25
Feb
2012
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Muerto en vida

El joven campeón observó detenidamente la enorme vitrina de trofeos obtenidos por su antecesor. Con sus 17 años, Hernán estrenaba el lugar de número uno. Representaba el presente y el futuro de aquél deporte. Por el contrario, las repisas repletas de infinitas copas daban fe del largo reinado de su antecesor, que durante 10 años había sido imbatible.

Aquél centro deportivo llevaba el nombre de la leyenda viviente y estaba lleno de evidencias de los mil combates atravesados. Fotos de partidos, otras con grandes jugadores internacionales, otras con glorias del deporte y personalidades del quehacer social y político, y los mil trofeos en la imponente vitrina.

Hernán sintió que Guillermo, su antecesor, lo había logrado. Diez años ininterrumpidos siendo el número uno del país. Cinco años siendo el mejor del continente. Mil batallas peleadas, con una mayoría abrumadora de victorias.

Eso es lo que él quería ser. Una suerte de veterano de guerra. Haber estado expuesto, y sobretodo, haber atravesado satisfactoriamente los mil combates. La paz del guerrero.

Pero como la vida misma es cambiante, contradictoria y ambigua, aquél sentimiento de sana envidia que experimentaba Hernán por la paz que transmitía la historia de Guillermo, mutó rápidamente en ansiedad e inquietud.

La contradicción era evidente; para sentir aquella paz, se requería ya haber transitado el camino. Estar fuera de juego.

Estaba bueno experimentar tranquilidad, alejado de presiones. Nada de riesgos, sólo una paz profunda aunque fuera de un color sepia. No habría excitantes podios triunfantes con la respiración todavía agitada del partido recién ganado. Ni de vestuarios tristes por las infrecuentes derrotas. Solo paz, y con el éxito ya asegurado. No habría cenas multitudinarias, llenas de amigos de ocasión que se sumaban a los festejos. Ni cenas solitarias y desoladoras, con el puñado de amigos reales que permanecen junto a uno en la derrota.

Pensó en cuál sería la mejor emoción que podría ofrecerle el deporte. La respuesta apareció al instante: ganar el campeonato mundial. Indagó qué sería lo más triste que podría vivir como jugador. Tampoco hubo que esperar demasiado para averiguarlo: perder la final del campeonato mundial. Extremando aún más las emociones, registró que la mayor emoción sería obtener el campeonato mundial de una forma agónica, después de un partido adverso, peleado y cambiante. Y como contrapartida, perder aquél juego sería lo más amargo que podría pasarle. El sólo imaginar esos momentos le dio una sensación de vértigo: la misma que percibe el equilibrista cuando la gloria y el abismo están separados por menos de un centímetro del ancho de la cuerda.

Fue más allá e intentó mirar aquellos hipotéticos escenarios con cierta distancia emocional. Pudo aceptar que perder la final del campeonato del mundo -aunque fuera una frustración enorme-, a la distancia terminaría siendo un hecho del cual enorgullecerse. Aunque mentes y corazones que sólo operan en forma binaria, al todo o nada, nunca aceptaran un segundo puesto. Y claro, era la diferencia entre ingresar en la historia o quedarse en el dintel. Entre existir o ser un NN más, del cementerio de los vulgares. Entre ser o no ser.

Hernán se acercó a la gigantesca vitrina para empezar a conocer a qué batallas correspondían aquellos trofeos. Muchos, demasiados campeonatos nacionales. Eso es lo que soñaba él. Haberlos ganado. Para que cada vez que llegara a un vestuario o a un club, todos lo reconocieran y respetaran. Para que su presencia desencadenara conmovedores silencios.

Su inquieto espíritu tuvo que asumir que no había forma de ganar el campeonato mundial sin exponerse a perder la final. No había manera. Si quería ganar todo, tenía que exponerse a perderlo todo. Ese sentimiento, lo angustió. El no quería arriesgarse a perderlo todo.

Peor aún, cayó en la cuenta que la carrera de Guillermo estaba terminada. Aún cuando fuera muy placentero haber logrado tanto, todo eso ya era pasado. Si bien resultaba obvio, registró que la tensión por la incertidumbre era inherente a la vida. Y que el pretender eliminarla solo conducía a la muerte, o a retirarse del juego, términos que en algún sentido eran intercambiables.

No pudo evitar hacer la analogía con la existencia humana. Pretender ponerse a salvo implicaba jubilarse, salirse de la vida. Ahí no había grandes riesgos. Pero tampoco quedaba mucho por jugar. Y mucho menos, por ganar o perder.

Como nunca, se dio cuenta que aquella tensión y contradicción, era la vida misma. El ganar o el perder eran compañeros inseparables, como dos hermanos siameses. En donde a veces, el destino desempataba arbitrariamente entre dos alternativas antagónicas, separadas apenas por un milímetro. Sintió la fragilidad de todo.

Pensó su futuro y experimentó cierta pereza. Saber que si deseaba esa vitrina llena de trofeos, tendría que correr mucho, esforzarse mucho, angustiarse mucho, y que en el mejor de los casos,  después de todo eso llegaría a ese puerto. Pero también saber que aunque hiciera todo aquello, podría no llegar nunca.

Se enojó con Ulises, asumiendo que era fácil relativizar el valor de Ítaca cuando ya se había llegado a ella. Aunque tuvo que admitir que quienes que durante miles de años enseñaron que lo importante era el viaje y no el destino, tenían razón.

Pero Hernán estaba obsesionado con el destino, y el viaje era solo una secuencia de obstáculos que amenazaban impedir su arribo a buen puerto. Ponían en riesgo su propia identidad, ya que él estaba convencido que sólo sería alguien al llegar a destino, al tener la vitrina llena. Nunca durante el camino.

¿La identidad sería algo a construir? ¿O algo que se revelaría recién en el otoño de la vida? No podía ser. De hecho, él ya era el campeón nacional, y eso algo valía. Por más que sintiera que tenía que sostenerlo, y que en el momento que perdiera su liderazgo, su identidad se disolvería.

Con semejante fobia, como para no desear llegar a buen puerto, aunque implicara retirarse del juego. En el fondo, era preferible haber logrado ser alguien, que seguir vivo a riesgo de no lograrlo.

Se dio cuenta que estos sentimientos eran profundos e invalidantes. Que no se podía vivir la vida con tanta carga. Que si bien el ganar y el perder eran caras de una misma moneda, vivir no era estar permanentemente expuesto al abismo. Que tenía que haber otra manera. Y que cada uno tenía una identidad, aunque fuera incapaz de reconocerla.

Pensó que tal vez, como en el juego, sólo se tratara de jugar, pese a que los hombres insistieran en complicar las cosas.

Artículo de Juan Tonelli: Muerto en vida.

4 Respuestas

  1. María Verdera

    Tu narrativa es preciosa. Son vivencias que nos hacen ver la vida desde diferentes puntos de vista y comprender, que todo pensamiento es válido.

  2. Muchas gracias María! El espíritu de mis escritos es tal cual lo decís: mostrar que la vida desborda, que no entra en una caja…ni en nuestras ideas. Abrazo enorme y gracias!

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