Flores

Era un sábado 27 de Febrero y Raúl Bustos Ibánez abrió la ventana de su casa para ver el clima. Había un extraño silencio, y le llamó la atención no ver pájaros en los árboles. Como el cielo estaba muy nublado, decidió ponerse el piloto, ya que el astillero estaba a más de veinte cuadras.

Tan pronto cerró la ventana empezó a sentir vibraciones bajo sus pies. -“Otro temblor más”, pensó sin darle mayor importancia. Sin embargo, instantes después, el sismo de 8.8 en la escala Ritcher le demostraba que no era uno más, sino el más fuerte en la historia de Chile. Buscó al resto de integrantes de su familia y y los sacó rápido de la humilde casa, intentando ponerse a salvo de un posible derrumbe. En la calle no estarían mucho mejor: las grietas abrían la tierra y el piso parecía un flan. Decidieron correr hacia una zona más alta y esperar ahí. Fue una decisión con suerte, ya que el tsunami desatado por el terremoto arrasó con el pueblo.

Dos horas después, todo era caos y desolación. El agua todo lo cubría, y los autos, techos, cadáveres y pertenencias personales destrozadas, flotaban por igual. Tan pronto el mar volvió su lugar, Raúl decidió ir a ver cómo estaba su casa y su trabajo. Su vivienda, afortunadamente no estaba tan mal: sólo inundada. En cambio, el astillero en el que trabajaba desde los 15 años, simplemente no existía más. La ola de 25 metros de altura había sido implacable con las construcciones costeras.

Aturdido, decidió caminar hacia el comercio donde trabajaba por las tardes. Siempre había pensado que tener dos trabajos era un reaseguro y ahora se confirmaba su teoría. Mientras recorría las muchas cuadras que separaban el astillero de la ferretería, lo invadió una gran angustia. Por un lado, darse cuenta que en Talcahuano todo era escombros y destrucción. Por el otro, comenzar a asumir que no había chance que su segunda fuente de trabajo estuviera en pie.

Empezó a caminar más despacio como si al hacerlo, pudiera impedir lo inevitable. Para cuando estaba cerca de la ferretería, comprendió que era un desempleado absoluto. Dos trabajos no lo habían podido poner a salvo de un tsunami. Desolado, decidió ir a reencontrarse con su familia.

En los meses siguientes vivieron en las tiendas que el Gobierno había instalado en la plaza principal del pueblo. Y si bien todos los días les proveían buenos alimentos, Raúl se dio cuenta que no tendría más remedio que emigrar ya que pasaría mucho tiempo antes que Talcahuano pudiera ofrecer algún trabajo.

Conversó mucho con su mujer acerca de la conveniencia de emigrar sólo o con toda su familia. Como su casa había sobrevivido bien al terremoto y al tsunami, optaron porque su esposa se quedara con los chicos y evitaran posibles saqueos. Luego de pedir trabajo a primos y familiares que vivían en distintas localidades del país, Raúl partió para el norte, donde había una oportunidad laboral en una mina.

Su vida en Copiapó transcurría con tranquilidad. La paga no era buena, pero era mucho mejor que no poder trabajar, como ocurría en su Talcahuano natal. Por otra parte, su tarea como mecánico no era tan demandante como la de otros oficios mineros.

Los francos eran rotativos, y el jueves 5 de Agosto no le tocaba trabajar. Como le dolía la espalda, estaba tirado en su catre cuando un compañero vino a decirle que lo necesitaban en el trabajo ya que unas cañerías se habían roto. Haciendo un gran esfuerzo se puso de pie, se vistió, y fue para la mina. Luego, descendió a las profundidades de la tierra y se puso a reparar las averías.

Minutos después, otro temblor vibraba bajo sus pies, pero también sobre su cabeza. Pensó que esta vez estaría a salvo de las aguas.

Segundos después, el silencio era ensordecedor. No había tsunamis, pero tampoco luz. Todo era polvo, oscuridad y voces humanas que empezaban a multiplicarse. Pasarían 17 agónicos días para que él y sus 32 compañeros recibieran noticias de la superficie,  y tuvieran esperanzas de no morir sepultados en las entrañas de la tierra. Y setenta días para que Raúl Bustos Ibañez naciera por tercera vez, cuando lo rescataron a 662 metros de profundidad en la mina de San José.

Artículo de Juan Tonelli: Nacer por tercera vez.