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Disfruta hoy, es más tarde de lo que crees

A las 2.45 de la mañana del 6 de Agosto de 1945, tres B-29 despegaron de Tinian, una remota isla del pacífico.  El objetivo militar  se encontraba a seis horas de vuelo.

Se trataba de una entre tres ciudades posibles, todas con poblaciones cercanas a los 100.000 habitantes.

El objetivo militar dependería del clima: aquella ciudad que se encontrara sin nubosidad alguna, sería la elegida. El avión meteorológico se aproximó a la primera, y encontró condiciones óptimas.

A las 8.15 el avión Enola Gay dejó caer a Little Boy, la primer bomba atómica. Hiroshima fue incendiada y 120.000 personas murieron en el acto.

En las cavilaciones infinitas del eterno vuelo de regreso, el piloto Paul Tibbets tomó conciencia que si Hiroshima hubiera tenido nubes, la bomba no se habría lanzado. Para tirarla tendrían que haber volado hasta Kokura . Y si en ese objetivo militar también hubiera habido nubes, volar hasta Nagasaki.

Se preguntó cómo era posible que la existencia o no de nubes, determinara la vida o la muerte de 120.000 personas. Pensó en todas las parejas de enamorados, niños, ancianos, adultos preocupados y otros felices que habría en cada una de esas ciudades. Todos tendrían sus vidas, con sus sueños, sus frustraciones, sus anhelos. ¿Cómo era posible que las circunstanciales nubes determinaran dónde tirar la bomba, y por ende, quiénes vivirían y quiénes morirían? ¿Tan frágil y aleatoria era la existencia humana?

Artículo de Juan Tonelli: Disfruta hoy, es más tarde de lo que crees.

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No sos el único al que le pasa
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No sos el único al que le pasa

Jonathan amaba el rock. Le encantaba componer aunque sentía que no tenía ningún talento para ello. Había escrito cientos de canciones y melodías, pero no había caso. Cansado y frustrado de no poder avanzar, empezó a buscar trabajo. Como escribía bien, le surgió una oportunidad en una revista de rock, la Rolling Stone. Aún sabiendo que no era un camino para convertirse en músico, ese empleo le permitiría estar cerca de su pasión, y en algún sentido, sublimarla.

El tiempo fue pasando y Jonathan, pese a sentir que no hacía nada por encauzar su vocación de compositor, estaba contento con lo que hacía. Prefería no hurgar mucho en su interior, para no toparse con la enorme frustración de sentir que era incapaz de componer algo bueno.

El viernes 5 de diciembre de 1980, su jefe lo mandó a realizar una entrevista a un músico que vivía el Upper West Side en New York. La entrevista duró varias horas, en las que Jonathan pudo indagar en profundidad todos los temas del entrevistado.

Como el músico había estado muchos años sin componer nada, Jonathan le preguntó si las canciones de éste último disco le habían resultado fáciles de hacer.

-“No creas; de hecho tardaron cinco años en salir. ¡Cinco años de constipación, y tres semanas de diarrea!”, fue la síntesis del músico en relación al largo y difícil proceso creativo que había tenido que atravesar para parir su nuevo disco.

Jonathan le preguntó cómo habían sido los años en que componía con mucha facilidad. La sincera respuesta de John -el entrevistado-, lo dejó paralizado: -“Me la paso quejándome de lo difícil que es componer o de cuánto sufro cuando escribo, al punto de que cada canción que compuse fue una tortura”.

-¿ Pero, la mayoría fue una tortura? repreguntó Jonathan sin poder dar crédito a lo que escuchaba.

-“Totalmente. Siempre pienso que no me va a salir nada, que es una mierda, que es pésimo, que no funciona, que es una cagada; incluso cuando sale, pienso: ¿Y esta porquería qué es, igual?”, fue la lapidaria respuesta del músico.

A esta altura del reportaje, Jonathan se sentía como aliviado. Así y todo, temiendo que fuera una falsa modestia de su entrevistado, decidió provocar al músico recordándole que tenía una extensa y fecunda carrera, con muchísimos discos realizados, e infinidad de canciones exitosas.

