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Fachada

cambio, contradiccion, disociacion, Fachada, negación

Cuando es el momento de soltar lo que se fue?

Buscando no sé qué cosa en el sótano de la casa de mis padres me encontré con la Head Vilas. Ver esa raqueta me produjo un sacudón, como cuando te cruzás una ex con la que pese al tiempo, no quedó todo resuelto.

Abrí su funda negra y la saqué para mirarla con detenimiento. Observé el taco, que decía “Made in Austria”, que era en sí mismo un símbolo de estatus. En aquellos tiempos, las Head se hacían en USA, desafiando la hegemonía británica en fabricación de raquetas. Como casi todos los deportes, el hecho de haber sido inventado en Inglaterra le concedía ciertas ventajas, entre ellas, fabricar las raquetas más prestigiosas.

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Tratar de ser lo que uno no es, nunca resulta
Fachada, Sin Categoría

Tratar de ser lo que uno no es, nunca resulta

Gareth entró en el vestuario junto a sus compañeros, y se sentó en uno de los bancos alejado del resto del equipo . A diferencia de los demás jugadores que estaban exultantes por haber empatado con los All Blacks, él se sentía destruído. Como capitán de la selección de Gales, había resistido los durísimos embates del equipo de rugby más poderoso del mundo. Pero esta vez no era el cuerpo el que le dolía, sino el alma, que hacía demasiado tiempo que tenía partida en dos.

Intuyendo que ocurría algo grave, el entrenador se acercó a preguntarle qué le pasaba. Entre sollozos, Gareth le contó que se había separado de su mujer. Sin embargo, ese no sería el problema de fondo.

Llorando, el capitán recordó los tres embarazos que había perdido su mujer. La ilusión y la desilusión. El miedo a no poder tener hijos. El miedo a tenerlos. La angustia de saber si podría ser un buen padre y sostener una familia.

Se preguntó para qué se había agarrado a trompadas tantas veces, en los partidos y en los pubs. ¿Para qué? ¿Por qué había enfrentado y golpeado con dureza a tantos hoombres? Esas peleas, que para sus amigos y el resto del equipo eran el sello de su carácter y fuego sagrado, Gareth las vivía como el símbolo máximo de la contradicción y aislamiento. Los demás podían no saber que él estaba sobreactuando dureza, testosterona, violencia. Pero él lo sabía. Y se sentía más solo aún.

Pensó en la cantidad de veces en que estuvo a punto de gritarlo al mundo, pero no se animó, convencido que sería el fin de su impresionante carrera en ese deporte que tanto amaba. ¿Sería posible que simplemente ser quien era, estuviera en total contradicción con hacer lo que tanto amaba?

Por otra parte, durante la mitad de su vida había tratado de negar lo que le pasaba. Muchísimas noches se había ido a dormir deseando despertarse sin este problema. Infinidad de veces le había pedido ayuda a Dios para que lo sacara de este lugar. Pero Dios no había hecho nada.

Había conseguido aislar el conflicto, y dejarlo encapsulado y herrumbado en una esquina de su cabeza. Pero la cápsula no desaparecía, y finalmente se hacía presente y omnipresente.

Recordó cuando en plena adolescencia, se le empezó a manifestar la situación. Su reacción natural fue pensar que eso simplemente no podía ser. Eran solo malos pensamientos, y con un poco de voluntad y disciplina serían dejados atrás. Dieciocho años después, no sólo no los había dejado atrás, sino que estaban más presentes que nunca.

Se dio cuenta que una cosa era conocer algo, y otra muy distinta, aceptarlo. Había pasado la mitad de su vida escindido, con ambas partes de su ser peleando a muerte por reducir a la otra. Analizando en profundidad, registró que en realidad su ser no estaba escindido. Estaba enfrentado con su deber ser, que era radicalmente antagónico.

Sintió que no podía más. Para bien o para mal, su ser se había impuesto. No había podido reducirlo, y sus enormes esfuerzos durante tanto tiempo habían sido en vano. La estrategia de intentar ser alguien distinto de lo que era había resultado un fracaso total. Era hora de integrar.

