6
Oct
2013
1

Soy culpable

Tan pronto Pablo atendió el teléfono, escuchó a Inés quien le disparó: “-me cagaste.” El involuntario y eterno silencio que prosiguió a esas dos palabras, solo sirvió para ratificarle a ella que la acusación era cierta. Llena de ira y dolor, y ante la parálisis de él, no tuvo más remedio que cortar.

Habían sido novios durante cuatro años, siendo recíprocamente el primer gran amor. Él había evitado el romance, para que la relación no lo distrajera de su carrera. No quería perder foco.

Afortunadamente, la vida siempre era ajena a esas determinaciones de los seres humanos, y pese a los esfuerzos de Pablo, el noviazgo se había desencadenado.

Ser el primer gran amor de ambos implicaba poner en marcha toda la musculatura emocional. Con 19 y 17 años respectivamente, había sido un descubrir de emociones que se manifestaban por primera vez en la vida. Y en ese aprendizaje fueron creciendo juntos.

Como toda pareja, tenía sus puntos fuertes y sus vulnerabilidades. Ella vivía en función de él, que era algo antagónico a la educación que Pablo había recibido. Su madre le había inculcado que las mujeres debían trabajar y ser independientes, e Inés, pese a ser una estudiante, perfilaba para esposa y ama de casa. Su vida era su novio.

Él en cambio, era un tipo muy independiente, universitario y deportista, al cual le venía bien una compañera dispuesta a seguirlo a todos lados y a hacer de él el centro del universo.

Pero esa fortaleza era también la fragilidad, ya que Pablo había sido programado para rechazar ese tipo de mujeres. Debía estar con alguien independiente y que fuera una jugadora de la vida como lo era él. Aunque resultara difícil imaginar como compatibilizarían dos egos grandes, la escasez de tiempo o la baja disposición a ceder en pos de otra persona o de la pareja.

El tiempo fue pasando y para cuando él se estaba por graduar, sucedió lo inevitable. Se enamoró de una compañera de la universidad que cumplía con todos los requisitos grabados a fuego por su madre. Independiente, excelente alumna, deportista de elite, linda.

Pablo nuevamente se encontró evitando el romance. Pero esta vez no era porque interferiría con su carrera, sino por la simple razón que estaba mal. No podía enamorarse de otra mujer. Si tenía una novia, tenía que honrar su compromiso.

La realidad se fue volviendo sumamente dual y contradictoria, como suele provocar el amor romántico. Por un lado, no había cosa en la vida de Pablo que le entusiasmara más que encontrarse con María, con la excusa del estudio. Sin embargo, como era un amor prohibido, había tenido que desconectar su emocionalidad. A tal punto que era incapaz de registrar conscientemente que estaba perdidamente enamorado de ella.

Elucubró jugadas magistrales propias de un ajedrecista, para evitar lo inevitable. Podría presentarle María a su hermano, de forma tal que aunque no pudiera ser su novia, al menos la tuviera cerca. Y de paso, borrar a su cuñada quien no le caía bien. Por suerte la vida no se prestaba a esas jugadas y Pablo no pudo ni empezar su plan.

El día de la graduación y percibiendo que las vidas de María y la suya empezarían a separarse irremediablemente, el diablo metió la cola y ambos decidieron abrir la caja de Pandora. Como para él no era posible la doble vida ni mucho menos tomarse un tiempo para clarificar sus sentimientos, al día siguiente despachó a Inés. Ella, con esa maldita intuición propia de las mujeres, sólo atinó a pedirle un único favor: que él no saliera con María. ¿De dónde sacaría que podía pasar algo con esa compañera de facultad, sino había ninguna pista formal ni concreta?

Durante los meses siguientes al corte y pese a llamar a María, Pablo hizo lo indecible para diferir el nuevo romance. No quería perderla, pero tampoco deseaba ponerse de novio con rapidez. No tanto porque acabara de terminar una relación y fuera sano tomarse un tiempo, sino para que no se volviera evidente que había dejado a una por otra.