John se mantuvo inconmovible, con la serena firmeza que genera la verdad. -“Salvo esas diez canciones, más o menos, que los dioses te otorgan y que salen de la nada, el resto fue una tortura…”

Casi desconcertado, Jonathan recordó aquella historia zen en la que un rey encargaba un cuadro a un pintor, pagándoselo por adelantado. Luego de un año y como el cuadro nunca aparecía, el rey envió un emisario a reclamarlo. El pintor se puso a pintar el cuadro en ese mismo momento. Cuando después de unos minutos lo terminó y entregó, el delegado del rey protestó diciendo: -“su majestad le pagó una fortuna hace un año, y usted se digna a pintarlo en instantes?” El pintor le respondió: -“es cierto, pero me pasé diez años pensándolo…”

Terminada la entrevista, cuando Jonathan dejó el edificio Dakota, estaba entre aturdido y liberado. Se sentía menos solo, ya que él no era la única persona que tenía problemas para componer. Reflexionó que si semejante músico tenía tamaños problemas para escribir, él debía retomar su vocación pero sabiendo que la tarea era muy difícil e incierta, y que por ende tendría que aprender a convivir con grandes niveles de frustración.

Se preguntó si acaso él no tendría igual o más talento que su entrevistado, sólo que nunca llegaba a expresarlo, porque su intolerancia a la adversidad lo hacía abandonar el camino prematuramente.

En el torbellino de cuestionamientos que pasaban por su cabeza, pensó que tal vez, el gran talento de ese músico no era lo que expresaba en sus letras y canciones, sino poder persistir y no frustrarse ante la gran adversidad e incertidumbre del proceso creativo.

En un abismo de preguntas sin respuestas, se sinceró asumiendo que si bien los procesos artísticos son particularmente inciertos, misteriosos y frustrantes, la vida también lo es. Y en la necesidad de poder seguir adelante pese a la adversidad, pese a la negatividad, pese a la incertidumbre.

Se sintió diminuto, al lado del gigante que acababa de entrevistar. Comprendió que la diferencia era esa: poder seguir adelante. Se preguntó si esa estrella de rock no era en realidad un dios.

Jonathan nunca imaginaría que sólo cinco días después, el 10 de diciembre de 1980, su entrevistado John Lennon sería asesinado por un fanático, y que aquella entrevista sería la póstuma, publicada por Rolling Stone 30 años después.

Artículo de Juan Tonelli: No sos el único al que le pasa.

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Los premios consuelo no consuelan
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Los premios consuelo no consuelan

Erik se había enamorado perdidamente de Claudia Schiffer. La consideraba una diosa a la que había que venerar. Soñaba su vida al lado de ella. La imaginaba compartiéndolo todo: trabajo, casa, proyectos, viajes, hijos. Era su amor.

Claro que el sueño era rápidamente destrozado por la cruel realidad: Claudia era la modelo mas importante del mundo y su belleza, fama y riqueza hacían imposible que se pudiera fijar en él.

Erik pasó largo tiempo intentando buscar la estrategia para aproximarse a Claudia; estaba convencido de que si lograba conversar con ella 5 minutos, podría desplegar toda su capacidad de seducción y ella terminaría enamorándose de él.

Pero por mas que le buscaba la vuelta, no se la encontraba. Un día, resignado frente a la realidad implacable, se le ocurrió una alternativa: invitar a salir a la hermana menor de Claudia, Ann Caroline. No era lo mismo pero era divina.

Así pudo seguir adelante, superar sus inhibiciones y luego de rastrearla un tiempo, localizarla. Estudió todos los movimientos de ella hasta que un día la esperó en un café y cuando Ann Caroline apareció, a Erik le bastaron escasos minutos para convencerla de que saliera a cenar con él aquella noche.

La cena estuvo muy buena aunque Erik no pudo evitar sentir melancolía. La idea de salir con la hermana -en vez de seguir su deseo-, era una especie de premio consuelo, y ponía brutalmente en evidencia su falta de coraje.

Después de cenar la llevó de regreso a su casa, ignorando que Claudia también vivía en el mismo edificio, unos cuantos pisos más arriba. Mucho menos podría imaginarse que en el mismo momento en que se despedía de Ann Caroline, Claudia estaría ingresando al edificio, sola.

-De donde venís?, preguntó Ann Caroline.

Mientras observaba al apuesto acompañante de su hermana con sumo interés, Claudia contestó: -“volviendo de cenar afuera, porque como estaba sola y aburrida en casa, decidí salir un rato”.

Artículo de Juan Tonelli: Los premios consuelo no consuelan.

