El 17 de julio de 1994 se jugaba la final del mundial de fútbol de EEUU. Fui a buscar a mi hijo a lo de su madre para ver el partido juntos, y que se quedara a dormir en casa.
A la mañana siguiente dormimos un ratito más porque justo habían empezado las vacaciones de invierno. Lo dejé en lo de mi ex en Belgrano, y seguí camino a mi trabajo en el barrio de Once.
Compré el diario Clarín y al llegar la oficina crucé unas palabras sobre la final del mundial con las dos personas de vigilancia. Les regalé el suplemento deportivo y enfilé hacia mi oficina. Sería la última vez que los vería.
Pocos minutos después de haber llegado a mi escritorio, a las 9.50 se escuchó un estruendo impresionante. Si bien me asustó me dio mucho más miedo el temblor del piso, que daba la sensación de que sería tragado por un agujero negro.
Estallaron todos los vidrios, se cortó la luz, y se escuchaban voces y gritos de todo tipo.
Uno o dos minutos después todo era silencio y polvo.
Me protegí debajo de una mesa. Pensé en mi hijo y en mis padres. Tuve miedo. Cuando todo terminó, especulé con que quizás habría explotado la caldera.
Lleno de polvo y a oscuras, hablé con el resto de compañeros que estaban conmigo y salimos hacia un patrio trasero opuesto a la calle.
Nos limpiamos la tierra, algunas heridas, mientras vecinos de otros edificios nos gritaban palabras que parecían ser solidarias pero que no alcanzábamos a entender.
Junto a algunos compañeros subí a una medianera para ver si podía observar la calle y entender qué habría pasado. Caminé hacia un lateral y cuando me di vuelta me quedé helado.
La mitad superior del edificio se había partido, deslizado y dado vuelta antes de terminar sobre la calle. La mitad inferior era todo escombros.
Miré los edificios de enfrente y tenías todos los vidrios rotos, y diversas roturas producto de la onda expansiva o fragmentos que habrían volado.
A partir de ahí me dediqué a tratar de rescatar a los sobrevivientes que pude, e identificar a los muertos. Cuando encontraba uno, escribía su nombre en un papel, y se lo enganchaba con un clip en la solapa para que la policía supiera de quién se trataba.
Después de que llegaron los bomberos, las ambulancias y Defensa Civil, seguí trabajando junto a ellos hasta las 4 de la tarde. Ahí salí un momento por la calle Pasteur. Quería salir por lo que quedaba del acceso principal y no por otro lugar. Fue una cuestión de dignidad, una especie de resistencia.
Busqué un bar para llamar a la mamá de mi hijo y después a mi padre. Me enteré que propia mi madre se había descompensado al enterarse del atentado y que estaba internada.
Volví a seguir ayudando en la tarea de rescate. Después fui a otra sede del trabajo que estaba a unas pocas cuadras y me encontré con algunos otros compañeros sobrevivientes. Nos abrazamos, nos miramos desconcertados. No entendíamos nada, ni siquiera por qué estábamos vivos. Me quedé hasta las 12 de la noche en que me mandaron a casa.
Me di una ducha, intenté dormir pero era imposible, así que me cambié y volví a seguir ayudando. Los siguientes tres días prácticamente no dormí. Entre el shock y otras emociones, me quedé ayudando en todo lo que pude.
Una compañera había quedado sepultada por los escombros pero con una mano afuera. Alguien la vio y le tomó la mano. Ella le rogó que no se la soltara. Estuvieron varias horas hasta que pudieron rescatarla. Y la persona que le daba la mano siguió haciéndolo no sólo hasta que la liberaron sino hasta que estuvo en una cama del hospital.
Trabajé 5 años más hasta 1999. Antes de que inauguraran el nuevo edificio de la Amia, me fui. Sentí que se había politizado y no me gustaba.
Tanto en los minutos siguientes del atentado, como en las semanas y años siguientes no me detuve. Me escapé del dolor haciendo. Huí hacia adelante.
Me duelen las vidas segadas y el Estado que no hizo nada. Siento una enorme impotencia.
También pienso en lo azaroso de la vida. De los 85 muertos, algunos murieron por estar, otros por estar saliendo en el momento inoportuno.
Con mis 36 años descubrí que la vida no era infinita. Hasta entonces, sabía que todos moriríamos algún día. Desde las 9.50 de ese 18 de julio de 1994, lo experimenté en carne propia.
Yo que había vivido 15 años en Jerusalén y también cerca de la franja de Gaza, nunca había experimentado algo así.
Me quedé con culpa de estar vivo. Por qué a mí? Me costaba enfrentar a los familiares de los fallecidos.
Cada vez que está por cumplirse un nuevo aniversario me pongo triste, caído. Aun 27 años después, puedo contar lo que pasó, lo que hice, pero sigo siendo incapaz de expresar lo que sentí.
Natalio
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Tan seguro estás de que mañana vas a estar vivo?
Qué esperas para saldar cuentas pendientes ?
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