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Analfabetismo emocional

aislamiento, amor, Analfabetismo emocional, intimidad

Abrir las piernas

La madre de Ezequiel clasificaba a las mujeres en dos grupos; las que trabajaban y las que abrían las piernas.

Ella, obviamente, pertenecía al primer grupo. Un grupo de una sola persona, porque el resto de mujeres que trabajaban no le llegaban ni a los talones. No eran lo mismo.

Así había crecido Ezequiel, con un particular desprecio por las amas de casa y las mujeres que solo hacían de esposas y madres.

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Analfabetismo emocional, Sin Categoría

Tironeado por las pasiones

Acaba de jurar como presidente. En el auto oficial que lo trasladaba por primera vez, sentía un huracán de emociones que le impedían pensar.

Había recorrido un largo y duro camino para estar donde estaba. Este momento era la hora de la verdad. Como si fuera Dios, que pudiera discernir entre el bien y el mal. Podría elegir cualquiera de las dos opciones. Se sintió poderoso.

Se sintió miserable, humano. Sería capaz de elegir el bien, o como la mayoría de los hombres, sería arrastrado por las pasiones?

Sus más cercanos colaboradores estaban más exultantes que él. Eran tiempos de justicia. ¿Revancha? Tantos años de muertes, torturas y abusos. Ahora ellos tenían el poder, y los rubiecitos pagarían por todo lo que habían hecho.

Sin embargo, él sentía que la ley del Talión no los llevaría a ningún lado virtuoso. Su corazón le hizo saber que tenía la oportunidad de cortar de una vez con tanta locura. Podía ser la hora de la reconciliación nacional, piedra angular de la construcción de ese país y cualquier sociedad. Y acaso la reconciliación individual, ¿no era también la base de una buena vida?

Claro, una cosa era pensarlo, y otra muy distinto decidirlo. Su cabeza pensaba y su corazón sentía. Recordó a Pascal y su famosa cita “el corazón conoce razones que la mente no comprende”. Suspiró, sabiendo que en este caso, las razones del corazón eran tan poderosas, que hasta la mente las comprendía.

Había pasado 27 años preso, mayormente en una celda de apenas un metro cuadrado. Era tan pequeña, que no podía dormir estirado ni en la diagonal del cuarto. Veintisiete años. En ese tiempo, había pasado de todo. Su vida y la de millones de personas. Muchas habían sido asesinadas, otras torturadas, abusadas, y las más afortunadas -como él-, conservaban aún la vida.

Durante semejante cautiverio, lo único que le habían concedido fue la vida. Nada menos. Aunque en realidad, no lo habían matado porque no querían convertirlo en un mártir. Igual, eso no les impidió que por ser un preso político lo trataran aún peor que a los reclusos homicidas. Él, por ejemplo, solo podía recibir una carta o visita por semestre. Solo una.

A lo largo de tantos años en prisión, se pasó la vida. La suya y la de sus seres queridos. No solo no había podido ver a sus hijos crecer, graduarse o casarse; ni siquiera los pudo acompañar en la muerte, ya que no lo dejaron salir ni para el entierro de uno de ellos.

El corazón le latía con mucha fuerza y respiraba con dificultad. Recordó cuando le entregaron el Premio Nobel de la Paz. Semejante distinción no solo no había traído sosiego, sino que había profundizado las contradicciones. El Comité Nobel había decidido premiarlo conjuntamente con el presidente de ese entonces, quien estaba posibilitado la transición a una democracia real. En el discurso de la ceremonia, ese señor De Klerk había tenido el tupé de decir que “se habían cometido excesos de ambos lados”. ¿Cómo eran posible semejantes palabras? De Klerk había vivido en libertad y visto el sol, la luna y las estrellas durante 27 años, mientras él ni siquiera había podido enterrar a su hijo.

Sus emociones lo zarandeaban de un lado al otro, sin escalas. El cielo y el infierno, la magnanimidad y la miseria. Todos esos sentimientos que habitan el corazón humano, apenas separados por un milímetro de distancia.

Cuando estuvo con todos sus compañeros de revolución y de vida en su despacho, les comunicó que no se vengarían de los rubios. La atmósfera era insoportable. Nadie se animaba a decirle nada, por una cuestión de autoridad. Pero ¿cómo era posible que decidiera semejante injusticia? ¿Se habría vuelto loco?

