18
May
2011
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Tironeado por las pasiones

Acaba de jurar como presidente. En el auto oficial que lo trasladaba por primera vez, sentía un huracán de emociones que le impedían pensar.

Había recorrido un largo y duro camino para estar donde estaba. Este momento era la hora de la verdad. Como si fuera Dios, que pudiera discernir entre el bien y el mal. Podría elegir cualquiera de las dos opciones. Se sintió poderoso.

Se sintió miserable, humano. Sería capaz de elegir el bien, o como la mayoría de los hombres, sería arrastrado por las pasiones?

Sus más cercanos colaboradores estaban más exultantes que él. Eran tiempos de justicia. ¿Revancha? Tantos años de muertes, torturas y abusos. Ahora ellos tenían el poder, y los rubiecitos pagarían por todo lo que habían hecho.

Sin embargo, él sentía que la ley del Talión no los llevaría a ningún lado virtuoso. Su corazón le hizo saber que tenía la oportunidad de cortar de una vez con tanta locura. Podía ser la hora de la reconciliación nacional, piedra angular de la construcción de ese país y cualquier sociedad. Y acaso la reconciliación individual, ¿no era también la base de una buena vida?

Claro, una cosa era pensarlo, y otra muy distinto decidirlo. Su cabeza pensaba y su corazón sentía. Recordó a Pascal y su famosa cita “el corazón conoce razones que la mente no comprende”. Suspiró, sabiendo que en este caso, las razones del corazón eran tan poderosas, que hasta la mente las comprendía.

Había pasado 27 años preso, mayormente en una celda de apenas un metro cuadrado. Era tan pequeña, que no podía dormir estirado ni en la diagonal del cuarto. Veintisiete años. En ese tiempo, había pasado de todo. Su vida y la de millones de personas. Muchas habían sido asesinadas, otras torturadas, abusadas, y las más afortunadas -como él-, conservaban aún la vida.

Durante semejante cautiverio, lo único que le habían concedido fue la vida. Nada menos. Aunque en realidad, no lo habían matado porque no querían convertirlo en un mártir. Igual, eso no les impidió que por ser un preso político lo trataran aún peor que a los reclusos homicidas. Él, por ejemplo, solo podía recibir una carta o visita por semestre. Solo una.

A lo largo de tantos años en prisión, se pasó la vida. La suya y la de sus seres queridos. No solo no había podido ver a sus hijos crecer, graduarse o casarse; ni siquiera los pudo acompañar en la muerte, ya que no lo dejaron salir ni para el entierro de uno de ellos.

El corazón le latía con mucha fuerza y respiraba con dificultad. Recordó cuando le entregaron el Premio Nobel de la Paz. Semejante distinción no solo no había traído sosiego, sino que había profundizado las contradicciones. El Comité Nobel había decidido premiarlo conjuntamente con el presidente de ese entonces, quien estaba posibilitado la transición a una democracia real. En el discurso de la ceremonia, ese señor De Klerk había tenido el tupé de decir que “se habían cometido excesos de ambos lados”. ¿Cómo eran posible semejantes palabras? De Klerk había vivido en libertad y visto el sol, la luna y las estrellas durante 27 años, mientras él ni siquiera había podido enterrar a su hijo.

Sus emociones lo zarandeaban de un lado al otro, sin escalas. El cielo y el infierno, la magnanimidad y la miseria. Todos esos sentimientos que habitan el corazón humano, apenas separados por un milímetro de distancia.

Cuando estuvo con todos sus compañeros de revolución y de vida en su despacho, les comunicó que no se vengarían de los rubios. La atmósfera era insoportable. Nadie se animaba a decirle nada, por una cuestión de autoridad. Pero ¿cómo era posible que decidiera semejante injusticia? ¿Se habría vuelto loco?

Inmediatamente recordó cuando Poncio Pilatos, luego de entregar a Jesús, se preguntó “qué es la verdad?”, como si la misma pudiera ser tan relativa. En aquél entonces, Piltatos sabía muy bien cuál era la verdad. Y dos mil años después, él también sabía cuál era, aunque doliera mucho.  ¿Qué es lo que había que hacer con las pasiones? ¿Entregarse a ellas? ¿Negarlas? Había que salir de ese falso dilema.

Los ahora funcionarios se fueron retirando lentamente, uno a uno. Él presidente los despidió con una palmada en la espalda y una apacible sonrisa, como si su corazón no hubiera conocido los infiernos de las emociones arrasadoras que venía experimentando.

Cuando se quedó solo, Nelson Mandela se preguntó si los 27 años de cárcel no habrían sido la preparación de la vida para templar su corazón en aquél instante extremo. Como en todos los dilemas de los hombres, dudó estar decidiendo bien.

A la noche, su atribulada existencia sintió paz. Fue el único indicio que la vida le concedió para señalarle que estaba haciendo lo correcto.

Artículo de Juan Tonelli: Tironeado por las pasiones.

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