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Aprendizaje, Sin Categoría

Disfruta hoy, es más tarde de lo que crees

A las 2.45 de la mañana del 6 de Agosto de 1945, tres B-29 despegaron de Tinian, una remota isla del pacífico.  El objetivo militar  se encontraba a seis horas de vuelo.

Se trataba de una entre tres ciudades posibles, todas con poblaciones cercanas a los 100.000 habitantes.

El objetivo militar dependería del clima: aquella ciudad que se encontrara sin nubosidad alguna, sería la elegida. El avión meteorológico se aproximó a la primera, y encontró condiciones óptimas.

A las 8.15 el avión Enola Gay dejó caer a Little Boy, la primer bomba atómica. Hiroshima fue incendiada y 120.000 personas murieron en el acto.

En las cavilaciones infinitas del eterno vuelo de regreso, el piloto Paul Tibbets tomó conciencia que si Hiroshima hubiera tenido nubes, la bomba no se habría lanzado. Para tirarla tendrían que haber volado hasta Kokura . Y si en ese objetivo militar también hubiera habido nubes, volar hasta Nagasaki.

Se preguntó cómo era posible que la existencia o no de nubes, determinara la vida o la muerte de 120.000 personas. Pensó en todas las parejas de enamorados, niños, ancianos, adultos preocupados y otros felices que habría en cada una de esas ciudades. Todos tendrían sus vidas, con sus sueños, sus frustraciones, sus anhelos. ¿Cómo era posible que las circunstanciales nubes determinaran dónde tirar la bomba, y por ende, quiénes vivirían y quiénes morirían? ¿Tan frágil y aleatoria era la existencia humana?

Artículo de Juan Tonelli: Disfruta hoy, es más tarde de lo que crees.

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Analfabetismo emocional, Sin Categoría

Tironeado por las pasiones

Acaba de jurar como presidente. En el auto oficial que lo trasladaba por primera vez, sentía un huracán de emociones que le impedían pensar.

Había recorrido un largo y duro camino para estar donde estaba. Este momento era la hora de la verdad. Como si fuera Dios, que pudiera discernir entre el bien y el mal. Podría elegir cualquiera de las dos opciones. Se sintió poderoso.

Se sintió miserable, humano. Sería capaz de elegir el bien, o como la mayoría de los hombres, sería arrastrado por las pasiones?

Sus más cercanos colaboradores estaban más exultantes que él. Eran tiempos de justicia. ¿Revancha? Tantos años de muertes, torturas y abusos. Ahora ellos tenían el poder, y los rubiecitos pagarían por todo lo que habían hecho.

Sin embargo, él sentía que la ley del Talión no los llevaría a ningún lado virtuoso. Su corazón le hizo saber que tenía la oportunidad de cortar de una vez con tanta locura. Podía ser la hora de la reconciliación nacional, piedra angular de la construcción de ese país y cualquier sociedad. Y acaso la reconciliación individual, ¿no era también la base de una buena vida?

Claro, una cosa era pensarlo, y otra muy distinto decidirlo. Su cabeza pensaba y su corazón sentía. Recordó a Pascal y su famosa cita “el corazón conoce razones que la mente no comprende”. Suspiró, sabiendo que en este caso, las razones del corazón eran tan poderosas, que hasta la mente las comprendía.

Había pasado 27 años preso, mayormente en una celda de apenas un metro cuadrado. Era tan pequeña, que no podía dormir estirado ni en la diagonal del cuarto. Veintisiete años. En ese tiempo, había pasado de todo. Su vida y la de millones de personas. Muchas habían sido asesinadas, otras torturadas, abusadas, y las más afortunadas -como él-, conservaban aún la vida.

Durante semejante cautiverio, lo único que le habían concedido fue la vida. Nada menos. Aunque en realidad, no lo habían matado porque no querían convertirlo en un mártir. Igual, eso no les impidió que por ser un preso político lo trataran aún peor que a los reclusos homicidas. Él, por ejemplo, solo podía recibir una carta o visita por semestre. Solo una.

A lo largo de tantos años en prisión, se pasó la vida. La suya y la de sus seres queridos. No solo no había podido ver a sus hijos crecer, graduarse o casarse; ni siquiera los pudo acompañar en la muerte, ya que no lo dejaron salir ni para el entierro de uno de ellos.

El corazón le latía con mucha fuerza y respiraba con dificultad. Recordó cuando le entregaron el Premio Nobel de la Paz. Semejante distinción no solo no había traído sosiego, sino que había profundizado las contradicciones. El Comité Nobel había decidido premiarlo conjuntamente con el presidente de ese entonces, quien estaba posibilitado la transición a una democracia real. En el discurso de la ceremonia, ese señor De Klerk había tenido el tupé de decir que “se habían cometido excesos de ambos lados”. ¿Cómo eran posible semejantes palabras? De Klerk había vivido en libertad y visto el sol, la luna y las estrellas durante 27 años, mientras él ni siquiera había podido enterrar a su hijo.

Sus emociones lo zarandeaban de un lado al otro, sin escalas. El cielo y el infierno, la magnanimidad y la miseria. Todos esos sentimientos que habitan el corazón humano, apenas separados por un milímetro de distancia.