Inmediatamente recordó cuando Poncio Pilatos, luego de entregar a Jesús, se preguntó “qué es la verdad?”, como si la misma pudiera ser tan relativa. En aquél entonces, Piltatos sabía muy bien cuál era la verdad. Y dos mil años después, él también sabía cuál era, aunque doliera mucho.  ¿Qué es lo que había que hacer con las pasiones? ¿Entregarse a ellas? ¿Negarlas? Había que salir de ese falso dilema.

Los ahora funcionarios se fueron retirando lentamente, uno a uno. Él presidente los despidió con una palmada en la espalda y una apacible sonrisa, como si su corazón no hubiera conocido los infiernos de las emociones arrasadoras que venía experimentando.

Cuando se quedó solo, Nelson Mandela se preguntó si los 27 años de cárcel no habrían sido la preparación de la vida para templar su corazón en aquél instante extremo. Como en todos los dilemas de los hombres, dudó estar decidiendo bien.

A la noche, su atribulada existencia sintió paz. Fue el único indicio que la vida le concedió para señalarle que estaba haciendo lo correcto.

Artículo de Juan Tonelli: Tironeado por las pasiones.

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Idealizaciones destructivas
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Idealizaciones destructivas

John llevaba mucho tiempo viajando por EEUU cuando se le metió en la cabeza la idea de conocer al escritor de aquél libro que le había cambiado su vida. La tarea no era fácil ya que Harvey -el autor-, era una celebridad. Mientras, decidió ir a Detroit en busca de Terry, otro escritor que le gustaba. Y como Terry había sido profesor del famoso Harvey, John le pidió que le gestionara un encuentro.

Dos días después, John descendía del ómnibus Greyhound de aluminio, en la estación de Sarasota. Tomó otro micro hasta Siesta Key, un suburbio dentro de aquella desconocida ciudad. Había quedado en almorzar con Harvey en el restaurant Wild Flower. Cuando se hizo la hora, John vio acercarse a un hombre que si bien no era igual al de la foto de la solapa de su libro de cabecera, definitivamente era el escritor. Mientras una emoción le recorría todo el cuerpo, se acercó y se presentó.

Compartieron un encuentro que para John fue una verdadera fiesta. Escuchó la historia de vida de Harvey, de cómo había sobrevivido a Vietnam y a las secuelas del agente naranja; de la temática de sus libros y de la historia de su primer gran bestseller; de lo que estaba escribiendo ahora. Luego del almuerzo Harvey le dejó su teléfono y dirección, y hasta lo acercó con su imponente Lexus a la estación de ómnibus.

En el viaje de Sarasota a Miami, John reflexionaba fascinado sobre la experiencia vivida. Había conocido a su escritor favorito, quien vivía en un lugar exquisito y con las playas más lindas de EEUU. Parecía tener un estilo de vida maravilloso y sin presiones, viviendo en una imponente casa sobre la playa. John imaginaba qué lindo sería vivir así, levantándose tranquilo y junto al mar, y sin mas problemas que escribir.

Así las cosas, John no tardó demasiado tiempo en volver a Sarasota para ver a Harvey nuevamente. Si bien éste accedió a un nuevo encuentro, el almuerzo no fue tan bueno. El escritor había aceptado para no ser descortés, y la atmósfera forzada se hizo sentir. No obstante, John tomó conciencia que quería ser como Harvey: un escritor, que encima vivía a orillas del mar.

Pasaron diez años para que John volviera a Sarasota por unas vacaciones familiares. Si bien no había avanzado nada en su anhelo de ser escritor, el día que regresó a Siesta Key se sintió muy movilizado. Sarasota representaba su sueño: una playa paradisíaca con un refinamiento extremo; y una vida de escritor en una casa a orillas del mar.

Llamó por teléfono a Harvey y como no lo encontró, decidió ir directamente a visitarlo. Al llegar al exclusivo barrio en el que vivía el escritor, encontró la casa pero no se animó a tocar timbre. Le daba miedo hacerlo, por lo que se justificó pensando que había dejado dos mensajes en el contestador, y que si no le respondía sería porque Harvey se encontraba fuera de Sarasota o hasta por el hecho que podría haberse mudado. Escondiendo su impotencia por no haberse animado a tocar el timbre de la casa, volvió a su hotel.

Al regresar a su país, John pensó más y más en Sarasota. Al igual que el vino, en su cabeza esa ciudad iba perfeccionándose con el tiempo. Soñaba con vivir ahí en una casa sobre la playa, y dedicarse a escribir, sin presiones de ningún tipo, tal como lo hacía Harvey. Los años fueron pasando y para John, Sarasota se fue convirtiendo en su lugar en el mundo.

