Poder ser

Historias extraordinarias de gente común. El libro explora algunos de nuestros problemas más comunes: la incertidumbre, el miedo, el...

¿Querés vivir o haber vivido?

Nos cuesta mucho la incertidumbre. Y sin embargo, es la característica central de la vida. Aprender a convivir amigablemente...

Incertidumbre

“-¿Cómo estás?, preguntó el Maestro. “ -Viviendo tiempos inciertos, pero muy bien”, contestó el discípulo. “ -¿Por qué son...

Dejá que el tigre vuelva a su guarida

Todos en el fondo somos niños ofendidos y enojados, esperando que nos presten atención, como creemos que corresponde. Ver...

Comprender y apoyar

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Aprendizaje

Descubrir los límites propios y externos es todo un desafío.

SOBRE MÍ

Hola, soy Juan, escritor

En el año 2001, en un grupo de terapia al que asistíamos seis pacientes y conducían dos psicólogas, una de mis compañeras (¿bruja?) me dijo: “-vos vas a ser escritor.” La miré, me reí un poco por vergüenza y otro.

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CULPA

Mirar el dolor a los ojos

Solo mirando nuestros
dolores a los ojos podremos
sanarlos. Aún los
intolerables deben ser
enfrentados, como único.

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los postoperatorios del alma pueden durar mucho mas que los del cuerpo
Aprendizaje, Sin Categoría

Los postoperatorios del alma pueden durar mucho mas que los del cuerpo

A los 10 años, un mal diagnóstico médico terminó en la amputación de la mano derecha de Diego, que tal vez se podría haber evitado. Antes de la operacion y ya intuyéndolo, el pequeño le preguntó a su padre si iba a perder la mano. Su papá lo abrazó fuerte, negó todo, y le dijo que se quedara tranquilo. Minutos después y tan pronto lo vio perderse en el pasillo que conducía al quirófano, el padre se puso a llorar desconsoladamente. Se sintió como Judas después de traicionar a Jesús, y se maldijo por no tener la fortaleza para decirle la verdad a su hijito.

Cuando Diego volvió de la anestesia, supo todo sin necesidad que nadie se lo contara. Tal vez por eso pasaron varios días hasta que pudo mirar el lado afectado. Obviamente, nunca volvió a hablar del tema con su padre.

La vida siguió su curso y poco tiempo después, Diego comenzó a utilizar una prótesis. Todo parecía normal y pasaron muchos años hasta que el joven se “enteró” que no tenía mano. No fue cuando tuvo que aprender a manejar en un auto automático; ni cuando tenía que elegir relojes con mallas elásticas para poder ponérselos sólo, o aprender a cortar las milanesas sin pincharlas con un tenedor que nunca podría agarrar simultaneamente al cuchillo. Fue en una fiesta en la que todo iba bárbaro con una chica, hasta que ella se dio cuenta que él tenía una prótesis que escondía su condición de manco. Aunque involuntario, el sobresalto de la joven fue tan grande, que para Diego fue como si en ese momento se enterara que no tenía mano. De ahí en mas, decidió no utilizar nunca más una prótesis. -“Que me conozcan y quieran como soy, o nada”, pensó para sus adentros.

Fue una sabia decisión. Vivir para el afuera nunca resulta. Nada de simulaciones ni coreografías. ¿Para qué tanto desgaste ? Como en todos los órdenes de la vida, la verdad siempre termina emergiendo. Y sino, el castigo es aún peor ya que el esfuerzo por simular es altísimo, y en el colmo de la paradoja, uno queda aislado con su mentira, imposibilitado de abrirse del todo. Pero como la mente tiene sus laberintos, la drástica decisión de ser auténtico y no usar prótesis se mostraría insuficiente con el paso del tiempo.

En la universidad se enamoró de una compañera amorosa. Ella, superó la prueba de la mano amputada sin mayores problemas. Él era tan inteligente, tan buen compañero, tan líder del grupo, que poco le importó. A Diego en cambio, no le resultó tan fácil, ya que sus peores fantasmas asociados a su característica, siempre volvían. Sin embargo, el tiempo fue pasando y las cosas aclarándose. Parte de la claridad surgió bajo la prueba extrema que la pareja tuvo que atravesar: la brutal oposición de la familia de ella a que se pusiera de novio con un chico al que le faltaba una mano.

