Esta semana publiqué una historia con mucha repercusión: NUNCA ME SENTÍ TAN AMADA Y TAN VACÍA.
Ahí Paula nos abría su corazón y nos contaba su amor prohibido. Por un lado, lo bien que le hacía. Por el otro, el enorme vacío que sentía cuando él se iba.
Parecía María Elena Walsh con su “me duele si me quedo, me muero si me voy”.
Simultáneamente publiqué una encuesta, preguntando quiénes habían vivido un amor prohibido.
Mientras los comentarios hacia Paula fueron muy condenatorios, los resultados de la encuesta me sorprendieron: el 81% de las personas reconocía haber vivido un amor prohibido.
Me llamó la atención el contraste.
Las personas que vivieron un amor prohibido suelen tener una mirada compasiva de la situación. No porque sea bueno o malo, sino porque experimentaron en carne propia que uno no elige de quien enamorarse, y que tener que atravesar una situación así suele ser extremadamente difícil y doloroso. Por eso no lo condenan. Lo comprenden.
Será que los que comentan no lo vivieron?
O que quienes lo vivieron, no pueden comentar por razones obvias y solo se conforman con participar a través de una discreta encuesta anónima?
Nosotros los seres humanos, siempre tan contradictorios, paradojales, misteriosos.

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