Una década más tarde las vueltas de la vida lo llevaron nuevamente a Sarasota. Iba entusiasmado aunque algo atemorizado, como si intuyera que su sueño podría lastimarse. Había podido avanzar muy poco como escritor, y estaba muy lejos de dedicarle una parte relevante de su vida a eso que tanto le gustaba. Se hospedó en el mismo hotel de Siesta Key en el que había parado todas las veces que había ido a Sarasota.

A la mañana siguiente salió a manejar tranquilo y aunque no se lo propusiera, fue inevitable pasar por la puerta de la casa de Harvey. Al igual que última vez, decidió bajar del auto y ver si lo encontraba. Volvió a darle miedo tocar el timbre. Bordeó la casa para ver qué vista tenía de la playa. Grande fue su decepción cuando comprobó que a esa altura de la avenida Midnigth Pass Road las casas no daban al mar sino a un canal, que parecía un pequeño río. Si bien la vista era muy linda, durante 20 años John había imaginado a Harvey y también a sí mismo, escribiendo en una casa cuyos ventanales miraban al mar, y no a un canal.

Cuando se dio vuelta para mirar el frente de la casa, la encontró muy descuidada. Las reposeras estaban todas raídas, a tal punto que se preguntó si la casa no estaría abandonada. Como el agua de la piscina estaba en perfectas condiciones, no tuvo dudas de que  estaba habitada.

Las sensaciones eran tan contradictorias que pese a sus miedos, John decidió ir a tocar el timbre. Volvió sobre sus pasos y caminó hasta la entrada principal. Luego de subir la escalinata y ya en la puerta, se encontró con un cartel manuscrito que aclaraba que el timbre estaba roto y que había que golpear. ¿Cómo era posible que semejante mansión, en un barrio tan exclusivo, pudiera estar tan descuidada?

Ya lanzado al ruedo por las circunstancias, golpeó la puerta de vidrio con insistencia. Nadie aparecía. Volvieron los miedos y las excusas, y las ganas de irse para no exponerse a lo incierto. Como tiempo atrás, se justificó pensando que Harvey no estaría o que se habría mudado. Pero haber visto el filtro prendido de la piscina sumado al fracaso de no haberse animado la vez anterior, lo obligaron a seguir adelante. Volvió a golpear la puerta.

Instantes después y a través de los ventanales de la entrada, vio a un señor mayor bajar la escalera. Era Harvey, quien pese a no identificar al visitante, igual abrió la puerta. John le recordó quién era, aunque el escritor, fastidiado por la circunstancia, cerró cualquier posibilidad de encuentro.

Luego de veinte infructuosos segundos en los que trató de conectar de alguna forma, John comprendió que no tenía más remedio que despedirse y retirarse.

Mientras caminaba de regreso a su auto, se sintió más tranquilo. Si bien no había forzado demasiado los hechos como para tratar de conversar un poco más con el escritor, se había animado a golpearle la puerta, y a tratar de entablar algún diálogo. Esta vez no podría autocondenarse por no haberse animado.

Pensó en lo deteriorada que estaba la casa. En lo triste de la situación de que algo tan valioso estuviera tan abandonado. Vinieron a su mente las imágenes de las reposeras raídas, el timbre roto, y el estado general de desidia.

Recordó su desencanto al comprobar que la casa no daba a ninguna playa, y que por ende no había grandes ventanales desde los cuales mirar al mar mientras se escribía.

Pensó en Harvey, que parecía un viejo huraño y hosco. Ya no era más aquél escritor glamoroso. Lo habría sido alguna vez, o era solo la admiración fantasiosa de John? Por otra parte, el hecho que hubieran pasado 20 años sin lograr otro bestseller se notaba en sus finanzas y en su soledad. Uno está lleno de amigos cuando las cosas van bien, y está solo cuando las cosas no van tan bien.

Aunque todo su sueño acababa de caerse como un piano, sintió alivio. El hecho de comprobar que lo ideal no existía en la realidad sino sólo en su mente, le dio paz. Pensó en toda la energía y esfuerzos de su vida que podría haber malgastado tratando de recrear esa vida de escritor en Sarasota.

La realidad le había ahorrado todo ese esfuerzo estéril. Se sintió afortunado. Por lo general, los hombres perdían la mayor parte de sus vidas en subir enormes escaleras, que sólo al final del recorrido quedaban en evidencia que estaban apoyadas en la pared equivocada.