Cuando estuvo con todos sus compañeros de revolución y de vida en su despacho, les comunicó que no se vengarían de los rubios. La atmósfera era insoportable. Nadie se animaba a decirle nada, por una cuestión de autoridad. Pero ¿cómo era posible que decidiera semejante injusticia? ¿Se habría vuelto loco?

Inmediatamente recordó cuando Poncio Pilatos, luego de entregar a Jesús, se preguntó “qué es la verdad?”, como si la misma pudiera ser tan relativa. En aquél entonces, Piltatos sabía muy bien cuál era la verdad. Y dos mil años después, él también sabía cuál era, aunque doliera mucho.  ¿Qué es lo que había que hacer con las pasiones? ¿Entregarse a ellas? ¿Negarlas? Había que salir de ese falso dilema.

Los ahora funcionarios se fueron retirando lentamente, uno a uno. Él presidente los despidió con una palmada en la espalda y una apacible sonrisa, como si su corazón no hubiera conocido los infiernos de las emociones arrasadoras que venía experimentando.

Cuando se quedó solo, Nelson Mandela se preguntó si los 27 años de cárcel no habrían sido la preparación de la vida para templar su corazón en aquél instante extremo. Como en todos los dilemas de los hombres, dudó estar decidiendo bien.

A la noche, su atribulada existencia sintió paz. Fue el único indicio que la vida le concedió para señalarle que estaba haciendo lo correcto.

Artículo de Juan Tonelli: Tironeado por las pasiones.

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Tratar de ser lo que uno no es, nunca resulta
Fachada, Sin Categoría

Tratar de ser lo que uno no es, nunca resulta

Gareth entró en el vestuario junto a sus compañeros, y se sentó en uno de los bancos alejado del resto del equipo . A diferencia de los demás jugadores que estaban exultantes por haber empatado con los All Blacks, él se sentía destruído. Como capitán de la selección de Gales, había resistido los durísimos embates del equipo de rugby más poderoso del mundo. Pero esta vez no era el cuerpo el que le dolía, sino el alma, que hacía demasiado tiempo que tenía partida en dos.

Intuyendo que ocurría algo grave, el entrenador se acercó a preguntarle qué le pasaba. Entre sollozos, Gareth le contó que se había separado de su mujer. Sin embargo, ese no sería el problema de fondo.

Llorando, el capitán recordó los tres embarazos que había perdido su mujer. La ilusión y la desilusión. El miedo a no poder tener hijos. El miedo a tenerlos. La angustia de saber si podría ser un buen padre y sostener una familia.

Se preguntó para qué se había agarrado a trompadas tantas veces, en los partidos y en los pubs. ¿Para qué? ¿Por qué había enfrentado y golpeado con dureza a tantos hoombres? Esas peleas, que para sus amigos y el resto del equipo eran el sello de su carácter y fuego sagrado, Gareth las vivía como el símbolo máximo de la contradicción y aislamiento. Los demás podían no saber que él estaba sobreactuando dureza, testosterona, violencia. Pero él lo sabía. Y se sentía más solo aún.

Pensó en la cantidad de veces en que estuvo a punto de gritarlo al mundo, pero no se animó, convencido que sería el fin de su impresionante carrera en ese deporte que tanto amaba. ¿Sería posible que simplemente ser quien era, estuviera en total contradicción con hacer lo que tanto amaba?

Por otra parte, durante la mitad de su vida había tratado de negar lo que le pasaba. Muchísimas noches se había ido a dormir deseando despertarse sin este problema. Infinidad de veces le había pedido ayuda a Dios para que lo sacara de este lugar. Pero Dios no había hecho nada.

Había conseguido aislar el conflicto, y dejarlo encapsulado y herrumbado en una esquina de su cabeza. Pero la cápsula no desaparecía, y finalmente se hacía presente y omnipresente.

Recordó cuando en plena adolescencia, se le empezó a manifestar la situación. Su reacción natural fue pensar que eso simplemente no podía ser. Eran solo malos pensamientos, y con un poco de voluntad y disciplina serían dejados atrás. Dieciocho años después, no sólo no los había dejado atrás, sino que estaban más presentes que nunca.

Se dio cuenta que una cosa era conocer algo, y otra muy distinta, aceptarlo. Había pasado la mitad de su vida escindido, con ambas partes de su ser peleando a muerte por reducir a la otra. Analizando en profundidad, registró que en realidad su ser no estaba escindido. Estaba enfrentado con su deber ser, que era radicalmente antagónico.

Sintió que no podía más. Para bien o para mal, su ser se había impuesto. No había podido reducirlo, y sus enormes esfuerzos durante tanto tiempo habían sido en vano. La estrategia de intentar ser alguien distinto de lo que era había resultado un fracaso total. Era hora de integrar.

Le confesó a su entrenador que se había separado de su mujer porque era homosexual. Pese a estar conmovido, el entrenador mostró templanza y le dijo a Gareth que era un tema que no podía sobrellevar solo. Que necesitaba apoyo de sus compañeros.

El capitán sintió angustia por el hecho de que se enteraran, pero también alivio. No más mentiras que sostener. Basta de simular affaires con mujeres y de sobreactuadas peleas callejeras para ver quién era el más macho.

Mientras su entrenador seleccionaba a los compañeros adecuados para compartirles la situación, Gareth se fue al bar a esperar. Toda su vida pasaba en imágenes raudas. Se preguntó para qué había peleado tanto tiempo en contra de su ser. Cómo había podido creer que sería capaz de cambiarse a sí mismo y negar quien era.