Nuevamente sus esfuerzos sirvieron de poco, porque a los dos meses de empezar a verse, el nuevo noviazgo era un hecho. Por más que él hubiera querido cuidar las formas para no parecer un inmoral que dejaba a su novia por otra, el año que había estado reprimiendo sus sentimientos le pasaba la factura toda junta.

Mediaron otros dos meses entre el inicio del nuevo noviazgo y la fulminante llamada de Inés. Este hecho había venido a desenmascarlo. Aquél dicho de que la verdad siempre salía a la luz era brutalmente cierto.

Mas allá del shock después de colgar el teléfono, el mecanismo negador de Pablo estaba funcionando a más no poder. Después de un año negando lo que sentía, ahora negaba que él hubiera dejado a Inés por María.

Entre su rigidez conceptual -de rechazar la posibilidad de enamorarse estando en pareja-, y su intransigencia moral que le impedía aceptar cualquier debilidad, el único camino que quedaba era la negación.

Y como siempre ocurría cuando alguien no quería ver la realidad, indefectiblemente aparecían los mecanismos y los cómplices dispuestos a sostener la ficción. Hasta que por su propio peso, la verdad irrumpiera con una fuerza proporcional a la que había sido tapada. Como una ley de la física.

Pablo siguió su vida y su relación con María, negando que él hubiera dejado a su anterior mujer por la actual. Y estaba convencido de ello. Nunca se le había ocurrido pensar que era muy joven, que estaba haciendo sus primeras experiencias afectivas, o que enamorarse no era algo que uno elegía sino que sucedía. Con una mirada que parecía un andarivel rígido y estrecho, era inevitable inventarse un andarivel paralelo, en el que la vida estuviera un poco menos constreñida que en el escaso espacio que él le otorgaba con sus férreas ideas.

La vida siempre desbordaba, y más aún cuando los moldes en que pretendían ponerla algunas personas eran muy reducidos.

Su relación con María tenía altos y bajos y parecía no terminar de hacer pie. Pese a lo que se querían y admiraban, había algo que no funcionaba. ¿Sería ese pecado de origen? Como si fuera una maldición en la que una pareja que empezaba así, estaba condenada a no poder crecer.

Pero después de cuatro años de irregularidades e inconsistencias, la verdad emergió. Pablo sintió los mismos síntomas de una comida muy indigesta y hasta la necesidad de vomitar. Después de estar varias horas con un malestar físico muy grande, de su interior más profundo irrumpió una ola imparable que vino a señalarle lo que había estado negando. Él había dejado a Inés por María. Lo demás, aún cuando pudiera ser cierto, era accesorio. De poco importaba su programación materna acerca de qué mujer debía buscar. O su rigidez que sumada a su inexperiencia, le hubiera dejando un nulo margen de maniobra para aclarar su corazón.

Se dio cuenta de la enorme capacidad de negación de los seres humanos. ¿Sería un mecanismo adaptativo para sobrevivir? ¿Sería por eso que el 90% de los homicidas se consideraba inocente? ¿Tan errada estaba la Justicia que condenaba a tanta gente que no era culpable, o habría otra perspectiva a tener en cuenta?

Si bien la sanación de Pablo comenzó en ese mismo momento, le tomaría quince años entender en profundidad aquél proceso.

Reconocer su culpa le permitiría recuperar su dignidad, porque al final del día, ese sentimiento tan corrosivo y persistente era consecuencia de su libertad. Y en tanto le restara importancia o le atribuyera la responsabilidad a otras personas o a determinadas circunstancias, no habría sanación posible. Sólo al asumirse culpable, sin transferirlo a los demás ni justificarse, pudo empezar a sanar.

La vieja herida que supuraba silenciosamente en su interior, cicatrizó. Desde aquél entonces no hizo más falta ningún esfuerzo mental ni espiritual para intentar auto convencerse que él era bueno.

Pablo era una buena persona, pero en aquella ocasión no había actuado bien. No era inocente como pretendió serlo. Y solo destrabando aquél dique, el flujo de la vida pudo retomar su cauce. Imperfecto, maravilloso, humano, veraz.

Reconocerse culpable le devolvió su dignidad y libertad. Reconciliado consigo mismo y más ligero de equipaje, retomó el camino.