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los postoperatorios del alma pueden durar mucho mas que los del cuerpo
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Los postoperatorios del alma pueden durar mucho mas que los del cuerpo

A los 10 años, un mal diagnóstico médico terminó en la amputación de la mano derecha de Diego, que tal vez se podría haber evitado. Antes de la operacion y ya intuyéndolo, el pequeño le preguntó a su padre si iba a perder la mano. Su papá lo abrazó fuerte, negó todo, y le dijo que se quedara tranquilo. Minutos después y tan pronto lo vio perderse en el pasillo que conducía al quirófano, el padre se puso a llorar desconsoladamente. Se sintió como Judas después de traicionar a Jesús, y se maldijo por no tener la fortaleza para decirle la verdad a su hijito.

Cuando Diego volvió de la anestesia, supo todo sin necesidad que nadie se lo contara. Tal vez por eso pasaron varios días hasta que pudo mirar el lado afectado. Obviamente, nunca volvió a hablar del tema con su padre.

La vida siguió su curso y poco tiempo después, Diego comenzó a utilizar una prótesis. Todo parecía normal y pasaron muchos años hasta que el joven se “enteró” que no tenía mano. No fue cuando tuvo que aprender a manejar en un auto automático; ni cuando tenía que elegir relojes con mallas elásticas para poder ponérselos sólo, o aprender a cortar las milanesas sin pincharlas con un tenedor que nunca podría agarrar simultaneamente al cuchillo. Fue en una fiesta en la que todo iba bárbaro con una chica, hasta que ella se dio cuenta que él tenía una prótesis que escondía su condición de manco. Aunque involuntario, el sobresalto de la joven fue tan grande, que para Diego fue como si en ese momento se enterara que no tenía mano. De ahí en mas, decidió no utilizar nunca más una prótesis. -“Que me conozcan y quieran como soy, o nada”, pensó para sus adentros.

Fue una sabia decisión. Vivir para el afuera nunca resulta. Nada de simulaciones ni coreografías. ¿Para qué tanto desgaste ? Como en todos los órdenes de la vida, la verdad siempre termina emergiendo. Y sino, el castigo es aún peor ya que el esfuerzo por simular es altísimo, y en el colmo de la paradoja, uno queda aislado con su mentira, imposibilitado de abrirse del todo. Pero como la mente tiene sus laberintos, la drástica decisión de ser auténtico y no usar prótesis se mostraría insuficiente con el paso del tiempo.

En la universidad se enamoró de una compañera amorosa. Ella, superó la prueba de la mano amputada sin mayores problemas. Él era tan inteligente, tan buen compañero, tan líder del grupo, que poco le importó. A Diego en cambio, no le resultó tan fácil, ya que sus peores fantasmas asociados a su característica, siempre volvían. Sin embargo, el tiempo fue pasando y las cosas aclarándose. Parte de la claridad surgió bajo la prueba extrema que la pareja tuvo que atravesar: la brutal oposición de la familia de ella a que se pusiera de novio con un chico al que le faltaba una mano.

Después de tensiones crecientes y ante la negativa de abandonar a su novio, ella fue obligada a dejar la casa de sus padres. En el mismo momento en que se iba, la madre le prohibió llevarse toda aquella ropa que hubiese sido comprada por ellos, sus padres. La joven accedió por una cuestión de dignidad, mientras terminaba de anoticiarse de la clase de padres que tenía. Con su pequeño bolsito y ya fuera de la casa, llamó a Diego para ver qué hacer.

Como en aquellos tiempos no se podía ir a vivir juntos sin estar casado -y también para intentar preservar la relación con esa madre que fácilmente diría que encima de todo su hija era una puta-, decidieron ir a una residencia estudiantil en donde ella pudiera pasar la noche. Lamentablemente no había lugar, pero la monja que los recibió intuyo algo raro e indagó un poco en la situación. Luego de escuchar el relato y para corroborar que la inverosímil historia era cierta, la religiosa decidió llamar a la casa de los padres de la chica. La conversación telefónica fue breve y la monja simplemente escuchó. Antes de cortar, pronunció una frase que aún hoy está grabada a fuego en el corazon de Diego: -“No se preocupe señora, que este joven con la única mano que tiene, le va a cerrar los ojos el día que usted se muera y no tenga nadie que lo quiera hacer”. Luego, mirando con ternura a la novia, le dijo: -“Esta es tu casa, hijita”.

Pasaron varias décadas hasta que Diego llegó a la conclusión que la amputación había generado algunos mecanismos adaptativos que eran muy malos para su vida. Uno de ellos era haberse convertido en alguien extremadamente dulce y componedor. La razón no era otra que su terror a la violencia, ya que en última instancia siempre podría devenir en violencia física y él, sin su mano derecha, no estaría en buenas condiciones para pelear y defenderse.

