30
Nov
2014
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Peregrinos

Peregrinos

La situación no daba para más. En los últimos dos meses había pasado de todo.

Lo que iba a ser una divertida gira de rugby se había convertido en la peor pesadilla. Primero, el avión se había estrellado en el medio de las montañas, provocando la muerte de la mitad de las personas, y dejando a otras gravemente heridas.

Después de ver compañeros, amigos y familiares muertos, el grupo de sobrevivientes se había podido organizar, racionalizando los víveres existentes mientras esperaba el rescate.

Luego de un par de días en donde nadie venía a buscarlos, la moral estaba por el piso. Las dudas crecían y el miedo empezaba a calar hondo.

Naturalmente, nadie podía imaginar que el drama recién empezaba.

Al cumplir una semana del accidente, el grupo estaba anímicamente recuperado. Las tareas de supervivencia y organización mantenían la mente ocupada y daban sentido.

Sin embargo, los días iban pasando y nadie venía a rescatarlos. ¿Se habrían olvidado de ellos, o era que no los encontraban? Al cumplirse veinte días de estar varados en la montaña, la situación era muy contradictoria. Por un lado, el funcionamiento del grupo era impecable, como si fuera la selección alemana de fútbol. Cada uno sabía qué era lo que tenía que hacer, y lo hacía. Todos eran engranajes eficientes de una máquina perfecta. ¿Pero vendría alguien a buscarlos? ¿Cuánto tiempo se podría sostener esta situación? Afortunadamente quedaban víveres, así que no había que desesperar.

El tiempo siguió transcurriendo y las dudas crecían. Para cuando se cumplió el mes, el grupo no podía más. No había eficiencia que los rescatara de la desesperanza de morir congelados en las nieves eternas de la montaña.

Cuando ya nadie creía en nada, ocurrió lo inesperado. Un ruido lejano empezó a escucharse con más fuerza. Era un avión que finalmente pasaba por encima de ellos. Las emociones eran encontradas. ¿Los habrían visto? No era posible que no hubiera visualizado todo el fuselaje del avión contrastando contra algo tan blanco como la nieve. ¿Por qué no habría sobrevolado mejor la zona? ¿Sólo porque no era un avión de rescate?

El grupo quedó con una angustia mayor. La ilusión y la posibilidad de perder aquella oportunidad era peor que no haberla tenido.

La angustia duró veinticuatro horas, porque al día siguiente, otro avión sobrevoló los restos del fuselaje e hizo señas. La felicidad no podía ser mayor. Después de treinta y tres días se habían salvado.

Cuando el avión se fue, se decidió hacer un banquete para festejar la buena noticia, así que dejaron atrás las ínfimas raciones y todos comieron hasta reventar, total mañana estarían a salvo.

La realidad se mostraría en cuenta gotas, y al día siguiente nadie vendría a buscarlos. ¿Cómo podía ser?

Cuando setenta y dos horas después del paso de aquél avión nadie aparecía, la angustia había vuelto a ser enorme. ¿Qué habría pasado? No se comprendía. Para peor, el día del festejo habían consumido todos los víveres, dejando muy poca comida.

Los días pasaban, el rescate no venía y el hambre era intolerable. Como si todas estas penurias no fueran suficientes, se escuchó un estruendo fortísimo y una avalancha tapó de nieve el avión y sus inmediaciones. Murieron más personas.

La desolación y desesperanza invadía a todos. ¿Por qué la vida se podía ensañar tanto?

Si a los tres días del accidente inicial, muchos no tenían fuerzas, un mes y medio después, sin víveres y abandonados a la buena de Dios, todo parecía la peor pesadilla. Aunque el recorrido del sol permitía ubicar los puntos cardinales, nadie tenía claro a donde había caído el avión y por ende, cuál sería el poblado más cercano. El dilema no era menor, porque caminar en la dirección equivocada implicaba morir congelado. ¿Habría una dirección correcta, o la distancia para uno u otro país sería imposible de ser cubierta caminando sin padecer la muerte blanca? Las preguntas no tenían respuesta, solo un eco como el que ocurría entre los picos nevados.