Ante tanta liberación interior, le dieron ganas de aconsejar a otras personas acerca de la necesidad de aceptar quiénes eran, qué sentían, y de abandonar los esfuerzos por tratar de ser lo que no eran. Se preguntó cuántos matrimonios seguirían juntos simplemente por miedo o conveniencia. Cuántas personas harían un trabajo que no les gustaba por no hacerse cargo de su vocación. O tantas otras que seguirían adelante con relaciones, sociedades, vínculos o actividades que les hacían mucho mal. Las palabras miedo y conveniencia retumbaban en su alma.

Cuatro de sus compañeros entraron sonrientes al bar junto al entrenador. Gareth estaba paralizado. Su mejor amigo se acercó, le palmeó la espalda, y le dijo: “por qué tardaste tanto en contarnos”?

Gareth, liberado, sólo sonrió. Y en su interior, se hizo la misma pregunta.

Artículo de Juan Tonelli: Tratar de ser lo que uno no es, nunca resulta.

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Idealizaciones destructivas
Analfabetismo emocional, Sin Categoría

Idealizaciones destructivas

John llevaba mucho tiempo viajando por EEUU cuando se le metió en la cabeza la idea de conocer al escritor de aquél libro que le había cambiado su vida. La tarea no era fácil ya que Harvey -el autor-, era una celebridad. Mientras, decidió ir a Detroit en busca de Terry, otro escritor que le gustaba. Y como Terry había sido profesor del famoso Harvey, John le pidió que le gestionara un encuentro.

Dos días después, John descendía del ómnibus Greyhound de aluminio, en la estación de Sarasota. Tomó otro micro hasta Siesta Key, un suburbio dentro de aquella desconocida ciudad. Había quedado en almorzar con Harvey en el restaurant Wild Flower. Cuando se hizo la hora, John vio acercarse a un hombre que si bien no era igual al de la foto de la solapa de su libro de cabecera, definitivamente era el escritor. Mientras una emoción le recorría todo el cuerpo, se acercó y se presentó.

Compartieron un encuentro que para John fue una verdadera fiesta. Escuchó la historia de vida de Harvey, de cómo había sobrevivido a Vietnam y a las secuelas del agente naranja; de la temática de sus libros y de la historia de su primer gran bestseller; de lo que estaba escribiendo ahora. Luego del almuerzo Harvey le dejó su teléfono y dirección, y hasta lo acercó con su imponente Lexus a la estación de ómnibus.

En el viaje de Sarasota a Miami, John reflexionaba fascinado sobre la experiencia vivida. Había conocido a su escritor favorito, quien vivía en un lugar exquisito y con las playas más lindas de EEUU. Parecía tener un estilo de vida maravilloso y sin presiones, viviendo en una imponente casa sobre la playa. John imaginaba qué lindo sería vivir así, levantándose tranquilo y junto al mar, y sin mas problemas que escribir.

Así las cosas, John no tardó demasiado tiempo en volver a Sarasota para ver a Harvey nuevamente. Si bien éste accedió a un nuevo encuentro, el almuerzo no fue tan bueno. El escritor había aceptado para no ser descortés, y la atmósfera forzada se hizo sentir. No obstante, John tomó conciencia que quería ser como Harvey: un escritor, que encima vivía a orillas del mar.

Pasaron diez años para que John volviera a Sarasota por unas vacaciones familiares. Si bien no había avanzado nada en su anhelo de ser escritor, el día que regresó a Siesta Key se sintió muy movilizado. Sarasota representaba su sueño: una playa paradisíaca con un refinamiento extremo; y una vida de escritor en una casa a orillas del mar.

Llamó por teléfono a Harvey y como no lo encontró, decidió ir directamente a visitarlo. Al llegar al exclusivo barrio en el que vivía el escritor, encontró la casa pero no se animó a tocar timbre. Le daba miedo hacerlo, por lo que se justificó pensando que había dejado dos mensajes en el contestador, y que si no le respondía sería porque Harvey se encontraba fuera de Sarasota o hasta por el hecho que podría haberse mudado. Escondiendo su impotencia por no haberse animado a tocar el timbre de la casa, volvió a su hotel.

Al regresar a su país, John pensó más y más en Sarasota. Al igual que el vino, en su cabeza esa ciudad iba perfeccionándose con el tiempo. Soñaba con vivir ahí en una casa sobre la playa, y dedicarse a escribir, sin presiones de ningún tipo, tal como lo hacía Harvey. Los años fueron pasando y para John, Sarasota se fue convirtiendo en su lugar en el mundo.

Una década más tarde las vueltas de la vida lo llevaron nuevamente a Sarasota. Iba entusiasmado aunque algo atemorizado, como si intuyera que su sueño podría lastimarse. Había podido avanzar muy poco como escritor, y estaba muy lejos de dedicarle una parte relevante de su vida a eso que tanto le gustaba. Se hospedó en el mismo hotel de Siesta Key en el que había parado todas las veces que había ido a Sarasota.

