21
Oct
2012
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La libertad no es gratis

La arrasadora pasión que se iba a desencadenar había estado incubándose durante años. Sin saberlo y mucho menos desearlo, Marcial había desarrollado un gran temor por la comida. Su gula, su ansiedad, y la velocidad al tragar, eran la combinación perfecta para transformarse en obeso. Aunque el alto rendimiento deportivo lo mantuviera en un precario equilibrio.

La percepción de esa vulnerabilidad era justamente los cimientos del pánico al futuro. ¿Qué pasaría el día que dejase el deporte? ¿Se transformaría en una boya marítima? Esta idea había pasado por su mente infinidad de veces, y tal vez por el miedo que le provocaba, era rechazada inmediatamente. Así y todo, su fugaz paso no impedía que calara hondo en su alma, condicionando un eventual futuro que no parecía próximo.

Durante una cena familiar, su hermano le había descrito con gran precisión el contenido del best seller de nutrición del momento. Los principios sonaban muy razonables, y pese a haber comprendido todas aquellas ideas con claridad, una misteriosa pulsión lo empujaba a leer personalmente ese Corán.

Aquél sábado a la noche Marcial fue a la feria del libro para ver qué novedades había. En realidad, podría haber prescindido de ese programa y simplemente caminado a la librería de la esquina de su casa, dado que lo único que le importaba era encontrarse con aquél best seller. Por lo general, cuando el inconsciente desea un escenario, la mente lo termina generando. De regreso en su casa y con el único y obvio libro comprado, a medianoche se dispuso a leerlo.

Sin que mediara ninguna decisión, cuando a las seis de la mañana lo terminó, Marcial ya era vegetariano. El campo fértil se había estado preparando demasiados años como para detenerse en la pequeñez de tener que reflexionar y elegir. Tantas emociones apretujadas durante una década habían preparado el camino para que aquella noche no hiciera falta decidir nada. Ese miedo persistente –a ser un gordo mórbido, tener  una imagen repulsiva, enfermar-, acababa de sellar una poderosa alianza con la promesa de libertad que ofrecía el vegetarianismo. Una solución de un paso y para siempre. Radical. Muerto el perro, se acabaría la rabia. Omitiendo que en estos asuntos -como en la mayoría de los problemas de la vida-, era más fácil hacer una revolución que sostenerla.

Pocas semanas después y a fuerza de comer sólo frutas y verduras, Marcial había perdido 10 kilogramos de peso. Lo significativo es que había arrancado de un peso más que normal, por lo que ahora empezaba a parecerse a alguien desnutrido. Pesarse en la balanza se había convertido en una actividad diaria. Ya no para ver si había que prender las alarmas por exceso de peso, sino más bien para ver cuánto era capaz de correr sus propios límites. Siempre se podía empujar un poco más, pesar un poco menos.

Dos meses después, la vida de Marcial se había deslizado involuntariamente al medio del huracán. El indicador era simple: lo que había comenzado como una fuerza que lo empujaba hacia adelante sin hacer esfuerzos, había mutado en una corriente que no sólo tenía dinámica propia, sino que estaba fuera de su control. Aquella pasión se había hecho cargo de su vida. Marcial ya no manejaba más. Sin embargo, faltaría bastante para que se hiciera evidente que el camino elegido por ella no era bueno para él. Lo que había empezado como un motor interior que no requería el normal esfuerzo de la vida, dejaba entrever dos problemas: que Marcial no conducía más su vida, y que la dirección que había decidido esa fuerza autónoma era autodestructiva.

Meses después, el infierno ya no ocultaba su cara. Marcial era sólo un testigo –privilegiado- de su miserable vida. Sus opiniones y elecciones eran ignoradas por completo. Dolorosamente se identificó con la parábola del hijo pródigo en donde después de un largo y libertino camino,  el hombre no tenía más remedio que asumir que los cerdos que poseía su padre, eran tratados mejor que él. En este caso, la relación era obvia: el camino que había emprendido para estar más sano y radiante lo había vuelto más enfermo que nunca. No sólo porque el vegetarianismo extremo lo empujara a una compulsión con la comida; también, porque lo había transformado en un obsesivo. Antes de que él interviniera de manera tan activa, su alimentación se autorregulaba razonablemente. Si bien no era perfecta y algunos excesos lo preocupaban, era infinitamente mejor al descalabro provocado por su férrea voluntad de conducirla. ¿Tan perniciosa podía ser la intromisión humana en temas delicados? ¿Era mejor dejarlos discurrir a pretender controlarlos y lograr efectos absolutamente contraproducentes? Tomó conciencia de la magnitud del problema en el que estaba inmerso. Había pretendido controlar su existencia, eliminar problemas e incertidumbres, y la vida se había revelado. ¿Sería simplemente para mostrarle que él no mandaba? ¿O para depurarlo de fanstasías y que aprendiera a trabajarse con paciencia y compasión,  y centrándose en asuntos relevantes y no narcisistas?