Después de tensiones crecientes y ante la negativa de abandonar a su novio, ella fue obligada a dejar la casa de sus padres. En el mismo momento en que se iba, la madre le prohibió llevarse toda aquella ropa que hubiese sido comprada por ellos, sus padres. La joven accedió por una cuestión de dignidad, mientras terminaba de anoticiarse de la clase de padres que tenía. Con su pequeño bolsito y ya fuera de la casa, llamó a Diego para ver qué hacer.

Como en aquellos tiempos no se podía ir a vivir juntos sin estar casado -y también para intentar preservar la relación con esa madre que fácilmente diría que encima de todo su hija era una puta-, decidieron ir a una residencia estudiantil en donde ella pudiera pasar la noche. Lamentablemente no había lugar, pero la monja que los recibió intuyo algo raro e indagó un poco en la situación. Luego de escuchar el relato y para corroborar que la inverosímil historia era cierta, la religiosa decidió llamar a la casa de los padres de la chica. La conversación telefónica fue breve y la monja simplemente escuchó. Antes de cortar, pronunció una frase que aún hoy está grabada a fuego en el corazon de Diego: -“No se preocupe señora, que este joven con la única mano que tiene, le va a cerrar los ojos el día que usted se muera y no tenga nadie que lo quiera hacer”. Luego, mirando con ternura a la novia, le dijo: -“Esta es tu casa, hijita”.

Pasaron varias décadas hasta que Diego llegó a la conclusión que la amputación había generado algunos mecanismos adaptativos que eran muy malos para su vida. Uno de ellos era haberse convertido en alguien extremadamente dulce y componedor. La razón no era otra que su terror a la violencia, ya que en última instancia siempre podría devenir en violencia física y él, sin su mano derecha, no estaría en buenas condiciones para pelear y defenderse.

El otro mecanismo adaptativo era aún mas sutil y limitante: Diego había desarrollado un conservadurismo extremo. Como lo compensaba con su enorme capacidad y determinación, tardó mucho tiempo en darse cuenta que esa característica no era más que otro mecanismo adaptativo a su amputación, ya que en el fondo, él ya había perdido su mano derecha, y no quería perder nada más. Pero ahora se estaba dando cuenta que la única forma de no exponerse a las pérdidas, era retirándose del juego. Y aún así se perdía igual, porque se iba pasando la vida.

A pesar de lo duras que suelen ser todas las vidas humanas, la de Diego ha estado buena. Tiene hijos grandes que son buenas personas, y una compañera de lujo; la de siempre. Sin embargo, enfrenta uno de los desafíos mas grandes de su vida: arriesgarse a salir de la fortaleza inexpugnable en la que vivió medio siglo, para no perder mas nada (que su mano). Sabe que se va acercando a las pérdidas más importantes de la existencia humana y que no va a poder eludirlas. Pero siente que necesita jugar y que puede ganar ciertos partidos.  La vida le quemó las naves y se dispone a dar el combate más decisivo: dejar de pelear por la seguridad, para poder pelear por su libertad.

Artículo de Juan Tonelli: Los postoperatorios del alma pueden durar mucho mas que los del cuerpo.

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Madurez, Sin Categoría

Quién puede asegurar que estará vivo dentro de una hora?

Iwao Hakamada empezó a trabajar a los 16 años en una fábrica de autos. Al cumplir 21 se convirtió en boxeador, y fue escalando posiciones hasta ser uno de los 6 mejores del Japón en su categoría. Conoció a una bailarina de cabaret de la cual se enamoró perdidamente, se casó y tuvo un hijo. Una severa lesión en una rodilla lo obligó a abandonar su carrera boxística. Como los problemas nunca vienen de a uno, poco tiempo después se divorció, y su hijo le quedó a cargo.

Forzado por las circunstancias, consiguió un empleo en una fábrica de miso. Un año después, el dueño de la empresa, su mujer, y dos de sus tres hijos aparecieron apuñalados y en medio de llamas que incendiaban la vivienda.

El ex boxeador fue detenido y acusado por la policía, aunque él se declaró completamente inocente. Como la ley permite 23 días de interrogatorios policiales sin ningún tipo de garantías individuales (ni presencia de abogados defensores, ni testigos, ni cámaras que impidan abusos o torturas), Iwao terminó autoincriminándose y declarándose culpable del asesinato de aquellas 4 personas.

Pese a la falta de pruebas, la Justicia lo condenó a la horca en un fallo dividido. Uno de los jueces que fue obligado a condenarlo, callar la presión recibida y cualquier disidencia, abandonó su cargo tan solo un año después, y en reiteradas ocasiones hizo intentos varios por lograr un nuevo proceso que mostrara la inocencia de Iwao. No lo logró. Desde la nueva Constitución de 1946, 668 personas fueron condenadas a muerte, y 111 esperan su turno de ejecución.