Le vino a la mente que luego de haberlo conocido a Harvey, había intentado ser escritor. Y si no pudo avanzar en ese camino se debió a la enorme exigencia que tenía: su primer libro debía ser el número uno en ventas del New York Times, y a partir de ahí continuar su carrera de escritor consagrado con una casa frente al mar de Siesta Key, en Sarasota. Con semejante presión ningún borrador le gustaba, por lo que apenas seis meses después de haber comenzado, abandonó la idea de ser escritor.

Ahora que había comprobado que la vida de Harvey tampoco era redonda, y que su casa estaba abandonada y no daba a la playa, sintió que tal vez podría empezar a escribir.

Artículo de Juan Tonelli: Idealizaciones destructivas

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Del dolor a la gloria
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Del dolor a la gloria

Hashim había nacido en 1916 en Peshawar, un pueblo de la India Británica. Su padre Abdullah, era mozo del club de los oficiales militares, y con frecuencia llevaba al pequeño Hashim para que lo acompañara en su trabajo. El niño tenía terminantemente prohibido practicar deporte alguno, ya que las instalaciones eran de uso exclusivo de los británicos.

Con el correr del tiempo, un deporte llamó la atención de Hashim: aquél que jugaban sólo dos personas, en un cuarto amplio en donde ambos corrían en forma frenética y con sus raquetas pegaban alternadamente la pelota contra un frontón. A fuerza de mirar durante horas los partidos de squash, los militares británicos le ofrecieron que fuera ball boy -el que va a buscar la pelota cuando se va afuera-. La tarea no era remunerada y ni siquiera lo habilitaba a jugar a ese deporte que tanto lo interesaba, pero el joven estaba contento de poder estar cerca de su pasión.

El tiempo fue pasando, y Hashim decidió probar cómo era jugar a ese deporte. Como no tenía zapatillas -mucho menos raquetas o pelotas, decidió hurgar en el tacho de basura para encontrar algunas rotas o abandonadas. Arregló lo mejor que pudo una raqueta partida, y pegó con adhesivo una pelota reventada. Descalzo pero orgulloso por su nuevo “equipamiento”, cruzó la puerta de la cancha y sintió una gran emoción. ¿Sería porque finalmente podría probar el juego? ¿O porque temía que algún inglés volviera a buscar algo olvidado, lo sorprendiera y echara de la cancha, y también echara a su padre del trabajo que permitía comer a toda su familia? Pese al miedo, golpeó la pelota con su raqueta por primera vez, y volvió a emocionarse al escuchar el característico chasquido que la bola hacía al aplastarse contra el frontón. Miró para las tribunas asegurándose que no hubiera ningún británico amenazante, y volvió a pegarle a la pelota un rato, hasta que la misma terminó de despedazarse.

Las días siguientes empezaron a tener una nueva rutina: acompañar a su padre al club, esperar pacientemente que los británicos terminaran de jugar y se retiraran, y cuando el club estuviera vacío, entrar a la cancha y pegarle a la pelota reparada hasta que fuera imposible seguir jugando o porque la raqueta se volvía a romper en forma definitiva, o porque el caucho de la bola se desgajaba sin remedio.

Así pasaron las semanas, los meses, los años. Un día, los oficiales británicos se dieron cuenta que Hashim jugaba mejor que nadie, y si bien no estaban dispuestos a reconocérselo, le concedieron el favor de practicar con ellos cuando a alguno le faltara acompañante. Por más trampa que le hicieran, él seguía sonriendo y ganándoles. Por más desprecio que le demostraran, él permanecía inmutable.

Wembley era el complejo polideportivo más importante de Londres, y la catedral del squash, ya que ahí se jugaba el British Open, torneo más importante del mundo. En la primavera de 1951, la realidad vengaba a la historia: un estadio repleto de británicos observaba por primera vez como un pakistaní se adueñaba de la final. Sería el primero de los siete British Open que Hashim Khan ganaría, y que los ingleses no tendrían más remedio que ver desde la tribuna.

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morir de miedo
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Morir de miedo

El joven, recién ordenado como sacerdote, solicitó ir como misionero a la India. Corrían los años 50, y aquella región era mucho más desconocida y misteriosa que lo que es hoy en día. El cura entregaba feliz su vida a Dios todos los días atendiendo a las personas más necesitadas de la tierra. No tenía dudas acerca de su vocación, y se sentía pleno con el sentido de la misma. Su único temor era que una de las muchas serpientes venenosas de esas tierras, lo mordiera y condenara a una muerte anónima y absurda. Sin embargo se sentía sereno porque contaba con la herramienta más poderosa de todas: sus oraciones.