El otro mecanismo adaptativo era aún mas sutil y limitante: Diego había desarrollado un conservadurismo extremo. Como lo compensaba con su enorme capacidad y determinación, tardó mucho tiempo en darse cuenta que esa característica no era más que otro mecanismo adaptativo a su amputación, ya que en el fondo, él ya había perdido su mano derecha, y no quería perder nada más. Pero ahora se estaba dando cuenta que la única forma de no exponerse a las pérdidas, era retirándose del juego. Y aún así se perdía igual, porque se iba pasando la vida.

A pesar de lo duras que suelen ser todas las vidas humanas, la de Diego ha estado buena. Tiene hijos grandes que son buenas personas, y una compañera de lujo; la de siempre. Sin embargo, enfrenta uno de los desafíos mas grandes de su vida: arriesgarse a salir de la fortaleza inexpugnable en la que vivió medio siglo, para no perder mas nada (que su mano). Sabe que se va acercando a las pérdidas más importantes de la existencia humana y que no va a poder eludirlas. Pero siente que necesita jugar y que puede ganar ciertos partidos.  La vida le quemó las naves y se dispone a dar el combate más decisivo: dejar de pelear por la seguridad, para poder pelear por su libertad.

Artículo de Juan Tonelli: Los postoperatorios del alma pueden durar mucho mas que los del cuerpo.

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Las vueltas de la vida
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Las vueltas de la vida

Carlos formaba parte de la renovación del partido político más importante. Cuando fueron expulsados del gobierno por un régimen militar, no tuvo más remedio que abandonar la función pública. Pese a recibir múltiples amenazas, decidió quedarse en su país y dar clases de geopolítica para mantenerse.

Francisco era un poderoso empresario hecho de abajo. Ya había amasado una gran fortuna y si bien el crear y desarrollar empresas era su pasión, sentía una necesidad creciente por mejorar su status y cultura. Por ello, se anotó en un curso de estrategia  en las escasas horas que no le dedicaba a sus negocios.

Con el correr del tiempo -y pese a que en el instituto había profesores mucho más destacados que Carlos-, Francisco se fue apasionando con las clases de ese joven político. Hubo algunas semanas que el profesor faltó, y el alumno no le dio mayor trascendencia al tema; fue una lástima ya que el profesor había sido secuestrado y torturado por uno de los más duros miembros del ejército. Afortunadamente sobrevivió, y volvió a su actividad docente.

Pasó el tiempo y Carlos fue secuestrado nuevamente. Como no aparecía, y Francisco estaba aburrido de escuchar a sus reemplazantes, decidió preguntar por él. Grande fue su sorpresa cuando le dijeron que estaba desaparecido. Como hombre de poder que era, decidió mover sus influencias y a través de una de las máximas autoridades de la Iglesia, pudo saber que Carlos estaba vivo pero en muy malas condiciones. Luego de una gestión de máximo nivel entre un obispo y el mismísimo presidente del país, Carlos fue liberado. Además de salvarle la vida, Francisco lo tuvo que ir a buscar, ya que la mujer de Carlos como estaba aterrorizada, se había escapado del país con su hijita de dos años.

Después de unos meses de recuperación, Francisco le ofreció a Carlos trabajo en su empresa. Como sólo era un excusa para darle el dinero necesario para vivir, le encargó una licitación muy importante pero para la cual la empresa no estaba preparada. Después de varios meses de estudio, Carlos llegó a las instancias finales del proceso licitatorio. Por esos misterios propios de la vida, el responsable de la decisión era el mismo militar que lo había torturado.

Como su ex verdugo no hizo ninguna manifestación al respecto, Carlos decidió seguir adelante como si nada hubiera pasado. Sin embargo, estaba convencido que un empresario de la talla de Francisco no podía ignorar la situación. Conjeturaba la razón por la cual su jefe lo exponía de esta manera; ¿entregarlo? No hacía sentido; para eso no lo hubiera rescatado. ¿Formarlo, templando su espíritu al obligarlo a hacer una tarea tan difícil? Parecía demasiado. Si bien Carlos pasó infinidad de noches sin dormir pensando en los riesgos que corría, en las ganas de vengarse de su torturador, cavilando acerca de si el militar lo había reconocido o bien reflexionando sobre cuáles serían las razones de su superior para encomendarle esta misión, siguió trabajando como si nada.