Ante la ausencia absoluta de alimentos surgió la idea de la antropofagia. Si comer carne humana era algo terrible, alimentarse con el cuerpo de un amigo o compañero parecía que terminaría de enloquecer a los sobrevivientes. Algunos decidieron no hacerlo y murieron. Otros, vieron en aquellos cadáveres perfectamente conservados por la nieve durante tanto tiempo, una ofrenda para poder seguir viviendo.

De los cuarenta y cinco pasajeros iniciales quedaban vivos menos de veinte. El resto había muerto en el accidente, en la avalancha, o al rechazar alimentarse con el cuerpo de sus compañeros.

A los dos meses del accidente la situación no podía ser más extrema. Pese a ser un tema tabú, la muerte se percibía como algo cada vez más próximo. Nadie se animaba a mencionarla, pero todos sabían que estaba ahí.

Un miembro del grupo fue madurando la idea de ir a buscar ayuda. Ni a él ni a nadie le escapaba que en esa eventual expedición podría perder la vida. Bastaba con equivocar el rumbo para morir.

Pese a ello, los días subsiguientes la idea se fue consolidando. Entre morir congelado esperando un rescate que no llegaba, o morir caminando, fue tomando fuerza la determinación de ponerse en marcha.

Solo dos miembros más estaban dispuestos a acompañarlo. El resto, prefería gastar sus últimos cartuchos de vida esperando junto al avión. La técnica establecía que al igual que en el océano, uno debía quedarse junto al avión o barco, para facilitar que los rescatistas pudieran verlo. Pretender encontrar a una personas sola en el medio del mar o de las montañas nevadas, era imposible. Por eso siempre se recomendaba quedarse esperando junto al barco o avión.

La noche previa a la partida y con la decisión tomada, el líder que caminaría en busca de ayuda, no pudo dormir. Las preguntas inundaban su corazón. ¿Sería el fin de su vida? ¿Qué pasaría con sus compañeros?

¿Cómo era posible que hubiera esperado tanto tiempo para ponerse en marcha?

Tenía plena conciencia de que después de caminar muchas horas perdería de vista a sus compañeros y a la improvisada base que significaba el fuselaje del avión. Tomó conciencia que ahí, no habría nada por delante. Solo más montañas, más nieve, más piedra, más nada. E incertidumbre, mucha incertidumbre.

Visualizando el futuro que lo esperaba volvió a preguntarse qué hacer. Por un lado, parecía claro que no tenía opción. No quería morir aguardando un rescate que tal vez nunca llegaría. Pero como contrapartida, la idea de morir caminando, congelado y en el medio de la nada, le resultaba atroz.

Se sentía como una isla en un océano de miedos que lo rodeaban. La muerte estaba por todos lados. No violenta, pero implacable, inevitable.

Sintió que su dilema se limitaba a elegir cuál de las dos opciones de muerte prefería. La sola idea lo estremecía porque él quería vivir. Y aunque no estaba todo dicho y confiaba en seguir con vida, morir era una posibilidad demasiado próxima.

Después de horas de angustia y estados de ánimo cambiantes, su espíritu decantó la decisión. Él quería morir caminando. Y por paradójico que resultara, esa era una decisión acerca de cómo quería vivir el tiempo que le quedara de vida. Quería hacerlo luchando, intentando, buscando una salida.

Con los primeros rayos de luz del amanecer, comprendió que había llegado su hora. Por miedo, confort, seguridad, los seres humanos solían quedarse donde estaban cómodos. Sin embargo, la vida solía empujarlos a situaciones extremas en las que pese al miedo, sólo existían dos opciones: esperar o ponerse en marcha.

Después de una increíble travesía de diez días, divisó una persona. Él y su grupo podrían seguir viviendo.

De regreso a su casa, confió en que la vida no le depararía más cruces de montañas, ni caminatas inciertas. Sin embargo, lo esperaban muchas más. Apenas salía de una había otras esperándolo, y otras más allá. Nunca sabría si las podría atravesar. Esas garantías no existían.

Pero había aprendido que debía caminar. Pese al miedo, a las condiciones más adversas, a la incertidumbre que a veces no podía ser mayor. No era posible quedarse en el mismo lugar en que uno se sentía cómodo sin estropear la vida.

En la montaña aprendió que vivir es ser un peregrino.

Artículo de Juan Tonelli: Peregrinos.

(NdA: inspirado en el testimonio de Pedro Algorta https://www.youtube.com/watch?v=lTOmujrId84 )

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