El compañero de celda de Iwao durante 12 años fue finalmente ejecutado, y desde entonces, todo se convirtió en un abismo aún mayor. Iwao no quiso escribirles más a sus familiares, ni recibir visitas. Y el stress psicológico de desconocer cuándo sería ejecutado, lo llevó a tener delirios.

El único condenado a la pena capital que logró salir del corredor de la muerte, estuvo 35 años preso por un doble asesinato que no cometió. Hoy, con 85 años de edad recuerda la angustia de todas las mañanas a las 8 hs, cuando podía escuchar los pasos del guardia que venía a notificar quién sería ejecutado. “- Todos pensábamos: ¿me tocará a mí? Si no te daban el sobre, podías respirar…”

A los 72 años, Iwao sigue escuchando todos los días los pasos del guardia notificador. En el corredor de la muerte de la cárcel en la que espera ser ejecutado desde hace 42 años, cada mañana se pregunta si ese día le informarán que en una hora terminará su vida. Todos los días también se pregunta si existe alguna diferencia entre él y las personas que están en libertad, ya que todas pueden morir en la próxima hora. Piensa que todos los hombres viven en el corredor de la muerte, aunque aquellos que gozan de libertad física no tengan conciencia de ello, por el simple hecho que no existe el guardia notificador.

Artículo de Juan Tonelli: Quién puede asegurar que estará vivo dentro de una hora?

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Madurez, Sin Categoría

¿Cuándo está perdido un combate?

– “No puedo más; tire la toalla”, fue lo que le alcanzó a balbucear el agotado boxeador.

Su entrenador, luego de escucharlo, lo estimuló a respirar profundamente, y le dijo: “-te pido un último esfuerzo; cuando suene la campana parate y andá al centro del ring”.

El púgil tenía el rostro desfigurado, fuertes dolores abdominales producto de los golpes, y un extenuamiento sin precedentes. -“No puedo más; ya me dijo que hiciera un esfuerzo final en los dos últimos rounds, y lo hice. Y  hace 5 asaltos que no puedo más”.

Sin embargo, el legendario coach Angelo Dundee no se daba por vencido. Si bien su pupilo era un boxeador sin precedentes, él también era un entrenador sin precedentes. -“Lo único que te pido es que cuando suene la campana te pongas de pie, y camines al centro del cuadrilátero”.

El boxeador miró a su maestro mientras ráfagas de pensamientos cruzaban por su mente. Si bien era cierto que éste era el último round, no era menos cierto que ya hacía rato que no podía más. La pelea había sido encarnizada y ambos contendientes se habían lanzado una cantidad increíble de golpes (las estadísticas posteriores mostrarían un promedio de 120 por round, por persona.) Y si bien su rival no podía estar en muchas mejores condiciones, él sentía que no podía más; que se exponía a un nock out en el primer cruce que tuviera en este décimoquinto asalto. Volvió a mirar a su entrenador ratificándole que la pelea estaba terminada, que no se pondría de pie.

El agotamiento del boxeador era irreversible. Tal vez por eso, y aprovechando la nula voluntad de su pupilo, el entrenador decidió forzar las circunstancias al extremo y lograr que al sonar la campana, el peleador se pusiera de pie, y con la escasa estabilidad residual,  arrastrara los pies y la existencia hacia el medio del ring.

Lo único que pensaba el boxeador era en que su rival le conectara un certero golpe, de forma tal que se terminara aquél suplicio lo antes posible. Sin embargo, eso no ocurrió.

Pasaron los segundos, y su rival -el mítico Joe Frazier- ni siquiera se puso de pie. Cuando Mohamed Alí comenzó a tomar conciencia de lo que estaba ocurriendo, el referí le levantó su brazo de derecho señalando que acababa de ganar la pelea por KO técnico.

Alí, con más de 1500 puñetazos recibidos esa noche en Manila, cayó al suelo como si hubiera sido noqueado. Pero era el campeón. Por haberse puesto de pie una vez más.

Artículo de Juan Tonelli: ¿Cuándo está perdido un combate?

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Determinación
Ego, Sin Categoría

Determinación

Corría el año 1520 cuando un oscuro capitán de la armada española consiguió autorización de sus superiores para abandonar el campamento en que se encontraban, e iniciar una expedición hacia el sur, donde supuestamente habría grandes cantidades de oro y  de plata. Luego de armar un pequeño ejército con trescientos hombres, dejaron territorios en los cuales hoy se emplazaría Panamá, y se dirigieron al sur del continente aún inexplorado.

