Obligada a seguir viviendo

Estela había nacido en 1900 en un pueblito de Italia, y como tantos miles de compatriotas, emigró a la Argentina. Armó su vida en Buenos Aires, se casó y tuvo a Carlos y a José. Fue una vanguardista, ya que se separó allá por los años 40, cuando eso además de un gran dolor, era una herejía.

Sus dos hijos fueron muy prolíficos, dándole 11 nietos. Como madre fuerte que era, logró que todos vivieran con ella en su misma casa.

El día que nacía su décimo nieto, se enteró de algo terrible: una de sus nueras tenía cáncer. Si esa palabra produce escalofríos en la actualidad, 40 años atrás era la muerte misma. Estela, que ya entonces orillaba los 70 años y tenía una vida hecha, tuvo que revisar sus ganas de partir: tal vez, su hijo mayor y sus seis nietos la necesitarían.

Pese al muy mal pronóstico inicial, la mujer de Carlos fue peleándole cuerpo a cuerpo a la enfermedad, y los años fueron pasando. Seguramente sacaba fuerzas para no abandonar a sus seis hijos, algunos de los cuales todavía eran muy pequeños.

Cuando todo parecía haber encontrado un nuevo equilibrio, el cáncer mostró que no entendía de pactos, y la muerte de su nuera se hizo inminente. Fue ahí que Carlos tomó conciencia que quedaría viudo y con seis hijos. Pocos días después y en uno de esos increíbles giros de la vida, Carlos se anticipaba a su mujer y sorpresivamente moría de meningitis.

La situación no podía ser más dramática: 6 hijos que acababan de perder a su padre, y en cuestión de días terminarían de perder a su madre. Ya no hubo dudas para Estela; la vida la llamaba nuevamente al ruedo. Cuando días después su nuera terminó de morirse, ella ya estaba a cargo de toda esa familia. Con 75 años le tocaba ser madre de hijos niños, preadolescentes, adolescentes y jóvenes.

Todo fue muy duro al principio y también después. Ella, que antes que empezara el cáncer de su nuera ya se sentía amortizada y lista para partir, tuvo que reformular sus planes. En forma arbitraria y unilateral, la vida despreciaba los anhelos de los seres humanos y dictaba brutales realidades. Así y todo, Estela consiguió sacar esa familia adelante.

Veinte años después, la más chica de sus nietas huérfanas le confesó que a finales de año se casaría. Era de esperar; hacía varios años que estaba de novio con un buen muchacho. Luego de la boda, Estela experimentó una sensación de gran alivio. Seis meses después, con 96 años y la certeza de la misión cumplida, partió.

Artículo de Juan Tonelli: Obligada a seguir viviendo.