Tuve una infancia feliz. Pero en mi adolescencia se murió mi padre y todo se complicó. Igual mi madre tuvo 2 trabajos y nos sacó adelante a mí y a mis hermanos.

Cuando tenía 20 años me fui a vivir a una ciudad grande. Tuve un primer novio aunque no íbamos para ningún lado porque él era un vago total.

Cuando estaba por separarme me quedé embarazada. Nos casamos. Hicimos todos los esfuerzos porque la cosa funcionará. Tuvimos otra hija. Y para cuando asumí que nuestra pareja no tenía destino, me quedé embarazada por tercera vez.

Al mes que nació nuestra tercera hija y con 27 años me separé.

A mis 37 conocí a Diego, que tenía 29. Era tímido y se estaba separando de su mujer con la que tenía 4 hijos.

Él también había tenido una historia difícil. Una tía lo había abusado sexualmente cuando él tenía 11 años. Su madre tenía amantes que entraba a su casa tan pronto su padre se iba a trabajar. Diego recuerda su angustia en la adolescencia ayudando a esconder calzoncillos y otras prendas de los amantes de su madre cuando su padre volvía antes de lo previsto.

Él se fue de su casa a los 19 y tuvo 4 hijos. Se separó cuando nos conocimos en el trabajo y nos hicimos amigos porque era un muy buen tipo.

Poco después nos volvimos amantes. Aunque teníamos bastante diferencia de edad y sociocultural (él era muy sencillo), la cama nos quemaba. No podíamos dejar de vernos, de estar juntos.

Así estuvimos 15 años juntos hasta que la relación se fue enfriando. Era imposible progresar juntos, él era muy desordenado con el dinero, vivía endeudándose, no podía ni administrar bien una tarjeta de débito.

Un día de casualidad le vi un mensaje en el que una mujer – que evidentemente tenía mucha información de mí- le decía: “andate de la casa de Cecilia que quiero estar con vos”. Y él le contestaba “cuando llegue a la casa de mis padres te llamo para matarnos a besos”.

No me animé a encararlo. Poco tiempo después se fue y no nos vimos más.

Aunque a veces nos costaba conversar porque él era callado y simple, fue mi gran amor, y estoy segura que yo fui el suyo. Hasta teníamos planes para cuando fuéramos viejitos. Pero el amor también se termina.

Cecilia

Con frecuencia, más que enojarnos porque algo se haya terminado, tenemos que agradecer haberlo vivido.

Si te parece que la historia puede aportar algo a otras personas, compartila.

Si queres contarme la tuya con fotos o sin ellas, escribime a jotateuno@gmail.com O en forma anónima ingresando en “contacto”.

La ilustración es de @whiterabbitarte