19
Oct
2014
0
De planear a agradecer

De planear a agradecer

Finalmente su mujer lo dejó por otro. Con cincuenta y cuatro años, no fue fácil para Adrián volver al ruedo. Después de un tiempo que le llevó reacomodarse, él empezó a considerar exponerse nuevamente a las mujeres.

Al principio surgían las inevitables inseguridades. “Ya ni me acuerdo cómo es esto…”; “¿Cómo se hace?”, “¿Me moriré de un infarto al tomar Viagra?”

Los miedos cambiaban, pero indefectiblemente estaban a lo largo de todas las etapas de la vida. Nunca desaparecían. Lo único que se modificaba era la forma de enfrentarlos.

Con el correr del tiempo, pudo ir disfrutando del proceso, algo inédito para él. No era casual que hubiera estudiado filosofía, ya que a sus veinte años lo único que deseaba era aprender a vivir y desarrollar herramientas para enfrentar los problemas que tenía, entre ellos la timidez.

En general, probaba con mujeres que le presentaban sus amigos, alumnos, y hasta con algunas con las que había tenido alguna onda. Pero lo que más le gustaba era salir a algún bar en donde pudiera levantarse alguna. Experimentaba ese hecho como algo primitivo e instintivo que lo hacía sentir vivo.

Inicialmente no estaba para compromisos. Con tres hijos chicos, mucho trabajo, y un abandono sentimental bastante reciente, no tenía ningún interés de jugar al novio nuevamente. Sería para otro momento de su vida, si acaso era posible.

Para Adrián, salir al encuentro de mujeres era muy reparador, porque había sido algo que no había vivido. Él era un monógamo serial, y no había tenido muchas ocasiones de experimentar y desarrollar el arte de la seducción.

En su juventud había estado tan preocupado por cómo lo veían los demás, que le quedaba muy poco lugar para aprender.

Ahora en cambio, se arreglaba, disponía de tiempo, e iba con una actitud propia de un pescador. Llegaba a un bar que estuviera de moda, se sentaba en la barra y pedía un trago. Miraba mucho e iba identificando posibles candidatas.

Dos variables marcaban el rumbo: que fueran razonablemente lindas y que percibiera su disposición a acostarse esa misma noche. Para él era un universo totalmente nuevo. Las últimas salidas de ese tipo habían sido treinta años atrás, y el hecho que estuvieran dispuestas a acostarse no era un tema.

En aquél momento la prioridad era que fueran hermosas, inteligentes, y con el potencial de ser para toda la vida. Se rió al pensar en cómo los años transformaban la mirada.

Por eso, tres décadas después, poco le interesaba que la mujer fuera despampanante si finalmente no se iba a poder acostar con ella. Prefería alguien menos linda, pero dispuesta a tener sexo.

Por otra parte, el criterio de belleza también había cambiado. De joven le gustaban mujeres muy flacas que hoy le resultaban anodinas e insípidas. Hilando más fino, la mirada y la expresión eran determinantes. Necesitaba percibir que habían vivido. Afortunadamente, en este ítem no había dilemas: quienes tenían una mirada profunda y evidenciaban cicatrices existenciales, solían ser además mejores amantes.

A sus cincuenta, era importante que su eventual compañera fuera capaz de mantener una conversación sincera y profunda. Aunque pudiera arrugar sábanas con alguien más ligth, prefería candidatas con sustancia.

Sus periódicas incursiones con el género femenino venían a reparar su pasado. De considerarse un tímido perdido, por no decir un idiota, a ir desarrollando una amistad consigo mismo. Aprender a mirarlas, ser capaz de conversar con ellas, disfrutar de un diálogo, y si era posible, de buen sexo. Ya había aprendido que a mayor conexión, mejor sexualidad.

En ese proceso de aprendizaje fue saliendo con mujeres de distintas edades. Y con el correr del tiempo fue percibiendo que se sentía mejor con aquellas más maduras.

Un análisis superficial podía indicar que las de cuarenta ya no tenían conflicto con la sexualidad. Solían estar más abiertas a acostarse y por lo general eran mejores amantes. Por experiencia y por tener menos conflicto con el tema.

Sin embargo, una mirada más aguda permitía ver otras cosas. Las damas con la mitad de la vida a cuestas tenían más experiencia, y no solo en términos sexuales. Era muy probable que hubieran tenido hijos, hecho fundacional en la vida de toda persona, y más aún en las mujeres.

Tener un hijo lo cambiaba todo. Por primera vez, uno dejaba de ser el importante y tenía que supeditarse a los ritmos y necesidades de alguien pequeño, indefenso y egoísta que subvertía todo orden.

Por otra parte, las mujeres de mediana edad también sabían de desencantos amorosos y cómo sobrevivirlos. Cualquiera que estuviera dispuesta a conocer un hombre, además de tener hijos, era inevitable que cargara con una o más separaciones. Y si no había optado por el rencor, también habría desarrollado alguna resiliencia.