A la mañana siguiente salió a manejar tranquilo y aunque no se lo propusiera, fue inevitable pasar por la puerta de la casa de Harvey. Al igual que última vez, decidió bajar del auto y ver si lo encontraba. Volvió a darle miedo tocar el timbre. Bordeó la casa para ver qué vista tenía de la playa. Grande fue su decepción cuando comprobó que a esa altura de la avenida Midnigth Pass Road las casas no daban al mar sino a un canal, que parecía un pequeño río. Si bien la vista era muy linda, durante 20 años John había imaginado a Harvey y también a sí mismo, escribiendo en una casa cuyos ventanales miraban al mar, y no a un canal.

Cuando se dio vuelta para mirar el frente de la casa, la encontró muy descuidada. Las reposeras estaban todas raídas, a tal punto que se preguntó si la casa no estaría abandonada. Como el agua de la piscina estaba en perfectas condiciones, no tuvo dudas de que  estaba habitada.

Las sensaciones eran tan contradictorias que pese a sus miedos, John decidió ir a tocar el timbre. Volvió sobre sus pasos y caminó hasta la entrada principal. Luego de subir la escalinata y ya en la puerta, se encontró con un cartel manuscrito que aclaraba que el timbre estaba roto y que había que golpear. ¿Cómo era posible que semejante mansión, en un barrio tan exclusivo, pudiera estar tan descuidada?

Ya lanzado al ruedo por las circunstancias, golpeó la puerta de vidrio con insistencia. Nadie aparecía. Volvieron los miedos y las excusas, y las ganas de irse para no exponerse a lo incierto. Como tiempo atrás, se justificó pensando que Harvey no estaría o que se habría mudado. Pero haber visto el filtro prendido de la piscina sumado al fracaso de no haberse animado la vez anterior, lo obligaron a seguir adelante. Volvió a golpear la puerta.

Instantes después y a través de los ventanales de la entrada, vio a un señor mayor bajar la escalera. Era Harvey, quien pese a no identificar al visitante, igual abrió la puerta. John le recordó quién era, aunque el escritor, fastidiado por la circunstancia, cerró cualquier posibilidad de encuentro.

Luego de veinte infructuosos segundos en los que trató de conectar de alguna forma, John comprendió que no tenía más remedio que despedirse y retirarse.

Mientras caminaba de regreso a su auto, se sintió más tranquilo. Si bien no había forzado demasiado los hechos como para tratar de conversar un poco más con el escritor, se había animado a golpearle la puerta, y a tratar de entablar algún diálogo. Esta vez no podría autocondenarse por no haberse animado.

Pensó en lo deteriorada que estaba la casa. En lo triste de la situación de que algo tan valioso estuviera tan abandonado. Vinieron a su mente las imágenes de las reposeras raídas, el timbre roto, y el estado general de desidia.

Recordó su desencanto al comprobar que la casa no daba a ninguna playa, y que por ende no había grandes ventanales desde los cuales mirar al mar mientras se escribía.

Pensó en Harvey, que parecía un viejo huraño y hosco. Ya no era más aquél escritor glamoroso. Lo habría sido alguna vez, o era solo la admiración fantasiosa de John? Por otra parte, el hecho que hubieran pasado 20 años sin lograr otro bestseller se notaba en sus finanzas y en su soledad. Uno está lleno de amigos cuando las cosas van bien, y está solo cuando las cosas no van tan bien.

Aunque todo su sueño acababa de caerse como un piano, sintió alivio. El hecho de comprobar que lo ideal no existía en la realidad sino sólo en su mente, le dio paz. Pensó en toda la energía y esfuerzos de su vida que podría haber malgastado tratando de recrear esa vida de escritor en Sarasota.

La realidad le había ahorrado todo ese esfuerzo estéril. Se sintió afortunado. Por lo general, los hombres perdían la mayor parte de sus vidas en subir enormes escaleras, que sólo al final del recorrido quedaban en evidencia que estaban apoyadas en la pared equivocada.

Le vino a la mente que luego de haberlo conocido a Harvey, había intentado ser escritor. Y si no pudo avanzar en ese camino se debió a la enorme exigencia que tenía: su primer libro debía ser el número uno en ventas del New York Times, y a partir de ahí continuar su carrera de escritor consagrado con una casa frente al mar de Siesta Key, en Sarasota. Con semejante presión ningún borrador le gustaba, por lo que apenas seis meses después de haber comenzado, abandonó la idea de ser escritor.

Ahora que había comprobado que la vida de Harvey tampoco era redonda, y que su casa estaba abandonada y no daba a la playa, sintió que tal vez podría empezar a escribir.

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No sos el único al que le pasa
Aprendizaje, Sin Categoría

No sos el único al que le pasa

Jonathan amaba el rock. Le encantaba componer aunque sentía que no tenía ningún talento para ello. Había escrito cientos de canciones y melodías, pero no había caso. Cansado y frustrado de no poder avanzar, empezó a buscar trabajo. Como escribía bien, le surgió una oportunidad en una revista de rock, la Rolling Stone. Aún sabiendo que no era un camino para convertirse en músico, ese empleo le permitiría estar cerca de su pasión, y en algún sentido, sublimarla.

El tiempo fue pasando y Jonathan, pese a sentir que no hacía nada por encauzar su vocación de compositor, estaba contento con lo que hacía. Prefería no hurgar mucho en su interior, para no toparse con la enorme frustración de sentir que era incapaz de componer algo bueno.

El viernes 5 de diciembre de 1980, su jefe lo mandó a realizar una entrevista a un músico que vivía el Upper West Side en New York. La entrevista duró varias horas, en las que Jonathan pudo indagar en profundidad todos los temas del entrevistado.

