Las vueltas de la vida

Carlos formaba parte de la renovación del partido político más importante. Cuando fueron expulsados del gobierno por un régimen militar, no tuvo más remedio que abandonar la función pública. Pese a recibir múltiples amenazas, decidió quedarse en su país y dar clases de geopolítica para mantenerse.

Francisco era un poderoso empresario hecho de abajo. Ya había amasado una gran fortuna y si bien el crear y desarrollar empresas era su pasión, sentía una necesidad creciente por mejorar su status y cultura. Por ello, se anotó en un curso de estrategia  en las escasas horas que no le dedicaba a sus negocios.

Con el correr del tiempo -y pese a que en el instituto había profesores mucho más destacados que Carlos-, Francisco se fue apasionando con las clases de ese joven político. Hubo algunas semanas que el profesor faltó, y el alumno no le dio mayor trascendencia al tema; fue una lástima ya que el profesor había sido secuestrado y torturado por uno de los más duros miembros del ejército. Afortunadamente sobrevivió, y volvió a su actividad docente.

Pasó el tiempo y Carlos fue secuestrado nuevamente. Como no aparecía, y Francisco estaba aburrido de escuchar a sus reemplazantes, decidió preguntar por él. Grande fue su sorpresa cuando le dijeron que estaba desaparecido. Como hombre de poder que era, decidió mover sus influencias y a través de una de las máximas autoridades de la Iglesia, pudo saber que Carlos estaba vivo pero en muy malas condiciones. Luego de una gestión de máximo nivel entre un obispo y el mismísimo presidente del país, Carlos fue liberado. Además de salvarle la vida, Francisco lo tuvo que ir a buscar, ya que la mujer de Carlos como estaba aterrorizada, se había escapado del país con su hijita de dos años.

Después de unos meses de recuperación, Francisco le ofreció a Carlos trabajo en su empresa. Como sólo era un excusa para darle el dinero necesario para vivir, le encargó una licitación muy importante pero para la cual la empresa no estaba preparada. Después de varios meses de estudio, Carlos llegó a las instancias finales del proceso licitatorio. Por esos misterios propios de la vida, el responsable de la decisión era el mismo militar que lo había torturado.

Como su ex verdugo no hizo ninguna manifestación al respecto, Carlos decidió seguir adelante como si nada hubiera pasado. Sin embargo, estaba convencido que un empresario de la talla de Francisco no podía ignorar la situación. Conjeturaba la razón por la cual su jefe lo exponía de esta manera; ¿entregarlo? No hacía sentido; para eso no lo hubiera rescatado. ¿Formarlo, templando su espíritu al obligarlo a hacer una tarea tan difícil? Parecía demasiado. Si bien Carlos pasó infinidad de noches sin dormir pensando en los riesgos que corría, en las ganas de vengarse de su torturador, cavilando acerca de si el militar lo había reconocido o bien reflexionando sobre cuáles serían las razones de su superior para encomendarle esta misión, siguió trabajando como si nada.

Finalmente y gracias a su talento la empresa ganó la licitación. Sorprendido, Francisco lo mandó a llamar para felicitarlo y sincerarse, reconociéndole que nunca había imaginado que podrían ganar el concurso y que la empresa no estaba preparada para la tarea. Mientras imaginaba posibles soluciones para brindar el servicio comprometido, Carlos le preguntó por qué lo había mandado a negociar con su ex torturador. La sorpresa de su jefe fue inmesa, ya que nunca supo ni imaginó semejante situación. Mucho menos, que su empleado siguiera adelante, sin decir una palabra, y que ganara la licitación. Conmovido, lo felicitó nuevamente y le dijo que se había hecho acreedor de un premio económico y de unas buenas vacaciones.

Cuando Carlos regresó de las merecidas semanas de descanso, fue ascendido a gerente general del grupo.

El militar victimario conoció el infierno, pero esta vez como víctima: pocos años después del incidente, uno de sus hijos se patinó en la bañera y tuvo un golpe terrible en la cabeza; para tratar de impedir una probable muerte, su padre lo alzó en brazos, lo subió al auto e intentó salir a toda velocidad. En el apuro, le pidió a su otro hijo que le abriera el portón, con tan mala suerte que producto de la prisa lo atropelló. Ambos hijos murieron en el hospital horas después.

Artículo de Juan Tonelli: Las vueltas de la vida.