Bjorn Borg no jugaba por el reconocimiento, sino por su pasión con el juego, y sus simples y poderosas ganas de hacerlo mejor cada día.

Después de semejante descubrimiento, Nicolás empezó a tomar conciencia que sus días como tenista estaban contados. Que si su amor por ese deporte había quedado atrás, era mejor abandonarlo. Que el precio de sostener su identidad desde ese lugar, sería cada vez más difícil y frustrante. Se preguntó si acaso la identidad era algo que uno debía inventar, o si simplemente era algo que uno tenía, sin necesidad de esfuerzo.

Se acordó de aquél cuento del sufí Nasruddín, en que éste mandaba a su arquitecto a construirle su casa en función de un picaporte muy apreciado.

Nicolás se rió y se sintió más liviano, comprendiendo que su identidad no podía ser algo a construir y mantener, sino más bien a descubrir.  Que no hacía ningún sentido realizar tantos sacrificios en pos de ser valorado, por más carencias emocionales que hubiera experimentado. Pensó en los más habituales picaportes de los hombres, como la fama, el dinero, la belleza, el poder, el prestigio. ¿Cuáles serían las historias, menores o no tanto, que marcarían a fuego las almas humanas, para que terminaran malgastando sus vidas atrás de esos espejitos de colores?

Aunque sintiéndose vulnerable, tomó la decisión de no construir su casa en función de un picaporte.

5 Respuestas

  1. Miriam

    Anoche lo lei, y me quedo en el subconsiente de tal manera que hasta soñe cosas similares al relato…hoy lo volvi a leer ,me encanto……

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