Éramos compañeros de trabajo, con la mejor onda. Pero no pasaba nada porque él estaba casado.
Un día me contó que se había separado y poco tiempo después me invitó a salir. Nos pusimos de novios y todo iba bien.
De a poco me empezó a decir que estaba gorda. Él, que tenía una panza como un globo terráqueo me acusaba a mí que pesaba 60 kg y a lo sumo tendría 3 o 4 kg de más.
Con el tiempo se fue volviendo más descalificador, y yo más insegura. Para estar en forma para nuestro viaje a Brasil -que sería en Febrero-, en el mes de Mayo tuve que empezar con la dieta y el entrenamiento.
Corría todos los días y vivía a yogur y fruta. Me pesaba constantemente, angustiada por excederme un poco y ser rechazada.
Llegué a pesar 48 kg y aunque ya no me podía seguir descalificando por gorda, lo hacía con otros temas.
Yo me sentía cada vez peor y con mi autoestima por el piso.
Finalmente empecé terapia y a los pocos meses me separé. Me fui de la casa y le dejé todo, hasta mi ropa. Solo me llevé mi cartera.
Era tal mi hartazgo, y la liberación que sentí al irme, que no me importó dejar todo. Pasaron 4 años y ni él ni yo volvimos a mandarnos ni un mensajito. Increíble.
Nunca más volví a comer yogur porque lo odio. Tampoco a correr. Solo bailo, que me encanta.
Cuando salgo con a algún hombre le digo que esta soy yo, y no quiero tener que encajar. Ésta soy yo, tómalo o déjalo.
Gabriela
Que agotador tener que ser alguien que no somos.
Es un enorme esfuerzo y vivimos con miedo de ser descubiertos. Que en un momento de debilidad o distracción aparezca quien en verdad somos.
Hay mejores formas de vivir.

Si te parece que la historia puede aportar algo a otras personas, compartila.

Si queres contarme la tuya con fotos o sin ellas, escribime  a jotateuno@gmail.com O en forma anónima ingresando en “contacto”.

La ilustración es de @whiterabbitarte