los postoperatorios del alma pueden durar mucho mas que los del cuerpo

A los 10 años, un mal diagnóstico médico terminó en la amputación de la mano derecha de Diego, que tal vez se podría haber evitado. Antes de la operacion y ya intuyéndolo, el pequeño le preguntó a su padre si iba a perder la mano. Su papá lo abrazó fuerte, negó todo, y le dijo que se quedara tranquilo. Minutos después y tan pronto lo vio perderse en el pasillo que conducía al quirófano, el padre se puso a llorar desconsoladamente. Se sintió como Judas después de traicionar a Jesús, y se maldijo por no tener la fortaleza para decirle la verdad a su hijito.

Cuando Diego volvió de la anestesia, supo todo sin necesidad que nadie se lo contara. Tal vez por eso pasaron varios días hasta que pudo mirar el lado afectado. Obviamente, nunca volvió a hablar del tema con su padre.

La vida siguió su curso y poco tiempo después, Diego comenzó a utilizar una prótesis. Todo parecía normal y pasaron muchos años hasta que el joven se “enteró” que no tenía mano. No fue cuando tuvo que aprender a manejar en un auto automático; ni cuando tenía que elegir relojes con mallas elásticas para poder ponérselos sólo, o aprender a cortar las milanesas sin pincharlas con un tenedor que nunca podría agarrar simultaneamente al cuchillo. Fue en una fiesta en la que todo iba bárbaro con una chica, hasta que ella se dio cuenta que él tenía una prótesis que escondía su condición de manco. Aunque involuntario, el sobresalto de la joven fue tan grande, que para Diego fue como si en ese momento se enterara que no tenía mano. De ahí en mas, decidió no utilizar nunca más una prótesis. -“Que me conozcan y quieran como soy, o nada”, pensó para sus adentros.

Fue una sabia decisión. Vivir para el afuera nunca resulta. Nada de simulaciones ni coreografías. ¿Para qué tanto desgaste ? Como en todos los órdenes de la vida, la verdad siempre termina emergiendo. Y sino, el castigo es aún peor ya que el esfuerzo por simular es altísimo, y en el colmo de la paradoja, uno queda aislado con su mentira, imposibilitado de abrirse del todo. Pero como la mente tiene sus laberintos, la drástica decisión de ser auténtico y no usar prótesis se mostraría insuficiente con el paso del tiempo.

En la universidad se enamoró de una compañera amorosa. Ella, superó la prueba de la mano amputada sin mayores problemas. Él era tan inteligente, tan buen compañero, tan líder del grupo, que poco le importó. A Diego en cambio, no le resultó tan fácil, ya que sus peores fantasmas asociados a su característica, siempre volvían. Sin embargo, el tiempo fue pasando y las cosas aclarándose. Parte de la claridad surgió bajo la prueba extrema que la pareja tuvo que atravesar: la brutal oposición de la familia de ella a que se pusiera de novio con un chico al que le faltaba una mano.

Después de tensiones crecientes y ante la negativa de abandonar a su novio, ella fue obligada a dejar la casa de sus padres. En el mismo momento en que se iba, la madre le prohibió llevarse toda aquella ropa que hubiese sido comprada por ellos, sus padres. La joven accedió por una cuestión de dignidad, mientras terminaba de anoticiarse de la clase de padres que tenía. Con su pequeño bolsito y ya fuera de la casa, llamó a Diego para ver qué hacer.

Como en aquellos tiempos no se podía ir a vivir juntos sin estar casado -y también para intentar preservar la relación con esa madre que fácilmente diría que encima de todo su hija era una puta-, decidieron ir a una residencia estudiantil en donde ella pudiera pasar la noche. Lamentablemente no había lugar, pero la monja que los recibió intuyo algo raro e indagó un poco en la situación. Luego de escuchar el relato y para corroborar que la inverosímil historia era cierta, la religiosa decidió llamar a la casa de los padres de la chica. La conversación telefónica fue breve y la monja simplemente escuchó. Antes de cortar, pronunció una frase que aún hoy está grabada a fuego en el corazon de Diego: -“No se preocupe señora, que este joven con la única mano que tiene, le va a cerrar los ojos el día que usted se muera y no tenga nadie que lo quiera hacer”. Luego, mirando con ternura a la novia, le dijo: -“Esta es tu casa, hijita”.

Pasaron varias décadas hasta que Diego llegó a la conclusión que la amputación había generado algunos mecanismos adaptativos que eran muy malos para su vida. Uno de ellos era haberse convertido en alguien extremadamente dulce y componedor. La razón no era otra que su terror a la violencia, ya que en última instancia siempre podría devenir en violencia física y él, sin su mano derecha, no estaría en buenas condiciones para pelear y defenderse.

El otro mecanismo adaptativo era aún mas sutil y limitante: Diego había desarrollado un conservadurismo extremo. Como lo compensaba con su enorme capacidad y determinación, tardó mucho tiempo en darse cuenta que esa característica no era más que otro mecanismo adaptativo a su amputación, ya que en el fondo, él ya había perdido su mano derecha, y no quería perder nada más. Pero ahora se estaba dando cuenta que la única forma de no exponerse a las pérdidas, era retirándose del juego. Y aún así se perdía igual, porque se iba pasando la vida.

A pesar de lo duras que suelen ser todas las vidas humanas, la de Diego ha estado buena. Tiene hijos grandes que son buenas personas, y una compañera de lujo; la de siempre. Sin embargo, enfrenta uno de los desafíos mas grandes de su vida: arriesgarse a salir de la fortaleza inexpugnable en la que vivió medio siglo, para no perder mas nada (que su mano). Sabe que se va acercando a las pérdidas más importantes de la existencia humana y que no va a poder eludirlas. Pero siente que necesita jugar y que puede ganar ciertos partidos.  La vida le quemó las naves y se dispone a dar el combate más decisivo: dejar de pelear por la seguridad, para poder pelear por su libertad.

Artículo de Juan Tonelli: Los postoperatorios del alma pueden durar mucho mas que los del cuerpo.