El desafío no era simple, ya que había que resolver las grandes contradicciones del rey: dominar tierras, encontrar y apropiarse de tesoros, y educar y evangelizar a los indios. Resultaba difícil pensar que los aborígenes estarían de acuerdo con que los saquearan, y les denostaran sus dioses para obligarlos a cambiar por el único dios que supuestamente serviría, que naturalmente era el de los españoles.

Al igual que ocurre en la vida, basta ponerse a caminar para que surjan los problemas. Tan pronto empezada la expedición, las enfermedades, las pestes, los animales mortales, el hambre, y los indios peligrosos, comenzaron a diezmar el ejército. La situación se agravaba en la medida que se adentraban en territorios vírgenes e inciertos. Como la mayoría de los soldados no compartía la codicia, ni comprendía el punto de vista del jefe, decidieron escribirle al rey para que los rescatara de aquél líder temerario y demente que los conduciría a una muerte segura.

Enterado de la situación, el capitán interceptó las cartas, y en un gesto de poder y autoridad mandó a fusilar a los conspiradores. Sin embargo y como siempre pasa, una carta consiguió sortear el cerco y llegar a manos del rey, quien injustamente indignado, envió a un delegado para que abortara la misión y trajera de regreso a aquél capitán codicioso para ser juzgado.

El delegado del rey recién pudo alcanzar a la expedición en la isla de Pájaros -actual Ecuador-. Citó al capitán y le comunicó que la misión se había terminado, y que estaba bajo arresto para ser regresado a España en donde sería juzgado. El líder, poco preocupado por el representante real, convocó a toda la gente a la playa, y cuando no faltó nadie, desenfundó abruptamente la espada. Todos esperaban lo obvio: que degollara al delegado del rey como una nueva muestra de su determinación y poder.

Nada de eso ocurrió. Luego de unos instantes que parecieron una eternidad, el capitán trazó una raya perpendicular al océano Pacífico, separando el norte del sur. Después de una pausa, él mismo la cruzó para quedar del lado austral. En un ambiente  de tensión insostenible en donde el aire se cortaba con cuchillo, el capitán pronunció unas palabras que aún 500 años después retumban en la isla.

“-Esta es la tierra de los peligros, las hambres y la muerte. El norte en cambio, es la tierra de las seguridades. Por allá -señalando el norte-, se va a Panamá a ser pobres e ignotos, pero tener una vida larga y segura. Por donde yo estoy, se va al Perú a ser ricos, gloriosos e inmortales. Elijan Uds. de qué lado quieren estar.”

Cuenta la historia que trece personas cruzaron lentamente la raya y se pararon de su lado, el sur. El resto decidió volverse a centroamérica.

El capitán era Francisco Pizarro, y con ese puñado de hombres determinados conquistó el Perú y llegó a dominar tierras cuya superficie eran siete veces las del imperio Español.

Como tal vez fuera inevitable, años después murió apuñalado por sus más estrechos colaboradores.

Artículo de Juan Tonelli: Determinación

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Salto al agua
Sin Categoría, Vocación

Entrega

Durante un combate en la guerra de Vietnam, un soldado desapareció en el campo de batalla.
Su compañero y amigo decidió ir a buscarlo.
El general a cargo se opuso, ya que implicaba la misión implicaba correr grandes riesgos.

General: -“le prohibo que vaya que vaya a buscar a su compañero, ya que estará muerto o malherido. Y tengo la obligación de salvarlo a usted, para no perder otro soldado”.
Soldado: – “Comprendo perfectamente lo que dice mi General, y si bien no deseo desacatarlo, voy a ir a buscar a mi amigo”.
General: -“Para qué?; Vamos a perder dos hombres!”
Soldado: -“Siento que no está muerto, y confía en mí”. Dicho lo cual, salió a buscar a su amigo.

Casi un día después, el soldado regresó sólo, y herido de muerte. El General estaba irritado, aunque tampoco quería retar demasiado a un soldado agonizante. Así y todo, no pudo evitarlo y le dijo:

– “Vio; ahora perderemos dos hombres.”
El soldado le contestó: -“Usted tiene razón mi General; pero cuando encontré a mi compañero, él todavía estaba vivo y me dijo: “sabía que vendrías a buscarme”.

Una historia de Anthony de Mello

Artículo de Juan Tonelli: Entrega.

