agua adentro del bote

“Puedo pegar tres derechas mal, pero aún así, la próxima la juego convencido que me va a salir bien. En cambio, puedo pegar tres reveses bien, y sin embargo, en  todos siento que me voy a equivocar”. Daniel quedó conmovido con la precisión de su pequeño alumno de nueve años. Era una de las mejores definiciones de confianza que había escuchado en su vida.

Obviamente, el miedo era lo que dividía aguas. Esa primitiva y recurrente emoción lo cambiaba todo. Sin miedo aquel chico -y cualquier hombre- experimentaba libertad. Y si bien la ausencia de temores no garantiza que todo saliera bien y y la presencia de los mismos  tampoco condenaba todo al error, algo era lindo de vivir y lo otro, en cambio, muy desagradable.

El miedo, siempre el miedo, ese gran protagonista de la vida del hombre. Y la libertad, su eterna víctima.

El entrenador estaba estremecido por la capacidad de aquél chico de poner en palabras lo que él nunca había podido. Había desarrollado su propia e impresionante carrera aterrorizado. Muerto de miedo. Esa emoción había estado por todos lados, y él, al contrario que su discípulo, pese a haberla experimentado en forma brutal, no se había enterado. ¿Era posible no advertir lo que uno siente, máxime cuando se trata de algo tan fuerte y persistente? Sonrió al aceptar que la mayoría de los hombres pasan casi toda su vida sin ser capaces de reconocer lo que sienten. Una suerte de analfabetismo emocional. Como el proceso de alfabetización puede ser tan intenso, la mayoría de las personas optan por mantenerse lejos de ese fuego. La generalidad piensa que el que juega con fuego se quema, omitiendo que con él, también se puede cocinar, calentar una casa o el agua para un baño de espuma.

Se preguntó qué sería lo que curaría el miedo. Y si se lo podría erradicar, o si sólo se trataría de sobrellevarlo lo más armoniosamente posible. Recordó a San Pablo, con su célebre frase “donde hay amor no hay miedo; el verdadero amor echa fuera al miedo…” Si bien era muy cierta, la cuestión parecía ser cómo introducir el amor cuando uno tenía miedo. ¿Cómo?

Se le vino a la mente su propia historia. En uno de los momentos más paradójicos de su vida, al tiempo que obtenía el campeonato nacional por segunda vez, su frustración era tan grande que deseaba abandonar ese mismo juego que lo había encumbrado. ¿Cómo era posible? Nadie que llega a la cima quiere abandonarlo todo, frustrado por su baja performance. Sin embargo, este había sido su caso. Y las razones había que buscarlas en lo que ahora, 25 años después, estaba analizando.

En aquél entonces, de poco le importaba ser el número uno si él sentía tanto miedo. Aquél sentimiento signaba sus prácticas, su juego, y al vivir con falta de confianza, lo frustraba. Imponerse al resto de competidores de todo su país no compensaba ese agujero negro en el corazón. Después de todo, que los demás compatriotas lo hicieran peor que él, era un problema de ellos. El suyo, era que vivía con tanto miedo que la desconfianza había mutado en una nueva certeza: nunca podría recuperar la confianza que tanto anhelaba, la cual era un requisito básico para jugar a cualquier deporte, y hasta para vivir. Estaba convencido que no tenía salida. Entonces, ¿de qué le valía ganar el campeonato nacional si estaba aterrorizado? O peor aún; ¿qué importaba ser el mejor del país si a causa de ese miedo crónico, tenía la convicción de que nunca podría desarrollarse?

La mejor síntesis de aquella paradoja la había expresado la mujer de un amigo que había ido a observar aquella final. Después del partido, ella se acercó a darle sus condolencias. El marido la retó por estúpida, ya que su amigo había ganado. Sin embargo, la percepción de su esposa no estaba tan errada; simplemente se había guiado por lo gestual, dado que no comprendía el juego. Las caras y expresión corporal del ganador eran propias de un velorio, por lo que infirió su derrota. Totalmente escindido de una realidad victoriosa, su espíritu estaba quebrado, pisoteado. No tenía nada que festejar, ya que ganar el campeonato nacional era poco relevante. Lo importante hubiera sido no sentir miedo, jugar con libertad, con confianza. Y eso era algo que hacía demasiado que no sucedía. De ahí que aquella pobre mujer que no conocía el sistema de puntuación de aquel juego y sólo se había guiado por lo que el jugador transmitía,  le diera sus conmiseraciones.