Como el músico había estado muchos años sin componer nada, Jonathan le preguntó si las canciones de éste último disco le habían resultado fáciles de hacer.

-“No creas; de hecho tardaron cinco años en salir. ¡Cinco años de constipación, y tres semanas de diarrea!”, fue la síntesis del músico en relación al largo y difícil proceso creativo que había tenido que atravesar para parir su nuevo disco.

Jonathan le preguntó cómo habían sido los años en que componía con mucha facilidad. La sincera respuesta de John -el entrevistado-, lo dejó paralizado: -“Me la paso quejándome de lo difícil que es componer o de cuánto sufro cuando escribo, al punto de que cada canción que compuse fue una tortura”.

-¿ Pero, la mayoría fue una tortura? repreguntó Jonathan sin poder dar crédito a lo que escuchaba.

-“Totalmente. Siempre pienso que no me va a salir nada, que es una mierda, que es pésimo, que no funciona, que es una cagada; incluso cuando sale, pienso: ¿Y esta porquería qué es, igual?”, fue la lapidaria respuesta del músico.

A esta altura del reportaje, Jonathan se sentía como aliviado. Así y todo, temiendo que fuera una falsa modestia de su entrevistado, decidió provocar al músico recordándole que tenía una extensa y fecunda carrera, con muchísimos discos realizados, e infinidad de canciones exitosas.

John se mantuvo inconmovible, con la serena firmeza que genera la verdad. -“Salvo esas diez canciones, más o menos, que los dioses te otorgan y que salen de la nada, el resto fue una tortura…”

Casi desconcertado, Jonathan recordó aquella historia zen en la que un rey encargaba un cuadro a un pintor, pagándoselo por adelantado. Luego de un año y como el cuadro nunca aparecía, el rey envió un emisario a reclamarlo. El pintor se puso a pintar el cuadro en ese mismo momento. Cuando después de unos minutos lo terminó y entregó, el delegado del rey protestó diciendo: -“su majestad le pagó una fortuna hace un año, y usted se digna a pintarlo en instantes?” El pintor le respondió: -“es cierto, pero me pasé diez años pensándolo…”

Terminada la entrevista, cuando Jonathan dejó el edificio Dakota, estaba entre aturdido y liberado. Se sentía menos solo, ya que él no era la única persona que tenía problemas para componer. Reflexionó que si semejante músico tenía tamaños problemas para escribir, él debía retomar su vocación pero sabiendo que la tarea era muy difícil e incierta, y que por ende tendría que aprender a convivir con grandes niveles de frustración.

Se preguntó si acaso él no tendría igual o más talento que su entrevistado, sólo que nunca llegaba a expresarlo, porque su intolerancia a la adversidad lo hacía abandonar el camino prematuramente.

En el torbellino de cuestionamientos que pasaban por su cabeza, pensó que tal vez, el gran talento de ese músico no era lo que expresaba en sus letras y canciones, sino poder persistir y no frustrarse ante la gran adversidad e incertidumbre del proceso creativo.

En un abismo de preguntas sin respuestas, se sinceró asumiendo que si bien los procesos artísticos son particularmente inciertos, misteriosos y frustrantes, la vida también lo es. Y en la necesidad de poder seguir adelante pese a la adversidad, pese a la negatividad, pese a la incertidumbre.

Se sintió diminuto, al lado del gigante que acababa de entrevistar. Comprendió que la diferencia era esa: poder seguir adelante. Se preguntó si esa estrella de rock no era en realidad un dios.

Jonathan nunca imaginaría que sólo cinco días después, el 10 de diciembre de 1980, su entrevistado John Lennon sería asesinado por un fanático, y que aquella entrevista sería la póstuma, publicada por Rolling Stone 30 años después.

Artículo de Juan Tonelli: No sos el único al que le pasa.

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velocidad es sinónimo de miedo
Miedo, Sin Categoría

Cuando la velocidad es sinónimo de miedo

El pianista había realizado una grabación de las variaciones Goldberg, sin precedentes. Su interpretación de la famosa obra de Johann Sebastian Bach tenía un brillo único y una velocidad únicas. El disco fue récord de ventas y esa versión pasó a ser considerada la mejor de todas.

Veinticinco años después, la misma discográfica CBS decidió tentarlo para que hiciera una nueva interpretación  conmemorativa de aquél registro histórico. Pese a estar mayor, el pianista aceptó el desafío con mucho entusiasmo.

Esta nueva interpretación tuvo aún más brillo que la anterior. El pianista se daba el lujo de tocar y disfrutar cada nota, pudiéndoselas escuchar como si fueran únicas y en cámara lenta, cuando en realidad eran todo lo contrario. La misma obra interpretada por el mismo artista, había pasado de durar 38 minutos,  a más de 52.

Este registro se convirtió en la mejor versión de las variaciones Goldberg  de todos los tiempos y su excelencia no tuvo precedentes. El disco fue un éxito absoluto de ventas, con millones de oyentes fascinados con escuchar e identificar cada nota que el pianista había tocado como si tuviera todo el tiempo del mundo.

Los críticos musicales tenían opiniones controvertidas. No eran pocos los que sostenían que al tocar la obra algo más despacio de lo debido, se traicionaba el espiritu de Bach. Los mas resentidos, decían que no la tocaba más rápido porque estaba viejo. Sin embargo, nadie atinaba a emitir una sola palabra acerca de la profundidad y claridad de sonidos que el artista había logrado extraer de cada nota.