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Las vueltas de la vida
Aprendizaje, Sin Categoría

Las vueltas de la vida

Carlos formaba parte de la renovación del partido político más importante. Cuando fueron expulsados del gobierno por un régimen militar, no tuvo más remedio que abandonar la función pública. Pese a recibir múltiples amenazas, decidió quedarse en su país y dar clases de geopolítica para mantenerse.

Francisco era un poderoso empresario hecho de abajo. Ya había amasado una gran fortuna y si bien el crear y desarrollar empresas era su pasión, sentía una necesidad creciente por mejorar su status y cultura. Por ello, se anotó en un curso de estrategia  en las escasas horas que no le dedicaba a sus negocios.

Con el correr del tiempo -y pese a que en el instituto había profesores mucho más destacados que Carlos-, Francisco se fue apasionando con las clases de ese joven político. Hubo algunas semanas que el profesor faltó, y el alumno no le dio mayor trascendencia al tema; fue una lástima ya que el profesor había sido secuestrado y torturado por uno de los más duros miembros del ejército. Afortunadamente sobrevivió, y volvió a su actividad docente.

Pasó el tiempo y Carlos fue secuestrado nuevamente. Como no aparecía, y Francisco estaba aburrido de escuchar a sus reemplazantes, decidió preguntar por él. Grande fue su sorpresa cuando le dijeron que estaba desaparecido. Como hombre de poder que era, decidió mover sus influencias y a través de una de las máximas autoridades de la Iglesia, pudo saber que Carlos estaba vivo pero en muy malas condiciones. Luego de una gestión de máximo nivel entre un obispo y el mismísimo presidente del país, Carlos fue liberado. Además de salvarle la vida, Francisco lo tuvo que ir a buscar, ya que la mujer de Carlos como estaba aterrorizada, se había escapado del país con su hijita de dos años.

Después de unos meses de recuperación, Francisco le ofreció a Carlos trabajo en su empresa. Como sólo era un excusa para darle el dinero necesario para vivir, le encargó una licitación muy importante pero para la cual la empresa no estaba preparada. Después de varios meses de estudio, Carlos llegó a las instancias finales del proceso licitatorio. Por esos misterios propios de la vida, el responsable de la decisión era el mismo militar que lo había torturado.

Como su ex verdugo no hizo ninguna manifestación al respecto, Carlos decidió seguir adelante como si nada hubiera pasado. Sin embargo, estaba convencido que un empresario de la talla de Francisco no podía ignorar la situación. Conjeturaba la razón por la cual su jefe lo exponía de esta manera; ¿entregarlo? No hacía sentido; para eso no lo hubiera rescatado. ¿Formarlo, templando su espíritu al obligarlo a hacer una tarea tan difícil? Parecía demasiado. Si bien Carlos pasó infinidad de noches sin dormir pensando en los riesgos que corría, en las ganas de vengarse de su torturador, cavilando acerca de si el militar lo había reconocido o bien reflexionando sobre cuáles serían las razones de su superior para encomendarle esta misión, siguió trabajando como si nada.

Finalmente y gracias a su talento la empresa ganó la licitación. Sorprendido, Francisco lo mandó a llamar para felicitarlo y sincerarse, reconociéndole que nunca había imaginado que podrían ganar el concurso y que la empresa no estaba preparada para la tarea. Mientras imaginaba posibles soluciones para brindar el servicio comprometido, Carlos le preguntó por qué lo había mandado a negociar con su ex torturador. La sorpresa de su jefe fue inmesa, ya que nunca supo ni imaginó semejante situación. Mucho menos, que su empleado siguiera adelante, sin decir una palabra, y que ganara la licitación. Conmovido, lo felicitó nuevamente y le dijo que se había hecho acreedor de un premio económico y de unas buenas vacaciones.

Cuando Carlos regresó de las merecidas semanas de descanso, fue ascendido a gerente general del grupo.

El militar victimario conoció el infierno, pero esta vez como víctima: pocos años después del incidente, uno de sus hijos se patinó en la bañera y tuvo un golpe terrible en la cabeza; para tratar de impedir una probable muerte, su padre lo alzó en brazos, lo subió al auto e intentó salir a toda velocidad. En el apuro, le pidió a su otro hijo que le abriera el portón, con tan mala suerte que producto de la prisa lo atropelló. Ambos hijos murieron en el hospital horas después.

Artículo de Juan Tonelli: Las vueltas de la vida.

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Flores
Madurez, Sin Categoría

Nacer por tercera vez

Era un sábado 27 de Febrero y Raúl Bustos Ibánez abrió la ventana de su casa para ver el clima. Había un extraño silencio, y le llamó la atención no ver pájaros en los árboles. Como el cielo estaba muy nublado, decidió ponerse el piloto, ya que el astillero estaba a más de veinte cuadras.