Reflexionó que había pasado buena parte de su existencia en un océano de miedos. Que sólo cuando la vida lo había mandado al ruedo, frente a lo inevitable de los hechos había empezado a registrar que vivía esquivando todo tipo de situaciones riesgosas; pequeñas, medianas, grandes. Todo el tiempo. Esquivar el miedo era su tácito principio rector.

Con esa directriz no era esperable llegar a un buen destino. Nunca habría ningún objetivo valioso que para alcanzarlo no requiriera atravesar grandes abismos con sus consiguientes terrores. ¿Era posible que la dirección de su vida hubiera sido determinada por esquivar los miedos que sentía? Sonaba patético. ¿Cómo él, que soñaba con ser Alejandro Magno, tendría que reconocer una existencia tan miserable en donde el recorrido de su camino existencial fuera determinado por la despreciable característica de eludir temores? Peor aún, ni siquiera había tenido conciencia de ello. Y con esta estrategia; ¿esperaba arribar a algún buen puerto?

Había cambiado un océano de miedo por otro de interrogantes. ¿Y ahora? Cómo solucionar todos y cada una de las amenazas e inseguridades? Rápidamente registró que eso no era posible. Tampoco era factible andar tapando todos los agujeros del bote existencial que la realidad se encargaba de producir constantemente a través de miedos e inseguridades. Sólo era admisible saber que pese a ellos, uno podría seguir navegando. ¿Acaso había algún bote que no tuviera un poco de agua adentro? Los que nunca navegan siempre se inquietan al registrar que las embarcaciones suelen tienen algo de líquido en su interior: lo perciben como amenazante. Los remeros y navegantes, en cambio, saben que es algo normal. ¿Y cuánto es lo habitual? Esa es otra discusión y siempre será variable. Pero una cosa es segura: nunca es nada de agua, como la vida nunca es nada de problemas o nada de temores. Eso no es realista.

Recordó a un guía espiritual quien le había enseñado que el optimismo era una crueldad, ya que implicaba tener todo asentado solo en la propia voluntad. Con el esfuerzo constante y deteriorante de tener que sostenerlo todo, y el terror a perderlo. Eso era muy distinto a la fe.

La fe, no era saber que todo terminaría bien. Según aquél espíritu luminoso era algo mucho más profundo, estable, y realista. Era saber que nunca nos faltaría amor para atravesar lo que tuviéramos que atravesar.

De regreso en el presente, Daniel dejó la raqueta en el piso, y mirándolo con ternura, abrazó fuerte a su alumno de nueve años. Aquél abrazo fue una de las mejores explicaciones que ese niño recibió en su vida.

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Publicado por Juan Tonelli on Mayo 12th, 2012 Sin Comentarios

valentía es otra cosa

Después de un fuerte ruido, uno de los dos motores se detuvo. Ver la hélice inmóvil mientras el avión estaba a cinco mil metros de altura, era estremecedor. Tanto la tripulación como los pasajeros entraron en pánico. Y si bien el piloto y su equipo guardaban las formas, a nadie se le escapaba que estaban muertos de miedo.

Sentado en la primeras filas leyendo el diario, Nelson Mandela pensó en lo paradójica que podía ser la vida. En sus setenta años había esquivado a la muerte infinidad de veces y en las más variadas circunstancias. Veintisiete años preso por tener piel oscura daban fe de ello. Dos décadas encerrado en un calabozo de un metro cuadrado mataban a cualquiera, pero no a él. ¿Iría a morir de esta forma estúpida, ahora que estaba libre y podía concretar los sueños revolucionarios de toda una vida? Lo había resistido y atravesado todo, para que el destino se encaprichara en una arbitrariedad máxima?

Recordó al César sobreponiéndose en su embarcación que amenazaba con hundirse. Pensó que el emperador también estaría muerto de miedo, aunque habría pretendido exorcizar aquellos fantasmas simulando un coraje que probablemente no tendría. ¿O sí? ¿Acaso sólo él, en aquel avión, sería el asustadizo? Se descalificó aún más, recordando a Napoleón con su frase “el coraje es una virtud que escapa a la hipocresía”. Que cierta que era, pensó mientras su espíritu caía a la misma velocidad que la aeronave.