Artículo de Juan Tonelli: Soy culpable.

¿Te cuesta asumir frontalmente tus culpas?

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6 Respuestas

  1. Laura

    Creo que esta mal utilizada la palabra culpa. Lo que este personaje asume es la responsabilidad por una eleccion diferente a la que habia realizado originariamente. La palabra culpa esta mas bien relacionarla con “Crimen!” Que no es lo que este chico comete. Este chico comete equivocaciones, por que no se conoce a si mismo lo suficiente como para saber que lo que esta eleigiendo si bien es comodo, no es lo mejor para el. Cuando crezca advertira que, aunque no le resulte comoda la relacion con alguien menos dependiente, seguramente eso va a ser una relacion mas sana que la que alimento con su primera novia. Pero lo ideal seria no orientarlos a sentirse culpable sino simplemente consciente de cual es la causa de dos elecciones tan diferentes, por que si no el proceso de dolor y de negacion de lo que le pasa lo va a repetir eternamente y con muchisimas otras cuestiones en la vida!

  2. Gracias Laura ! Es interesante como la palabra “culpa” resulta intolerable para muchos…
    Es atendible; nos han torturado tanto con eso…
    Sin embargo, creo que corremos el riesgo de pasarnos al otro lado. Como nos duele, nos molesta, optamos por erradicar su existencia, cuando en realidad es una herramienta de nuestra consciencia para enmendar algo que hicimos mal, y si no fuera posible enmendar, al menos registrarlo y pedir “dis culpas”…
    Creo que el riesgo de rechazar la palabra es en definitiva el riesgo de no querer registrar nuestros errores (ni sus consecuencias)…
    El diccionario dice:
    culpa s. f.
    1 Falta cometida conscientemente, pero sin intención de perjudicar.
    2 Responsabilidad que acarrea un acto realizado incorrectamente.
    3 Causa o motivo de un hecho que provoca un daño o perjuicio
    Un abrazo!

  3. Diego G

    Siempre ocurría cuando alguien no quería ver la realidad, indefectiblemente aparecían los mecanismos y los cómplices dispuestos a sostener la ficción. Se dio cuenta de la enorme capacidad de negación de los seres humanos”.
    Bajo este supuesto, nuestro amigo Pablo, se sentía culpable por tener que decidir, por entender con profundidad que era lo que le pasaba. Estas cuestiones trascendentales en su vida, no son más que otro nuevo capitulo de nuestra propia existencia, más allá de una relación amorosa, muchas veces nos encontramos ante determinadas circunstancias en las que tenemos que “Decidir”, y aquí está nuestra cuestión, interpretar que es lo que nos haría sentir bien, sin tener que sentir culpa por el producto de esta elección…
    En el hombre es la emoción o el sentimiento que sobreviene con la conciencia de libertad. Al darnos cuenta de nuestra libertad, nos damos cuenta de que lo que somos y lo que vamos a ser depende pura y exclusivamente de nosotros mismos, de que somos responsables de nosotros mismos, y de que No tenemos excusas. La responsabilidad se incrementa al darnos cuenta de que nuestras elecciones no son individuales, sino que todo lo que decidimos para nosotros mismos, tiene una dimensión social. El elegir es inevitable, personal e intransferible. Somos nosotros los que elegimos, y bajo ninguna circunstancia, no vale excusarse que estamos cumpliendo una orden o un mandato social, como le pasaba al personaje Pablo. Decidir deshojando una Margarita entre Inés o María, es una decisión personal e intransferible y se hace en soledad. “EN NINGUN SITIO ESTA ESCRITO LO QUE DEBEMOS HACER”, ni para este caso puntual que vive nuestro personaje, ni para ninguna situación personal de nuestras vidas. Solo al entender que somos “Libres” y que decidimos en función de nuestras propias circunstancias evitaremos el famoso “Soy Culpable” y podremos afirmar para nosotros mismos algo mucho mejor “SOY RESPONSABLE de MI PROPIA ELECCION”, solo así podremos sentirnos más ligeros de equipajes, y volver a “nuestro propio camino”
    Como siempre Juan, IMPECABLE!!! Gracias x la historia y por tu espacio….

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