Tan pronto cerró la ventana empezó a sentir vibraciones bajo sus pies. -“Otro temblor más”, pensó sin darle mayor importancia. Sin embargo, instantes después, el sismo de 8.8 en la escala Ritcher le demostraba que no era uno más, sino el más fuerte en la historia de Chile. Buscó al resto de integrantes de su familia y y los sacó rápido de la humilde casa, intentando ponerse a salvo de un posible derrumbe. En la calle no estarían mucho mejor: las grietas abrían la tierra y el piso parecía un flan. Decidieron correr hacia una zona más alta y esperar ahí. Fue una decisión con suerte, ya que el tsunami desatado por el terremoto arrasó con el pueblo.

Dos horas después, todo era caos y desolación. El agua todo lo cubría, y los autos, techos, cadáveres y pertenencias personales destrozadas, flotaban por igual. Tan pronto el mar volvió su lugar, Raúl decidió ir a ver cómo estaba su casa y su trabajo. Su vivienda, afortunadamente no estaba tan mal: sólo inundada. En cambio, el astillero en el que trabajaba desde los 15 años, simplemente no existía más. La ola de 25 metros de altura había sido implacable con las construcciones costeras.

Aturdido, decidió caminar hacia el comercio donde trabajaba por las tardes. Siempre había pensado que tener dos trabajos era un reaseguro y ahora se confirmaba su teoría. Mientras recorría las muchas cuadras que separaban el astillero de la ferretería, lo invadió una gran angustia. Por un lado, darse cuenta que en Talcahuano todo era escombros y destrucción. Por el otro, comenzar a asumir que no había chance que su segunda fuente de trabajo estuviera en pie.

Empezó a caminar más despacio como si al hacerlo, pudiera impedir lo inevitable. Para cuando estaba cerca de la ferretería, comprendió que era un desempleado absoluto. Dos trabajos no lo habían podido poner a salvo de un tsunami. Desolado, decidió ir a reencontrarse con su familia.

En los meses siguientes vivieron en las tiendas que el Gobierno había instalado en la plaza principal del pueblo. Y si bien todos los días les proveían buenos alimentos, Raúl se dio cuenta que no tendría más remedio que emigrar ya que pasaría mucho tiempo antes que Talcahuano pudiera ofrecer algún trabajo.

Conversó mucho con su mujer acerca de la conveniencia de emigrar sólo o con toda su familia. Como su casa había sobrevivido bien al terremoto y al tsunami, optaron porque su esposa se quedara con los chicos y evitaran posibles saqueos. Luego de pedir trabajo a primos y familiares que vivían en distintas localidades del país, Raúl partió para el norte, donde había una oportunidad laboral en una mina.

Su vida en Copiapó transcurría con tranquilidad. La paga no era buena, pero era mucho mejor que no poder trabajar, como ocurría en su Talcahuano natal. Por otra parte, su tarea como mecánico no era tan demandante como la de otros oficios mineros.

Los francos eran rotativos, y el jueves 5 de Agosto no le tocaba trabajar. Como le dolía la espalda, estaba tirado en su catre cuando un compañero vino a decirle que lo necesitaban en el trabajo ya que unas cañerías se habían roto. Haciendo un gran esfuerzo se puso de pie, se vistió, y fue para la mina. Luego, descendió a las profundidades de la tierra y se puso a reparar las averías.

Minutos después, otro temblor vibraba bajo sus pies, pero también sobre su cabeza. Pensó que esta vez estaría a salvo de las aguas.

Segundos después, el silencio era ensordecedor. No había tsunamis, pero tampoco luz. Todo era polvo, oscuridad y voces humanas que empezaban a multiplicarse. Pasarían 17 agónicos días para que él y sus 32 compañeros recibieran noticias de la superficie,  y tuvieran esperanzas de no morir sepultados en las entrañas de la tierra. Y setenta días para que Raúl Bustos Ibañez naciera por tercera vez, cuando lo rescataron a 662 metros de profundidad en la mina de San José.

Artículo de Juan Tonelli: Nacer por tercera vez.

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Obligada a seguir viviendo
Sin Categoría, Sufrimiento

Obligada a seguir viviendo

Estela había nacido en 1900 en un pueblito de Italia, y como tantos miles de compatriotas, emigró a la Argentina. Armó su vida en Buenos Aires, se casó y tuvo a Carlos y a José. Fue una vanguardista, ya que se separó allá por los años 40, cuando eso además de un gran dolor, era una herejía.