Finalmente y gracias a su talento la empresa ganó la licitación. Sorprendido, Francisco lo mandó a llamar para felicitarlo y sincerarse, reconociéndole que nunca había imaginado que podrían ganar el concurso y que la empresa no estaba preparada para la tarea. Mientras imaginaba posibles soluciones para brindar el servicio comprometido, Carlos le preguntó por qué lo había mandado a negociar con su ex torturador. La sorpresa de su jefe fue inmesa, ya que nunca supo ni imaginó semejante situación. Mucho menos, que su empleado siguiera adelante, sin decir una palabra, y que ganara la licitación. Conmovido, lo felicitó nuevamente y le dijo que se había hecho acreedor de un premio económico y de unas buenas vacaciones.

Cuando Carlos regresó de las merecidas semanas de descanso, fue ascendido a gerente general del grupo.

El militar victimario conoció el infierno, pero esta vez como víctima: pocos años después del incidente, uno de sus hijos se patinó en la bañera y tuvo un golpe terrible en la cabeza; para tratar de impedir una probable muerte, su padre lo alzó en brazos, lo subió al auto e intentó salir a toda velocidad. En el apuro, le pidió a su otro hijo que le abriera el portón, con tan mala suerte que producto de la prisa lo atropelló. Ambos hijos murieron en el hospital horas después.

Artículo de Juan Tonelli: Las vueltas de la vida.

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Ser preso tiene sus beneficios
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Ser preso tiene sus beneficios

Hans había nacido en Berlín oriental en los años sesenta. Le tocó criarse y crecer con ese muro que lo separaba de la felicidad. Del otro lado, la gente era libre, y podía hacer lo que quería, desarrollarse. En cambio, de este lado todo era chatura y tristeza. El pasto siempre crece mas verde en el jardín del vecino.

Pero llegó el 9 de noviembre de 1989 y el muro cayó. Miles de berlineses orientales cruzaron sin problemas hacia la libertad. En Berlín Occidental todo sería distinto: podrían ser libres, desarrollarse, ser felices.

Dos días después y luego de beber mucha cerveza, gritar hasta quedar afónico y tener algunas novias, Hans emprendió el regreso hacia Berlín Oriental. “-De ahora en más todo será distinto”, pensó. Sí?

El entusiasmo y la alegría con las que había cruzado el muro, se disiparon pronto. Más allá de la valiosa libertad, no había indicio de mejora alguna en su vida. Su familia, su novia, sus amigos, su trabajo, estaban en Berlín Oriental. Acaso estaba en el lado equivocado?

En el lado Occidental estaban las oportunidades, las esperanzas, la vida feliz. Habría que mudarse allí. Pero pensándolo bien, también estaban los efectos secundarios de la libertad.

Hans entró a su casa, y prendió el televisor mientras abría una cerveza. Mirando sin mirar la TV, reparó que Berlín Oriental se había vuelto un lugar inseguro emocionalmente. A partir de ahora, a algún vecino le podría ir muy bien y convertirse en multimillonario. O un compañero de colegio podría destacarse y ser una persona prestigiosa. Y un amigo cercano podría animarse a perseguir su sueño y lograrlo…

Un sentimiento de angustia, lo invadió. El comunismo lo había mantenido bien protegido de estos problemas que ocasiona la libertad. Antes no era posible lograr lo que soñaba, pero tampoco estaba expuesto a que personas cercanas lo consiguieran y él se sintiera desdichado. Ahora, el sistema lo expondría brutalmente a la vida.

Ser un canario en cautiverio tiene sus beneficios. No hay que procurarse la comida. No hay que protegerse de los gatos. No hay que tener ganas de conocer otros cielos.

Artículo de Juan Tonelli: Ser preso tiene sus beneficios.

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Aprender siempre es costoso
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Aprender siempre es costoso

El director de finanzas de la corporación había cometido un gravísimo error, que implicó la pérdida de U$ 6 millones.  Ni bien terminó de comprender la magnitud del daño que su deficiente accionar le implicó a la empresa, caminó lentamente a su despacho, y redactó su renuncia.

Minutos después se presentó ante el presidente y le entregó la misiva. Éste, la leyó cuidadosamente, y mirándolo por la parte superior de los anteojos, le dijo: – “De ninguna manera aceptamos su renuncia. Acabamos de invertir U$ 6 millones en su capacitación”. Dicho lo cual, rompió la carta,  la arrojó al cesto de papeles y dio por finalizada la reunión.

Artículo de Juan Tonelli: Aprender siempre es costoso.

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