Producto de la abrupta pérdida de altura del avión sentía el estómago en la boca. Podía percibir el pánico de todos los pasajeros. La tripulación lo buscaba permanentemente con el supuesto fin de tranquilizarlo, aunque estaba claro que lo que en realidad ansiaban, era que él los contuviera. Como si su condición de leyenda, o de sobreviviente, lo tornara inmortal a él y a quienes lo acompañaban. Algo así como un talismán humano. En su interior, sentía que la vida era impermeable a esas mitologías.

Evocó el día de su liberación después de casi tres décadas de cautiverio. Como si hubiera atravesado pocos infiernos, aquél día corrió un riesgo particularmente grande. La extrema derecha racista de su país veía la oportunidad de matarlo y dirimir el largo pleito. Otra broma del destino: vivir en un calabozo veintisiete años para ser asesinado el día de su liberación. Él había deseado que aquello no ocurriera, no tanto por su vida, sino porque su magnicidio hubiera desencadenado una escalada de infinita violencia. Recordó el pánico de los ministros del gobierno que tartamudeando, aquél día vinieron dos veces a explicarle que por razones de seguridad habían decidido posponer  su liberación. El objetivo era desbaratar los planes de sicarios y extremistas. Así y todo, no había habido forma de impedir el riesgo ya que él debía encontrarse con una multitud de seguidores que esperaba aquél momento desde hacía ya demasiados años. Por otra parte, carecía de sentido salir de su largo cautiverio para ir a guardarse en un bunker. ¿Querría el destino que todo terminara así? Aunque su espíritu estaba estremecido, su mente lo negó rotundamente. Íntimamente supo que al destino lo tenían sin cuidado los razonamientos y especulaciones de los hombres. La vida no tenía esas linealidades, y hasta los planteos más justos solían ser ignorados.

Recordó su primer amor, el nacimiento de un hijo, un primer divorcio y la primera vez que lo arrestaron por liderar una protesta. Qué rápido pasaba todo en esta vida. Miró por la ventanilla y vio que la hélice seguía inmóvil. Volvió a su periódico, como si leerlo fuera posible.

Pensó en la cantidad de veces que había estado a punto de perder la vida. Muchas de joven, cuando no medía los riesgos que corría y en las que su temperamento lo llevaba a pelearse con frecuencia. O los primeros años de cárcel, que entre torturas y cautiverios, hasta había deseado liberarse de la existencia.

Tantas veces había querido morirse y no había ocurrido: al ser arrestado injustamente por segunda vez; al no poder salir para ir al entierro de su hijo; y todas y cada una de las veces que después de estar años preso, la aparente posibilidad de ser liberado se desvanecía. Aunque ya lo tenía grabado a fuego, sintió lo injusta que podía ser la vida.

Imaginó sus funerales. La tapa de los diarios. ¿Cómo sería su necrológica? Habría en ellas algo de justicia, señalando con claridad el objeto de su lucha? ¿O sería otra burla más del destino? Aunque fuera otro tema más que escapaba su control, lo angustió.

En los pocos minutos que parecieron una eternidad, muchas cosas corrieron por su alma. Afortunadamente el piloto pudo realizar un aterrizaje de emergencia y el espíritu de todos, pasajeros y tripulantes, volvió rápidamente a sus cuerpos.

Ya en el auto que los llevaría al hotel, el piloto se dirigió a Mandela y le dijo: -”estamos admirados de su valentía; ni aún en los momentos en que el avión caía como un piano, lo vimos con miedo. Todos coincidimos en que fue nuestra inspiración”.

Mandela, con una amplia sonrisa, le dijo: -”Yo estaba aterrorizado ahí arriba. Por supuesto que tenía miedo. Y hubiera sido irracional no tenerlo. Pero estaba a cargo de la gente y debía transmitirles serenidad. El coraje, mi amigo, no es no sentir miedo, sino que sintiéndolo, poder trascenderlo.”

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Publicado por Juan Tonelli on Mayo 9th, 2012 Sin Comentarios

cuando las ideas no encajan en la realidad

Su historia con el piano venía de largo. Cuando Martín tenía 11 años, dicho instrumento aterrizó en su casa producto de una herencia que nadie deseaba heredar. La madrina de su hermano Alberto había sido la beneficiaria, pero como no lo quería, se lo regaló a su ahijado. Él, con 14 años, estaba más interesado en descubrir el género femenino que en estudiar música clásica, no obstante lo cual, el artefacto fue a parar al living del departamento.