Pese a ser muy reacio a los medios periodísticos, el pianista accedió a un reportaje de una revista especializada. El entrevistador era un reconocido crítico musical y comenzó su tarea con una pregunta a quemarropa: – “Maestro: ¿por qué tocó las variaciones Goldberg tan despacio?”

Luego de escuchar la pregunta, el pianista se paró y fue hasta su piano. Se sentó en el taburete, y luego de tomarse unos breves instantes para concentrarse, empezó a tocar el pasaje mas difícil y exigente de las variaciones. Lo hizo de una forma impecable y a  una velocidad  aún mayor que la histórica grabación de 25 años atrás.

Concluida la pieza se puso de pie, cerró el piano, y se acercó al periodista. El maestro había demostrado que sus habilidades estaban intactas. El reportero se preguntó para sus adentros, cuál sería la razón que habría llevado al músico a tocar la obra tan lentamente.

Con una gran paz interior, el pianista preguntó: -“Sabe por qué interpreté las variaciones tan despacio?”

Luego de una pausa que parecio una eternidad, continuó: -“Porque puedo”.

Dicho lo cual saludó cortésmente y dio por terminada la entrevista.

El periodista se retiró intentando comprender el sentido de las palabras del maestro. Se preguntó por qué cuando las personas sienten miedo y las cosas se ponen difíciles, tienden a apurarse.

Se dio cuenta que la obra de Bach no solo no había sido traicionada, sino que estaba en las mejores manos. En las de alguien capaz de tocar al ritmo que él quisiera, y no al que usualmente imponen los inevitables miedos de los hombres.

Artículo de Juan Tonelli: Cuando la velocidad es sinónimo de miedo.

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Placares asesinos
Adversidad, Sin Categoría

Placares asesinos

El funcionario del ministerio de desarrollo social no pudo convencer a la vangabunda de ir con él a uno de los hospedajes públicos.  Pese a sus enormes esfuerzos, y a que era una fría y lluviosa noche de invierno, todo fue en vano.

Mientras pensaba en alguna nueva estrategia de persuasión, y la señora seguía acomodando sus modestas pertenencias en el alero del comercio en el que se protegía de la absoluta intemperie, irrumpió un señor muy distinguido.  Sólo su cuello clerical delataba su condición de sacerdote. Delicadamente se acercó al asistente social y le solicitó que lo acompañara. Cuando se alejaron lo suficiente de la vagabunda, el sacerdote dijo: -“Esta señora hace mucho tiempo que vive en la calle; desde el día en que su único hijo murió ahogado al quedarse encerrado en un placard. Si bien nunca se pudieron esclarecer las condiciones de la muerte de ese niño de 2 años, lo cierto es que desde entonces ella nunca más quiso volver a vivir entre paredes. Y pese a los innumerables esfuerzos que hemos hecho desde la parroquia, no hubo caso”. Dicho lo cual, el sacerdote se despidió en forma cálida y siguió su camino.

El asistente social, impresionado por la historia, volvió a mirar a la señora. La observó tranquila, ordenando sus cosas, como si vivir en la calle fuera lo más normal del mundo.

Pensó en los traumas humanos, esas cicatrices del alma que aunque corten la hemorragia del dolor, no sirven para restablecer el normal funcionamiento del ser. Se preguntó si al vivir a la intemperie y lejos de los peligrosos placares, la vagabunda estaría más segura.

Más tarde y mientras regresaba al ministerio, se dio cuenta que todos los seres humanos tienen sus placares acechantes, y que aunque los hombres insistan en exhorcizarlos alejándose de ellos todo lo posible, los esfuerzos son tan caricaturescos y estériles como los de aquella pobre mujer. Se preguntó cuáles serían sus propios placares, y en cómo hacer para aprender a convivir con ellos.

Artículo de Juan Tonelli: Placares asesinos.

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El que se para en puntas de pie, no aguanta demasiad
Fachada, Sin Categoría

El que se para en puntas de pie, no aguanta demasiado

Tulio se había comprado su Ferrari 355. Estaba feliz. La compra había sido una oportunidad, ya que la había pagado muy barata.

Desde que tenía esa máquina, varias noches por semana se mostraba por la zona de los boliches y los bares. Nunca había tenido tanto éxito con las mujeres.

También con sus amigos el vuelco había sido impresionante. De ser uno más, pasó a ser el exitoso, el genio, la persona de la que todos querían ser amigos. De repente, todos habían descubierto su talento y su liderazgo. Lo que no había pasado en los 12 años de colegio y en los 6 de la facultad, ocurría ahora. -“Al fin se dan cuenta de lo que valgo”, pensaba.

Sin embargo, como usualmente ocurre en la vida, todo tiene su contrapartida. Algunos de sus amigos, presionaban mucho para manejar el auto. Tulio les explicaba que no iban a poder pagar la reparación si algo le pasaba a su F355, y cerraba la discusión. Otros, exigían que acelerara de 0 a 100 km/h en 4 segundos, y él alegaba que para eso faltaba tiempo, porque manejar a altas velocidades era mucho más complejo que pisar el acelerador.