Así transcurrieron varias décadas en las que el sacerdote asistió a pobres y enfermos, convirtiéndose en uno de esos santos vivientes.  Hasta que un día, cuando ya estaba por jubilarse, ocurrió lo inesperado: caminando por un sendero rural, sintió un agudo dolor a la altura de su tobillo y al volver su mirada comprobó su peor pesadilla. Pese al shock, su mente funcionaba con rapidez y con su bastón le asestó un golpe mortal a la víbora. Este hecho podría ser decisivo ya que permitiría identificar la variedad del reptil, y encontrar el suero antiofídico más adecuado.

Con la víbora muerta a cuestas, y una renguera creciente producto del ardor y adormecimiento que tenía en la pierna, caminó hasta la ruta. Consiguió que un camión lo acercara al poblado más cercano.  Como allí no había hospital,  una persona lo subió a un auto y lo llevó a un centro de salud donde pudieran salvarlo.

El camino no era corto, y el sacerdote se sentía cada vez peor. Pensó en los 40 años de vida en la India. En lo feliz que había sido asistiendo a los más necesitados de la tierra durante toda su existencia. En lo injusto que era Dios. Sí; injusto, al condenarlo a la única muerte que él le había pedido tanto que evitara. Por qué?

Trató de serenarse convenciéndose que no era posible tener todo en la vida, y que habiendo sido tan feliz con su vocación, bien podía aceptar morir envenenado en una ruta anónima.

Finalmente llegaron al centro de salud. Como el sacerdote ya estaba inconsciente, el conductor y un enfermero lo bajaron en sus brazos. Para cuando lo acostaron en la camilla, el paciente estaba muerto. El médico trató de revivirlo pero todos los esfuerzos fueron vanos. Frente a la implacable realidad, el doctor, el enfermero y el conductor se sentaron resignadamente en la sala de guardia, junto a la camilla en donde yacía el cuerpo del sacerdote.

Aunque ya no tuviera sentido alguno, el conductor le entregó la víbora muerta al médico, quien se dispuso a revisarla movido por la curiosidad de saber cuál era la variedad de ofidio que había sido la verdugo de aquel hombre.

Buena fue la sorpresa de todos cuando se corroboró que aquella víbora no era venenosa.

Historia real contada por el escritor Carlos Gonzalez Vallés de su experiencia en la India.

Artículo de Juan Tonelli: Morir de miedo.

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Encuentro
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Encuentro

Un chico de 14 años que vivía en un pequeño pueblo cordobés, tuvo relaciones sexuales con la empleada doméstica de la casa, quien quedó embarazada. Los padres del chico -de apellido Carbajal-, decidieron que la empleada no trabajara más en esa casa, y la mandaron a vivir a Buenos Aires.

Medio siglo después Carbajal es un hombre de 65 años e ingresa a una antigua librería del microcentro porteño. Después de mirar muchos libros elige uno y se dirige a la caja.  Al pagar, la cajera identifica su tonada y le pregunta. -“es usted cordobés?”  -“De Ascochinga”, contesta Carbajal.

El dueño de la librería, que de casualidad estaba en el local y a escasos metros de la caja, escucha el diálogo e interviene: -“mi madre era de ese pueblo…”

Carbajal, mientras busca en su billetera y sin darle demasiada importancia al tema, pregunta: “-Y donde vivía su madre?” -“En la calle Hipólito Yrigoyen, creo…”  Y agregó: -“Trabajaba en una casa de una familia importante; los Carbajal…”

El comprador siente una fría corriente de electricidad que circula por todas las células de su cuerpo. Termina de pagar como puede, y se retira de la librería más muerto que vivo. En las antípodas emocionales se encuentra el dueño, quien no termina de entender bien qué es lo que pasó, y por qué una conversación casual y amistosa terminó de forma tan abrupta.

Días después, el señor Carbajal vuelve a la librería en busca de más libros. En realidad, no está buscando libros. El rito se repite una y otra vez, varias veces por semana. El dueño de la librería a veces estará presente en el local, aunque apenas si reconoce a aquél comprador poco educado.

Las visitas semanales a la librería se incrementan y continúan durante meses, hasta que Carbajal junta coraje e invita al dueño a almorzar. Éste acepta aunque algo confundido por las actitudes de este comprador. -“Será homosexual?” se pregunta; -“Qué querrá?”

Los dos hombres con la vida hecha se dirigen al almuerzo más importante de sus vidas, aunque uno de los dos ni siquiera lo imagine.

Historia real (sólo los nombres están cambiados)

Artículo de Juan Tonelli: Encuentro.

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