Sus dos hijos fueron muy prolíficos, dándole 11 nietos. Como madre fuerte que era, logró que todos vivieran con ella en su misma casa.

El día que nacía su décimo nieto, se enteró de algo terrible: una de sus nueras tenía cáncer. Si esa palabra produce escalofríos en la actualidad, 40 años atrás era la muerte misma. Estela, que ya entonces orillaba los 70 años y tenía una vida hecha, tuvo que revisar sus ganas de partir: tal vez, su hijo mayor y sus seis nietos la necesitarían.

Pese al muy mal pronóstico inicial, la mujer de Carlos fue peleándole cuerpo a cuerpo a la enfermedad, y los años fueron pasando. Seguramente sacaba fuerzas para no abandonar a sus seis hijos, algunos de los cuales todavía eran muy pequeños.

Cuando todo parecía haber encontrado un nuevo equilibrio, el cáncer mostró que no entendía de pactos, y la muerte de su nuera se hizo inminente. Fue ahí que Carlos tomó conciencia que quedaría viudo y con seis hijos. Pocos días después y en uno de esos increíbles giros de la vida, Carlos se anticipaba a su mujer y sorpresivamente moría de meningitis.

La situación no podía ser más dramática: 6 hijos que acababan de perder a su padre, y en cuestión de días terminarían de perder a su madre. Ya no hubo dudas para Estela; la vida la llamaba nuevamente al ruedo. Cuando días después su nuera terminó de morirse, ella ya estaba a cargo de toda esa familia. Con 75 años le tocaba ser madre de hijos niños, preadolescentes, adolescentes y jóvenes.

Todo fue muy duro al principio y también después. Ella, que antes que empezara el cáncer de su nuera ya se sentía amortizada y lista para partir, tuvo que reformular sus planes. En forma arbitraria y unilateral, la vida despreciaba los anhelos de los seres humanos y dictaba brutales realidades. Así y todo, Estela consiguió sacar esa familia adelante.

Veinte años después, la más chica de sus nietas huérfanas le confesó que a finales de año se casaría. Era de esperar; hacía varios años que estaba de novio con un buen muchacho. Luego de la boda, Estela experimentó una sensación de gran alivio. Seis meses después, con 96 años y la certeza de la misión cumplida, partió.

Artículo de Juan Tonelli: Obligada a seguir viviendo.

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Del dolor a la gloria
Analfabetismo emocional, Sin Categoría

Del dolor a la gloria

Hashim había nacido en 1916 en Peshawar, un pueblo de la India Británica. Su padre Abdullah, era mozo del club de los oficiales militares, y con frecuencia llevaba al pequeño Hashim para que lo acompañara en su trabajo. El niño tenía terminantemente prohibido practicar deporte alguno, ya que las instalaciones eran de uso exclusivo de los británicos.

Con el correr del tiempo, un deporte llamó la atención de Hashim: aquél que jugaban sólo dos personas, en un cuarto amplio en donde ambos corrían en forma frenética y con sus raquetas pegaban alternadamente la pelota contra un frontón. A fuerza de mirar durante horas los partidos de squash, los militares británicos le ofrecieron que fuera ball boy -el que va a buscar la pelota cuando se va afuera-. La tarea no era remunerada y ni siquiera lo habilitaba a jugar a ese deporte que tanto lo interesaba, pero el joven estaba contento de poder estar cerca de su pasión.

El tiempo fue pasando, y Hashim decidió probar cómo era jugar a ese deporte. Como no tenía zapatillas -mucho menos raquetas o pelotas, decidió hurgar en el tacho de basura para encontrar algunas rotas o abandonadas. Arregló lo mejor que pudo una raqueta partida, y pegó con adhesivo una pelota reventada. Descalzo pero orgulloso por su nuevo “equipamiento”, cruzó la puerta de la cancha y sintió una gran emoción. ¿Sería porque finalmente podría probar el juego? ¿O porque temía que algún inglés volviera a buscar algo olvidado, lo sorprendiera y echara de la cancha, y también echara a su padre del trabajo que permitía comer a toda su familia? Pese al miedo, golpeó la pelota con su raqueta por primera vez, y volvió a emocionarse al escuchar el característico chasquido que la bola hacía al aplastarse contra el frontón. Miró para las tribunas asegurándose que no hubiera ningún británico amenazante, y volvió a pegarle a la pelota un rato, hasta que la misma terminó de despedazarse.