También la relación con las mujeres fue cambiando, y en particular cuando se enamoró de Teresa. En la medida que el romance se fue consolidando, cada vez le costó más resistir la presión de su novia para que fuera menos tacaño. Ella no comprendía como alguien dueño de una Ferrari podía ser tan miserable con el dinero. Tulio, sin embargo, le explicaba que él tenía dinero porque lo cuidaba. Sin embargo, el hecho de ser cuidadoso no le alcanzaba a Teresa para comprender porqué él no la llevaba nunca a su departamento, y ni siquiera pensaba en comprar o alquilar algo donde pudieran vivir juntos.

El oficial de policía que le solicitó a Tulio que frenara y descendiera del auto, tuvo la íntima convicción de que esta pista lo llevaría directamente con los delincuentes. No se equivocaba: era uno de los Ferraris falsos que se fabricaban en Sicilia y se vendían por 20.000 euros.

Mientras lo llevaba detenido, el policía se preguntó cuál sería el sentido de gastar 20.000 euros en un auto falso. -“Por qué no se habrá comprado un Alfa Romeo original -que es un autazo-, en vez de malgastar el poco dinero que tiene en algo falso que encima es muy costoso?” La única respuesta que encontró fue la vanidad humana.

Mientras esperaba el interrogatorio en su celda, Tulio estaba tranquilo. Sabía que no estaría mucho tiempo detenido, ya que la estupidez humana no era un delito. Los investigadores buscaban a la banda de falsificadores, y no a los que compraban Ferraris falsos sabiendo que lo eran. Su serena alegría se debía a que ya no tendría que pelearse con Teresa para negarle un regalo costoso, o una vivienda conjunta. Tampoco necesitaría mentirles a sus amigos, para ocultar el motor de Fiat Palio que tenía esa Ferrari.

Tomó conciencia que él no era el único mentiroso. Ahora que estaba claro que no era rico, muchas cosas cambiarían: probablemente Teresa dejara de considerarlo el amor de su vida, en tanto que sus amigos lo volverían al pelotón de los normales, lejos del reinado con que lo habían ungido al aparecer con una Ferrari.

Se sintió liberado; no tendría nada que sostener. Lo poco o mucho que pudiera construir a partir de ahora, sería sobre bases sólidas y reales.

Pensando que 20.000 euros y una noche en la cárcel no eran un precio tan alto para semejante lección, se durmió.

Artículo de Juan Tonelli: El que se para en puntas de pie, no aguanta demasiado.

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Los premios consuelo no consuelan
Aprendizaje, Sin Categoría

Los premios consuelo no consuelan

Erik se había enamorado perdidamente de Claudia Schiffer. La consideraba una diosa a la que había que venerar. Soñaba su vida al lado de ella. La imaginaba compartiéndolo todo: trabajo, casa, proyectos, viajes, hijos. Era su amor.

Claro que el sueño era rápidamente destrozado por la cruel realidad: Claudia era la modelo mas importante del mundo y su belleza, fama y riqueza hacían imposible que se pudiera fijar en él.

Erik pasó largo tiempo intentando buscar la estrategia para aproximarse a Claudia; estaba convencido de que si lograba conversar con ella 5 minutos, podría desplegar toda su capacidad de seducción y ella terminaría enamorándose de él.

Pero por mas que le buscaba la vuelta, no se la encontraba. Un día, resignado frente a la realidad implacable, se le ocurrió una alternativa: invitar a salir a la hermana menor de Claudia, Ann Caroline. No era lo mismo pero era divina.

Así pudo seguir adelante, superar sus inhibiciones y luego de rastrearla un tiempo, localizarla. Estudió todos los movimientos de ella hasta que un día la esperó en un café y cuando Ann Caroline apareció, a Erik le bastaron escasos minutos para convencerla de que saliera a cenar con él aquella noche.

La cena estuvo muy buena aunque Erik no pudo evitar sentir melancolía. La idea de salir con la hermana -en vez de seguir su deseo-, era una especie de premio consuelo, y ponía brutalmente en evidencia su falta de coraje.

Después de cenar la llevó de regreso a su casa, ignorando que Claudia también vivía en el mismo edificio, unos cuantos pisos más arriba. Mucho menos podría imaginarse que en el mismo momento en que se despedía de Ann Caroline, Claudia estaría ingresando al edificio, sola.

-De donde venís?, preguntó Ann Caroline.

Mientras observaba al apuesto acompañante de su hermana con sumo interés, Claudia contestó: -“volviendo de cenar afuera, porque como estaba sola y aburrida en casa, decidí salir un rato”.

Artículo de Juan Tonelli: Los premios consuelo no consuelan.

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los postoperatorios del alma pueden durar mucho mas que los del cuerpo
Aprendizaje, Sin Categoría

Los postoperatorios del alma pueden durar mucho mas que los del cuerpo

A los 10 años, un mal diagnóstico médico terminó en la amputación de la mano derecha de Diego, que tal vez se podría haber evitado. Antes de la operacion y ya intuyéndolo, el pequeño le preguntó a su padre si iba a perder la mano. Su papá lo abrazó fuerte, negó todo, y le dijo que se quedara tranquilo. Minutos después y tan pronto lo vio perderse en el pasillo que conducía al quirófano, el padre se puso a llorar desconsoladamente. Se sintió como Judas después de traicionar a Jesús, y se maldijo por no tener la fortaleza para decirle la verdad a su hijito.

