29
Jul
2012
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Todos somos Cain y Abel

Todos somos Caín y Abel

Visiblemente angustiada, su madre le confesó que su hermano iba a comenzar a estudiar psicología. Que Alberto -tal era su nombre-, se había dado cuenta que esa era su verdadera vocación. Era consciente que tenía 33 años, familia y una destacada carrera empresaria en marcha. Pero esa no era su vida.

La madre percibía y expresaba su propia ambivalencia. Por un lado, reconocía que Alberto había nacido para ser terapeuta: un ser sumamente contenedor y con unos conocimientos vastísimos. Por otra parte, ella temía que le costara mucho poder vivir de esa vocación. Si generar buenos ingresos era complejo para alguien con muchos años de ejercicio profesional, sería mucho más difícil para quien empezara a ejercer a los 40 años.

En silencio, Martín escuchaba las palabras de su madre. Más allá de comprender el análisis referido a su hermano, tan pronto se enteró de la noticia, su corazón había sentido un gran alivio. Creyó experimentar un sentimiento de alegría, pero en instantes se dio cuenta que era otra cosa; una suerte de liberación. Mientras su madre continuaba inundando el ambiente con palabras, Martín, lindante pero remoto, se preguntó de qué se estaría liberando.

Casi inmediatamente, su corazón le escupió la respuesta con gran nitidez: de la competencia con su hermano. Martín se sorprendió de semejante dictamen. Él y Alberto tenían una relación excepcional, de amigos del alma. Siempre habían convivido muy armónicamente, más allá de algunas inevitables peleas fraternas. El hecho que fueran dos personalidades bien distintas había facilitado la coexistencia y minimizado al máximo los roces, dado que nunca rivalizaban por nada. Su hermano era  intelectual, equilibrado, reflexivo. Martín era deportista, apasionado e impulsivo. Alberto era el centro de atención familiar debido a su oratoria y sus conocimientos. Él, en cambio, era respetado y admirado por sus logros deportivos y de estudiante. Entonces; ¿de qué competencia se estaba liberando?

El sentimiento de Martín era inequívoco. Se le vino a la mente la imagen de un maratonista que venía corriendo cuerpo a cuerpo con otro, y que éste, súbitamente se detenía. Esa parada, en cierto sentido, producía la liberación de no tener que seguir esforzándose al máximo para superar a su rival. Desterrar la angustia del riesgo a perder.  Y también, la alegría propia de la inminente victoria.

Sintió una suerte de pudor de enterarse de todos los sentimientos que habitaban su corazón. Él, que se sentía tan bueno. Él, que estaba orgulloso de la relación que tenía con su hermano. Se rió al reconocer que el corazón humano era una morada tan vasta que por lo general albergaba emociones y sentimientos diversos y contradictorios.

La pregunta inicial acerca de qué se estaba liberando, desencadenó un dominó de otros interrogantes. ¿Cuándo había empezado la carrera? ¿Él había elegido correrla? Evidentemente, hacía mucho que estaba enfrascado en esta disputa. No pudo registrar desde cuando, pero visualizó con claridad situaciones de competencia extrema con su hermano, que se remontaban a la más tierna infancia. Y obviamente, nunca había elegido competir con él. Al igual que otras tantas cosas de la vida, simplemente había ocurrido.

El abismo de interrogantes pareció tocar fondo con la pregunta decisiva: ¿cuál era el premio de la sórdida carrera con su hermano? El corazón de Martín, implacable, volvió a confesar una respuesta brutalmente clara: el afecto, el reconocimiento, la mirada de sus padres.

Si bien su madre continuaba hablando y conjeturando hipótesis y situaciones, pese a estar frente a ella, el alma de Martín estaba a años luz de su cuerpo. Se acababa de enterar de cosas demasiado importantes, que habían estado sepultadas durante toda una vida. Pensó en el daño que podían hacer los temas que no salen a la luz; si muchas veces no era posible cambiar aquellas cosas que se ven, cuánto más condicionarían las que no son visibles. Atento a lo preciso de sus observaciones, se preguntó por qué su corazón no hablaba con más frecuencia. Avergonzado, tuvo que admitir que por lo general y al igual que todos los hombres, era él quien lo ignoraba por completo.

Indagando el núcleo de los temas que estaba descubriendo, se dio cuenta que el asunto no se circunscribía a su hermano y a sus padres. En el fondo, todas las personas eran su hermano, y todas, sus padres. Se había pasado la vida compitiendo contra todo el mundo, por la mirada y el reconocimiento de cuanta persona se cruzara. Sintió una suerte de cansancio, aunque también, algo de liberación. La luz que se había abierto paso en esta hendija de su existencia, le había permitido reconocer que tal vez no quisiera seguir corriendo esta demente carrera que nunca había elegido empezar.

Tomó conciencia que el hecho que su hermano Alberto abandonara la carrera, sólo le permitiría ganar la competencia de ser el más exitoso ante la mirada de sus padres y familiares. Y sólo en términos económicos. Porque ¿quién estaría en condiciones de garantizar que su hermano no se convertiría en un destacado terapeuta, que aunque más pobre que él, pudiera volver a ser el centro de las miradas?

Dos años después, Alberto abandonó sus estudios de psicología por ser incompatibles con la vida de un padre de familia y ejecutivo cercano a los 40 años. Martín, también próximo a la mitad de la vida, empezó a abandonar aquella trastornada carrera. Y si bien esa decisión era mucho más compleja de ejecutar que la de su hermano, el enorme desafío de ser uno mismo se había puesto en marcha. Y era un camino sin retorno.

Artículo de Juan Tonelli: Todos somos Caín y Abel.

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