El gran desafío ahora pasaba por desandar el camino. El sólo hecho de imaginarlo le helaba la sangre. ¿Cómo haría ahora para hacerse el boludo? Sabía lo problemáticos que eran los alimentos de origen animal y los que eran refinados. ¿Sería posible volver a comerlos sin sentir que se estaba matando?

Tuvo que caer aún más hondo para asumir que cuando comía todos aquellos alimentos tan perjudiciales, era mucho más sano y feliz que ahora que llevaba una dieta perfecta. Los atracones -inevitables válvulas de escape a regímenes tan estrictos-, y la obsesión permanente por la comida correcta habían convertido su vida en un infierno. Estaba convencido que ese camino de autodestrucción y descontrol terminaría inevitablemente en su muerte. Ya no le quedaba más voluntad. A fuerza de fracasar una y mil veces, tenía la certeza que no podría salir de ahí. En el fondo de su abismo, pensó que si Dios existía, tal vez pudiera rescatarlo.

Paradójicamente, cuando dejó de hacer esfuerzos por resolver las cosas, la vida empezó en forma tímida, a arreglarse sola. Obviamente que el camino no era lineal ni sencillo. Estaba dos días bien, y caía el tercero. Tal vez, la diferencia central fuera que él no estaba más a cargo. Aunque tampoco a la deriva. Ni él ni su pasión conducían su existencia. Fuera Dios o la vida misma, alguien se estaba haciendo cargo. Pudo comprobar que cuanto menos se entrometía, mejor andaba todo. Aunque para una mente buscadora de certezas y seguridades, dejarse fluir fuera desesperante. Pero los progresos lo alentaron.

Después de un mes sus mejoras eran claras. No obstante, su plegaria inicial de ser liberado de cualquier forma de aquella compulsión mortal , se había vuelto más exigente. Casi sin proponérselo, había iniciado un regateo con Dios o con la vida: -“por favor sacame de este infierno y dame la gracia de comer con moderación… sólo frutas y verduras.” Su planteo de negociación se hizo sentir, y percibió en forma nítida que sus progresos se estancaron. Apremiado nuevamente por la realidad, decidió ceder otro poco, aceptando otros alimentos siempre que no fueran refinados ni de origen animal.

Volvió a evolucionar aunque al poco tiempo, nuevamente se estancó. Pudo ver la encrucijada hacia la cual lo empujaba la vida, que no era otra que entregarse sin condiciones. Nada de negociar su libertad. Si la quería, debía estar dispuesto a ceder todo. Su ser, ya bastante recuperado, no estaba para esas flojedades. Aceptó abandonar los productos refinados, pero en el generoso acuerdo que Marcial le proponía a Dios, los alimentos de origen animal serían el único bastión de su resistencia. Avanzó mucho, aunque algunos inesperados y profundos abismos lo confrontaron contra la dura realidad:debía estar dispuesto a entregarlo todo.

Le costó muchísimo aceptarlo. No podía ser que la vida fuera tan codiciosa. ¿Por qué no le aceptaban la generosa propuesta que él estaba haciendo? Había entregado casi todo, ofrecía un buen acuerdo. ¿Por qué tanto ensañamiento, para quedarse con todos sus logros y baluartes? ¿Era necesario?

Entre altibajos, volvió a visualizar el dilema con nitidez. Si quería ser libre, no podía seguir regateando con la vida. La libertad exigía esos desprendimientos. Era imposible conquistarla toda si no se estaba dispuesto a soltarlo todo.

Pasaron meses y algunos nuevos y profundos traspiés hasta que Marcial tuvo claro el camino a seguir. Quería ser libre. Todo lo demás, era accesorio. Volvió a comer todos aquellos alimentos que durante tanto tiempo había estudiado que eran muy tóxicos para el cuerpo. Ganó algunos pocos kilos de peso y su piel dejó de estar tan perfecta. No obstante, recuperó su libertad. Ya no se pasaba el día pensando en qué tendría que comer. Ni si podría sostener su dieta o si algún atracón lo empujaría a un abismo innecesario.

Le tomó un par de años recuperarse por completo. Se preguntó cómo pudo llegar tan lejos, y tener tanta arrogancia de creer que podría conducir su vida por donde él deseaba. Un diezmado aparato digestivo sería su perpetuo recordatorio de que en la vida había cosas que era mejor no pretender controlar. Que había que dejarlas fluir, respetarlas. También, aquella herida de guerra funcionaría como efemérides de lo que había pagado por su libertad. Con los años, descubrió que si hubiera tenido la oportunidad de modificar algo de aquel proceso tan difícil, hubiera elegido no hacerlo. Lo que había aprendido y crecido, bien valían la pena.

Artículo de Juan Tonelli: La libertad no es gratis.

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