Cuando Diego volvió de la anestesia, supo todo sin necesidad que nadie se lo contara. Tal vez por eso pasaron varios días hasta que pudo mirar el lado afectado. Obviamente, nunca volvió a hablar del tema con su padre.

La vida siguió su curso y poco tiempo después, Diego comenzó a utilizar una prótesis. Todo parecía normal y pasaron muchos años hasta que el joven se “enteró” que no tenía mano. No fue cuando tuvo que aprender a manejar en un auto automático; ni cuando tenía que elegir relojes con mallas elásticas para poder ponérselos sólo, o aprender a cortar las milanesas sin pincharlas con un tenedor que nunca podría agarrar simultaneamente al cuchillo. Fue en una fiesta en la que todo iba bárbaro con una chica, hasta que ella se dio cuenta que él tenía una prótesis que escondía su condición de manco. Aunque involuntario, el sobresalto de la joven fue tan grande, que para Diego fue como si en ese momento se enterara que no tenía mano. De ahí en mas, decidió no utilizar nunca más una prótesis. -“Que me conozcan y quieran como soy, o nada”, pensó para sus adentros.

Fue una sabia decisión. Vivir para el afuera nunca resulta. Nada de simulaciones ni coreografías. ¿Para qué tanto desgaste ? Como en todos los órdenes de la vida, la verdad siempre termina emergiendo. Y sino, el castigo es aún peor ya que el esfuerzo por simular es altísimo, y en el colmo de la paradoja, uno queda aislado con su mentira, imposibilitado de abrirse del todo. Pero como la mente tiene sus laberintos, la drástica decisión de ser auténtico y no usar prótesis se mostraría insuficiente con el paso del tiempo.

En la universidad se enamoró de una compañera amorosa. Ella, superó la prueba de la mano amputada sin mayores problemas. Él era tan inteligente, tan buen compañero, tan líder del grupo, que poco le importó. A Diego en cambio, no le resultó tan fácil, ya que sus peores fantasmas asociados a su característica, siempre volvían. Sin embargo, el tiempo fue pasando y las cosas aclarándose. Parte de la claridad surgió bajo la prueba extrema que la pareja tuvo que atravesar: la brutal oposición de la familia de ella a que se pusiera de novio con un chico al que le faltaba una mano.

Después de tensiones crecientes y ante la negativa de abandonar a su novio, ella fue obligada a dejar la casa de sus padres. En el mismo momento en que se iba, la madre le prohibió llevarse toda aquella ropa que hubiese sido comprada por ellos, sus padres. La joven accedió por una cuestión de dignidad, mientras terminaba de anoticiarse de la clase de padres que tenía. Con su pequeño bolsito y ya fuera de la casa, llamó a Diego para ver qué hacer.

Como en aquellos tiempos no se podía ir a vivir juntos sin estar casado -y también para intentar preservar la relación con esa madre que fácilmente diría que encima de todo su hija era una puta-, decidieron ir a una residencia estudiantil en donde ella pudiera pasar la noche. Lamentablemente no había lugar, pero la monja que los recibió intuyo algo raro e indagó un poco en la situación. Luego de escuchar el relato y para corroborar que la inverosímil historia era cierta, la religiosa decidió llamar a la casa de los padres de la chica. La conversación telefónica fue breve y la monja simplemente escuchó. Antes de cortar, pronunció una frase que aún hoy está grabada a fuego en el corazon de Diego: -“No se preocupe señora, que este joven con la única mano que tiene, le va a cerrar los ojos el día que usted se muera y no tenga nadie que lo quiera hacer”. Luego, mirando con ternura a la novia, le dijo: -“Esta es tu casa, hijita”.

Pasaron varias décadas hasta que Diego llegó a la conclusión que la amputación había generado algunos mecanismos adaptativos que eran muy malos para su vida. Uno de ellos era haberse convertido en alguien extremadamente dulce y componedor. La razón no era otra que su terror a la violencia, ya que en última instancia siempre podría devenir en violencia física y él, sin su mano derecha, no estaría en buenas condiciones para pelear y defenderse.

El otro mecanismo adaptativo era aún mas sutil y limitante: Diego había desarrollado un conservadurismo extremo. Como lo compensaba con su enorme capacidad y determinación, tardó mucho tiempo en darse cuenta que esa característica no era más que otro mecanismo adaptativo a su amputación, ya que en el fondo, él ya había perdido su mano derecha, y no quería perder nada más. Pero ahora se estaba dando cuenta que la única forma de no exponerse a las pérdidas, era retirándose del juego. Y aún así se perdía igual, porque se iba pasando la vida.

A pesar de lo duras que suelen ser todas las vidas humanas, la de Diego ha estado buena. Tiene hijos grandes que son buenas personas, y una compañera de lujo; la de siempre. Sin embargo, enfrenta uno de los desafíos mas grandes de su vida: arriesgarse a salir de la fortaleza inexpugnable en la que vivió medio siglo, para no perder mas nada (que su mano). Sabe que se va acercando a las pérdidas más importantes de la existencia humana y que no va a poder eludirlas. Pero siente que necesita jugar y que puede ganar ciertos partidos.  La vida le quemó las naves y se dispone a dar el combate más decisivo: dejar de pelear por la seguridad, para poder pelear por su libertad.

Artículo de Juan Tonelli: Los postoperatorios del alma pueden durar mucho mas que los del cuerpo.

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