Le confesó a su entrenador que se había separado de su mujer porque era homosexual. Pese a estar conmovido, el entrenador mostró templanza y le dijo a Gareth que era un tema que no podía sobrellevar solo. Que necesitaba apoyo de sus compañeros.

El capitán sintió angustia por el hecho de que se enteraran, pero también alivio. No más mentiras que sostener. Basta de simular affaires con mujeres y de sobreactuadas peleas callejeras para ver quién era el más macho.

Mientras su entrenador seleccionaba a los compañeros adecuados para compartirles la situación, Gareth se fue al bar a esperar. Toda su vida pasaba en imágenes raudas. Se preguntó para qué había peleado tanto tiempo en contra de su ser. Cómo había podido creer que sería capaz de cambiarse a sí mismo y negar quien era.

Ante tanta liberación interior, le dieron ganas de aconsejar a otras personas acerca de la necesidad de aceptar quiénes eran, qué sentían, y de abandonar los esfuerzos por tratar de ser lo que no eran. Se preguntó cuántos matrimonios seguirían juntos simplemente por miedo o conveniencia. Cuántas personas harían un trabajo que no les gustaba por no hacerse cargo de su vocación. O tantas otras que seguirían adelante con relaciones, sociedades, vínculos o actividades que les hacían mucho mal. Las palabras miedo y conveniencia retumbaban en su alma.

Cuatro de sus compañeros entraron sonrientes al bar junto al entrenador. Gareth estaba paralizado. Su mejor amigo se acercó, le palmeó la espalda, y le dijo: “por qué tardaste tanto en contarnos”?

Gareth, liberado, sólo sonrió. Y en su interior, se hizo la misma pregunta.

Artículo de Juan Tonelli: Tratar de ser lo que uno no es, nunca resulta.

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El que se para en puntas de pie, no aguanta demasiad
Fachada, Sin Categoría

El que se para en puntas de pie, no aguanta demasiado

Tulio se había comprado su Ferrari 355. Estaba feliz. La compra había sido una oportunidad, ya que la había pagado muy barata.

Desde que tenía esa máquina, varias noches por semana se mostraba por la zona de los boliches y los bares. Nunca había tenido tanto éxito con las mujeres.

También con sus amigos el vuelco había sido impresionante. De ser uno más, pasó a ser el exitoso, el genio, la persona de la que todos querían ser amigos. De repente, todos habían descubierto su talento y su liderazgo. Lo que no había pasado en los 12 años de colegio y en los 6 de la facultad, ocurría ahora. -“Al fin se dan cuenta de lo que valgo”, pensaba.

Sin embargo, como usualmente ocurre en la vida, todo tiene su contrapartida. Algunos de sus amigos, presionaban mucho para manejar el auto. Tulio les explicaba que no iban a poder pagar la reparación si algo le pasaba a su F355, y cerraba la discusión. Otros, exigían que acelerara de 0 a 100 km/h en 4 segundos, y él alegaba que para eso faltaba tiempo, porque manejar a altas velocidades era mucho más complejo que pisar el acelerador.

También la relación con las mujeres fue cambiando, y en particular cuando se enamoró de Teresa. En la medida que el romance se fue consolidando, cada vez le costó más resistir la presión de su novia para que fuera menos tacaño. Ella no comprendía como alguien dueño de una Ferrari podía ser tan miserable con el dinero. Tulio, sin embargo, le explicaba que él tenía dinero porque lo cuidaba. Sin embargo, el hecho de ser cuidadoso no le alcanzaba a Teresa para comprender porqué él no la llevaba nunca a su departamento, y ni siquiera pensaba en comprar o alquilar algo donde pudieran vivir juntos.

El oficial de policía que le solicitó a Tulio que frenara y descendiera del auto, tuvo la íntima convicción de que esta pista lo llevaría directamente con los delincuentes. No se equivocaba: era uno de los Ferraris falsos que se fabricaban en Sicilia y se vendían por 20.000 euros.

