23
Jun
2012
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Acantilado

A salvo?

Bernardo era un niño de nueve años, sumamente sensible e inteligente. Al igual que toda persona, tenía miedos. Y un problema adicional que poseen los seres humanos sin excepción: estar convencidos de que ellos son los únicos desgraciados que tienen tal o cual problema. Por lo general, son las mismas cuestiones que vienen atormentando al hombre desde hace miles de años. Pero nadie parece saberlo, y todos sufren al toparse con los inconvenientes. Como si creyeran que la vida debiera ser una autopista, cuando en realidad se parece más a una carrera de rally con pozos, obstáculos, desvíos, pantanos, precipicios, disyunciones. Todos suelen sentirse estúpidos o desdichados por tener estos contratiempos inoportunos, en vez de registrar que es lo normal.

Uno de los miedos principales de Bernardo era el de exponerse. Esa timidez no solo se manifestaba al tener que hablarle a una chica o pedir la palabra en el aula. Era el tácito, profundo y omnipresente temor de que algo pudiera salir mal. Y el remedio a esa enfermedad, era el mismo que aplicaban la mayoría de las personas: mantenerse a una prudente distancia de los acontecimientos. Hacer como si estuvieran involucrados, cuando en realidad elegían ponerse a salvo, sin que se notara mucho. Napoléon decía que el coraje era una virtud que escapaba a la hipocresía. Pero sentir miedo; ¿era cobardía?

Tal vez como forma de exorcizar el miedo a la violencia, a Bernardo se le ocurrió jugar al rugby. El razonamiento era simple: practicando el deporte más vehemente y agresivo se convertiría en fuerte. La misma razón que lleva a muchas personas a aprender Karate o Tae Kwon Do. O a otras, practicar fisicoculturismo con la esperanza que un cuerpo robusto sea la mejor estrategia disuasoria contra cualquier amenaza. La idea puede estar bien para un erizo, o un pez globo, pero parece algo pobre para un hombre. Y sin embargo ocurre frecuentemente.  Y claro, todos siguen muertos de miedo, ya que el único que no compra esas simulaciones, es el propio corazón.

La inmadurez de Bernardo con sus 9 años le impedía ver que los  miedos no se curarían de esa forma, sino más bien todo lo contrario. Así como nadie podría recuperarse del vértigo haciendo paracaidismo, ninguna persona podrá sanar su pánico a la violencia rechazando una emoción tan primaria como el miedo. Por lo general, exponerse a situaciones más extremas cuando no están resueltas las más simples, solo agrava las cosas.  Y es frecuente que cuando no se puede evolucionar, se aspire a una revolución que desate el nudo gordiano de un sablazo. Pero solo resulta en la mitología, nunca en la vida real.

El padre de Bernardo decidió apoyarlo especialmente, siendo consciente de haber padecido los mismos problemas. Así y todo, sentía que aquél deporte no ayudaría a la solución buscada. Durante el viaje en auto para el primer entrenamiento, tuvo la sensibilidad de plantearle al pequeño si la elección del rugby no tendría que ver con su anhelo de no tener miedos y convertirse en fuerte. La sonrisa del niño pareció confirmar la hipótesis.

Ya en el club, Bernardo se incorporó al grupo de 35 chicos. Su timidez era tan grande, que no quería ni entrar en calor, pero el padre se puso firme y el pequeño no tuvo más remedio que seguir adelante. A veces la vida tiene que quemar las naves de las personas para que éstas se animem a hacer aquello que tanto anhelan pero que por alguna razón no pueden.

Varios de los niños que comenzaban ese día tenían problemas. Algunos, directamente fueron incapaces de empezar el entrenamiento. Esa forma de miedo llamada timidez se los impedía. Otros, podían arrancar aunque con muchas dificultades. Y solo unos pocos eran capaces de jugar. El desarrollo de los partidos era sumamente curioso: de los 15 chicos que jugaban por equipo, sólo había un puñado de dos o a lo sumo tres que realmente jugaban, intentando hacer cosas. Eran los que tomaban la pelota, los que la pasaban o la pedían, los que trataban de detener a los rivales, los que se equivocaban.

El ochenta por ciento restante eran espectadores dentro del campo de juego. Como si fuera una manada de referis siguiendo de cerca todas las jugadas, inhabilitados para tocar la pelota. Había matices: algunos eran excelentes actores y podían acercarse más a donde ocurrían las cosas, simulando estar jugando. Otros en cambio, apenas si podían seguir las jugadas a lo lejos.

Resultaba interesante observar a tantos chicos aparentando jugar. Era evidente que el mero hecho que les pudieran pasar la pelota, los aterrorizaba. Mantenían las formas, eran parte del grupo, y podrían ganar y gritarle al mundo que eran fuertes y valientes. Pero en realidad estaban muertos de miedo.

Los consejos de los padres y entrenadores eran los obvios: mantenerse cerca de las jugadas, detener a los rivales, tratar de avanzar con la pelota. Nadie parecía registrar que para un niño aterrorizado, todas aquellas eran misiones imposibles. ¿Qué sentido podían tener los consejos técnicos cuando el problema central -no abordado-, era emocional? Esa proverbial  característica humana de omitir lo central y ocuparse apasionadamente de lo periférico.

El padre de Bernardo aprovechó el viaje a solas del regreso para conversar a fondo con su hijo. Para el pequeño, fue un bálsamo saber que cuando su padre era un niño,  también había estado aterrorizado cada vez que le podían pasar la pelota. Y más aún, cuando su papá le contó que aún de grande -y habiendo sido un eximio deportista-, le seguía pasando lo mismo.

Bernardo dejó de sentirse aislado. Ya no tendría un secreto más del cual avergonzarse, sino una experiencia que al compartirla generaría encuentro. Por otra parte, su padre iluminó el camino al explicarle que podría jugar al rugby porque era un deporte muy bueno, pero nunca como herramienta para exorcizar sus miedos, ya que así no funcionaban las cosas. Que solo dándole cabida en su corazón a los terrores, tendría chances de que ellos no lo esclavizaran. Mientras siguieran rechazados y escondidos, ejercerían un tiranía. Y de nada serviría la estrategia de intentar someterlos con violencia. Las emociones eran rebeldes que bajo esas prácticas siempre triunfaban, desestabilizando. Sólo habría que abrazarlas, recibirlas, darles lugar. En el fondo, no era más que abrazarse a uno mismo, recibirse, darse lugar. Nada menos.

Por último, su papá le enseño algo crucial: tendría que equivocarse mucho. Lo desafió a que el próximo partido cometiera por lo menos diez errores. Lo único que no estaría permitido sería mantenerse a distancia prudencial de las jugadas. Habría que meterse. Y metiéndose habría golpes, errores, pero también aciertos y alegría. Y sobre todo, vida. Por que la misma nunca se queda en la tribuna. Siempre transcurre en el campo de juego.

Bernardo regresó a su casa aliviado y contento. No había vuelto fuerte como hubiera querido. Pero se sentía menos solo.

Artículo de Juan Tonelli: A salvo?

2 Respuestas

  1. Laura Márquez

    Esa proverbial característica humana de omitir lo central y ocuparse apasionadamente de lo periférico…

  2. Pingback : Coraza de grasa | Portal #1 Dominicanos en New York City

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