Las días siguientes empezaron a tener una nueva rutina: acompañar a su padre al club, esperar pacientemente que los británicos terminaran de jugar y se retiraran, y cuando el club estuviera vacío, entrar a la cancha y pegarle a la pelota reparada hasta que fuera imposible seguir jugando o porque la raqueta se volvía a romper en forma definitiva, o porque el caucho de la bola se desgajaba sin remedio.

Así pasaron las semanas, los meses, los años. Un día, los oficiales británicos se dieron cuenta que Hashim jugaba mejor que nadie, y si bien no estaban dispuestos a reconocérselo, le concedieron el favor de practicar con ellos cuando a alguno le faltara acompañante. Por más trampa que le hicieran, él seguía sonriendo y ganándoles. Por más desprecio que le demostraran, él permanecía inmutable.

Wembley era el complejo polideportivo más importante de Londres, y la catedral del squash, ya que ahí se jugaba el British Open, torneo más importante del mundo. En la primavera de 1951, la realidad vengaba a la historia: un estadio repleto de británicos observaba por primera vez como un pakistaní se adueñaba de la final. Sería el primero de los siete British Open que Hashim Khan ganaría, y que los ingleses no tendrían más remedio que ver desde la tribuna.

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Exigencia, Sin Categoría

Serendipidad

Los investigadores estaban realizando pruebas con una nueva droga que parecía ser útil para tratar ciertas enfermedades cardiovasculares. Normalmente, el quince por ciento de los pacientes que se prestaban para la prueba, abandonaban la misma antes que ésta terminara. Sin embargo, un dato llamó mucho la atención a uno de los investigadores: si bien el porcentaje de deserciones dentro del grupo de las mujeres estaba dentro de lo esperable, en el grupo de los varones, ningún integrante había abandonado la investigación.

Decididos a encontrar cuál podía ser la razón de este comportamiento atípico, el equipo de científicos se dispuso a realizar exhaustivos  interrogatorios. Después de varios días sin descubrir pista alguna, un paciente comentó casi al pasar, que su vida sexual había mejorado sensiblemente desde que formaba parte de la prueba. Cuando  le preguntaron esto a los demás participantes en la investigación, la hipótesis se verificó: los hombres que estaban tomando esta droga cardiovascular, habían mejorado mucho sus erecciones y vida sexual. Esa era la razón por la cual las mujeres que formaban parte de la prueba tenían un nivel de abandono normal, en tanto ni un sólo hombre abandonaba el experimento, impulsados por una nueva y rutilante performance en sus vidas sexuales.

La empresa entonces decidió redireccionar la investigación, para ver si el nuevo desarrollo, más que curar las enfermedades cardiovasculares, servía para la impotencia. Los resultados fueron tan impresionantes, que el laboratorio se encontró frente a un producto muy eficaz, que podría revolucionar la vida sexual de los mayores. Sin embargo, el proceso azaroso recién comenzaba.

Atento a que esta patología era tan vergonzosa para el ego masculino, el laboratorio contrató a una destacada empresa de comunicación para que inventara un concepto que redefiniera la intolerable “impotencia” por una palabra más amigable. Después de muchos estudios y pruebas, se logró el cometido; el nuevo concepto destinado a reemplazar esa palabra innombrable para los hombres, sería “disfunción eréctil”. La previsiones del laboratorio estimaban que la prevalencia de la disfunción eréctil era en hombre mayores de 45 años, si bien a partir de los 65 la incidencia era realmente alta.

Los medios de comunicación dedicaron mucho espacio a este tema, ya que el sexo siempre es una temática taquillera. Tan pronto el producto llegó al mercado, empezó a ocurrir un segundo proceso azaroso: el enorme volúmen de ventas sobrepasaba con creces a todo el mercado potencial! Es decir que si todos los mayores de edad tomaban el producto cotidianamente, no alcanzaba para justificar la cantidad del medicamento que se estaba vendiendo.

Qué pasaba entonces? Que el medicamento se había convertido en un producto de performance, y millones de hombres de todas las edades lo estaban tomando con la pretensión de convertirse en grandes sementales. Ya no se trataba de hombres mayores de 65 años, sino que lo tomaban muchos jóvenes de 20 años que querían impresionar a su circunstancial compañera sexual.

Buscando un producto innovador para enfermedades del corazón, se encontró uno que producía erecciones. Buscando ofrecerlo a mayores de edad con disfunciones sexuales, se encontró que lo demandaban hombres sanos de todas las edades.

Artículo de Juan Tonelli: Serendipidad.

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