Mientras lo llevaba detenido, el policía se preguntó cuál sería el sentido de gastar 20.000 euros en un auto falso. -“Por qué no se habrá comprado un Alfa Romeo original -que es un autazo-, en vez de malgastar el poco dinero que tiene en algo falso que encima es muy costoso?” La única respuesta que encontró fue la vanidad humana.

Mientras esperaba el interrogatorio en su celda, Tulio estaba tranquilo. Sabía que no estaría mucho tiempo detenido, ya que la estupidez humana no era un delito. Los investigadores buscaban a la banda de falsificadores, y no a los que compraban Ferraris falsos sabiendo que lo eran. Su serena alegría se debía a que ya no tendría que pelearse con Teresa para negarle un regalo costoso, o una vivienda conjunta. Tampoco necesitaría mentirles a sus amigos, para ocultar el motor de Fiat Palio que tenía esa Ferrari.

Tomó conciencia que él no era el único mentiroso. Ahora que estaba claro que no era rico, muchas cosas cambiarían: probablemente Teresa dejara de considerarlo el amor de su vida, en tanto que sus amigos lo volverían al pelotón de los normales, lejos del reinado con que lo habían ungido al aparecer con una Ferrari.

Se sintió liberado; no tendría nada que sostener. Lo poco o mucho que pudiera construir a partir de ahora, sería sobre bases sólidas y reales.

Pensando que 20.000 euros y una noche en la cárcel no eran un precio tan alto para semejante lección, se durmió.

Artículo de Juan Tonelli: El que se para en puntas de pie, no aguanta demasiado.

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Juan Tonelli Imagen
Aprendizaje, Fachada, Sin Categoría

Comprender no es importante

María asistía a un colegio de elite, que tenía un  excelente nivel de inglés. Un cuerpo de profesores con una pronunciación perfecta. Con acento británico, de Oxford. Mejor aún, digno de William Shakespeare. La carga horaria era muy exigente; cuatro días semanales de dos horas cada uno, durante diez años.

El gran problema era el sistema pedagógico; en una síntesis de esos tiempos, los esfuerzos estaban dirigidos a tener una pronunciación perfecta. Británica victoriana, inexistente en el mismísimo Reino Unido. El resto de temas que hacían a un idioma, no importaban demasiado. Por ejemplo, comprender.

Las clases transcurrían con una desproporcionada preocupación por la pronunciación. Fonética, fonética, fonética. Infinitas correcciones hasta lograr un acento perfecto. Debían hablar un inglés bien pronunciado.

¿Y si pretendían entender lo que un ocasional interlocutor quisiera contar? Eso parecía no ser muy relevante. Sólo había que pronunciar correctamente para no ser un paria, un indigno.

Cuando se presentaba la situación de tener que hablar con alguien angloparlante, la situación de María no podía ser mas desesperante; todas las energías puestas en pronunciar correctamente, dejando muy poca concentración disponible para tratar de comprender a la persona que le hablaba. Para peor, la inseguridad la llevaba a hablar mas rápido, con el propósito de simular un mejor inglés y no pudieran percibir que no hablaba tan bien.

El problema -ya grande de por si-, crecía aún mas. La excelente pronunciación hacia que el eventual interlocutor diera por sentado que ella manejaba muy bien el idioma, y por ende hablara muy rápido, sin ningún esfuerzo por hacerse entender. ¿Qué sentido tendría?

Para completar el círculo del absurdo, pese a que no comprendiera, María no podía preguntar; no fuera cosa que se dieran cuenta que su inglés no era tan bueno y por eso corriera el riesgo de ser rechazada. O sea que ni entendía ni tenía margen para buscar la forma de hacerlo.

Después de todo, comprender no era tan importante. Mejor pronunciar bien y simular que hablaba el idioma perfectamente.

Artículo de Juan Tonelli: Comprender no es importante.

En vez de ir al fondo; ¿por qué a veces te escondés en la forma?

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