Todo este contexto le ahorraba a Adrián un montón de explicaciones estériles y potenciales desencuentros que no era posible compartir con una mujer de treinta o menos.

La experiencia no era algo que se pudiera adquirir por palabras. Siempre se podía escuchar, pero el abismo entre las palabras y la vivencia era insalvable.

Los vínculos que había tenido con treintañeras habían sido complejos y desgastantes. Eran mujeres con un mejor cuerpo pero con menores habilidades sexuales. Y pese a tener menos condicionamientos y responsabilidades, solían ser mucho más rígidas a la hora de aceptar realidades que no coincidieran con sus ideas, anhelos o fantasías.

A las mujeres de cuarenta no hacía falta explicarles lo obvio. Las más jóvenes en cambio, fingían comprensión, pero su propia inexperiencia las tornaba intransigentes.

A su vez, a Adrián le resultaba decisivo uno de los rasgos de la madurez. Las mujeres más grandes, tenían más claro lo que querían y lo que podían. La vida las había zamarreado bastante, y bien o mal ya la tenían muy estructurada entre hijos y trabajo. No deseaban sumar problemas sino buenos momentos. Había menos planes y más presente.

Como parte de esa madurez, tanto hombres como mujeres en la mitad de la vida empezaban a registrar los propios límites. Aquellas cosas que no podían ni podrían hacer.

También, una idea más o menos aproximada de quiénes eran. Estos atributos no solo simplificaban el encuentro con alguien del sexo opuesto, sino que lo posibilitaban. Después de todo, si uno no sabía bien quién era; ¿cómo podría encontrarse con otra persona? Y si no tenía una noción clara de sus propios límites; ¿como tener un encuentro honesto y profundo con el otro?

Pero lo que más sorprendía a Adrián eran las mujeres que florecían. Aquellas que durante esa primer mitad habían tenido amores intensos, hijos, peleado por sus objetivos, se habían separado, criado solas a los niños, y asumido los férreos límites que la vida les había impuesto. Las que no se habían vuelto resentidas ni tampoco insistían en la locura de vivir para la mirada de los demás, empezaban a florecer. Y en ese florecimiento se encontraba un rasgo central: la gratitud.

Se trataba de mujeres que a pesar de todo lo que les había pasado y lo que habían sufrido, eran agradecidas. Daban gracias a la vida por lo que tenían. Hecho que resultaba paradójico dado que su vida difería muchísimo de la que habían soñado.

Pero luego de que la existencia demoliera muchos de sus sueños, podían por primera vez, empezar a ver la vida tal como era. Aceptarla, disfrutarla y dar gracias por todo.

Las de treinta en cambio, seguían peleando para que la realidad se ajustara a sus ideas y objetivos. Algo atendible para esa etapa de la vida pero bien difícil para convivir. Tendrían que vivir mucho y -sobre todo- sufrir mucho, para empezar a registrar que la vida era otra cosa.

Después de muchas frustraciones empezarían a aceptar que la vida no era redonda. Que vivir no era cumplir objetivos e ilusiones, sino aprender a conocerse, ver qué emanaba del alma, ir soltando lo que no era auténtico, y con mucha paciencia, emprender un camino hacia la verdad y coherencia interior. Aceptando con paz la infinidad de cosas que no eran como uno quería, que no lo serían nunca y que tampoco se podrían cambiar.

Obviamente que ese proceso de maduración no era cuestión de género. Tal vez los tiempos biológicos del hombre y la mujer fueran distintos, habida cuenta de sus diferencias psíquicas y físicas. Pero en ambos casos, convergían en un mismo norte.

Ese destino era un lugar en donde las personas aprendían a reconocer sus propios límites y los de la realidad con mayor facilidad y naturalidad. Donde trataban de darle más espacio a aquellas actividades vocacionales y llenas de sentido. Y en donde el agradecimiento con la vida se iba convirtiendo en un estilo de vida.

En la barra de un pub irlandés y con un vaso de whisky, Adrián se dio cuenta lo maravillosa que era la vida. Y una vez más, sintió la necesidad de agradecer.

Artículo de Juan Tonelli: De planear a agradecer.

 ——————–

¿Cómo te sentís con tu vida?

View Results

Cargando ... Cargando ...

4 Respuestas

  1. mabel

    la vida gira como el mundo y en sus vueltas sale el sol todos los días, la luna ilumina la oscuridad todas las noches, tenemos tormentas, frios y calores, todo esto acompaña lo que son momentos, buenos, no tantos, y super maravillosos. Los no tan buenos aprendemos, y hasta que nos toque morir podemos elegir reír o llorar, gracias por el espacio

Deja tu Comentario