Como alguien tenía que utilizarlo para no desaprovechar la oportunidad de la herencia recibida, y atento a que el beneficiario no tenía ningún interés en el tema, Martín no tuvo más remedio que satisfacer a su madre y empezar a tomar clases de piano. Igual,  como el asunto no le disgustaba, iba a sus lecciones con alegría.

Sin embargo, la rigidez pedagógica de la profesora de origen alemán –propias de la mujer de Goebbels-, no le resultaba muy inspiradora. Luego de las vacaciones de verano, su madre decidió unilateralmente cambiar de maestro por otra mujer que le habían recomendado. Como esta educadora venía a domicilio, al principio la situación pareció prometedora. Pero enseguida aparecieron dos nuevos contratiempos: la instructora tenía problemas de alcoholismo -situación que curiosamente nadie registraba excepto el joven alumno-, y la madre de Martín lo presionaba para saber si las clases valían la pena ya que eran muy costosas. Con semejante cuadro, no pasó mucho tiempo para que el discípulo abandonara.

La injusta conclusión familiar fue que a Martín no le interesaba el piano, cuando en realidad lo que no le gustaba eran sus profesoras rígidas o borrachas, y sobretodo, la presión de su madre para constatar si el esfuerzo económico tenía sentido.

Años después de estos vaivenes, Martín fue descubriendo en la música una secreta pasión. Y de todos los instrumentos, el que lo movilizaba especialmente era el piano. Para cuando terminó de verlo con claridad, su hermano acababa de vender el que tenían, para poder hacer un viaje de egresados. Pero como en la vida todo aquello que es verdadero y profundo siempre se sigue manifestando, Martín aceptó la invitación a tomar clases que le hizo una tía ex concertista.

Dado que la realidad es una máquina de generar problemas, el primero y más importante fue que ahora Martín no tenía en donde practicar. Al igual que no se puede a aprender a nadar sin una pileta, la evolución musical de Martín estaba condenada si no tenía un piano.

Por otra parte, la profesora no era tal, sino solo una ex concertista bastante frustrada. Había tenido la enorme desgracia que sus compañeros de la infancia se convirtieran en destacadas estrellas internacionales. Ella había tomado clases con el maestro Vicenzo Scaramuzza, al igual que Martha Argerich, Bruno Gelberg y Daniel Baremboim. Y si bien no evolucionar en la actividad que uno ama ya es de por sí muy frustrante, que tantos amigos de uno sí lo hagan es desolador. El efecto comparación destroza el espíritu del que no fue tocado por la varita mágica del destino y lo hunde en las profundidades de la ignominia. Ser Diego Maradona puede ser difícil, pero ser Lalo Maradona es aún mucho más difícil. En alemán hasta existe una palabra para definir esta situación: “schadenfreude”, significa aquel pequeño placer inconfesable que podemos sentir frente al fracaso de los otros. Y bajo la reflexión de Gore Vidal (“cada vez que a un amigo le va bien, alguna cosita dentro de uno muere…” ), su tía y profesora era una muerta en vida. Así las cosas, Martín decidió comprarse un piano y buscarse un profesor más sano e inspirador.

La nueva misión contaba con importantes obstáculos ya que en su casa no apoyaban la decisión. Su madre, sostenía que ya habían tenido un piano tantos años sin aprovecharlo, y que no era razonable que alguien quisiera tocar justo después de haberlo malvendido (omitiendo desde ya, su negativo aporte para que aprendiera). Por otra parte, a su hermano  le resultaba intolerable imaginar que tendría que soportar escalas y arpegios.

A esta altura de los acontecimientos a Martín no lo detenía nada. Pese a la falta de apoyo, con sus ahorros buscó y compró un piano. El día que el instrumento ingresó a la casa y sonó por primera vez, su pobre hermano supo que tendría que irse a vivir a otro lado, hecho que ocurrió pocos meses después. Luego de intensas investigaciones, encontró un verdadero maestro con quien avanzar en su incipiente pasión.

Paralelamente con su aprendizaje se fue gestando una gran ambición: convertirse en un pianista de escala mundial como Daniel Baremboim. No cualquier pianista reconocido; Daniel Baremboim. Pese a que ya tenía 20 años y gran cantidad de sus horas diarias estaban asignadas a la facultad, al deporte, y a su novia, pensó que podría convertirse en un intérprete de primer nivel. Omitía que su héroe había empezado a tocar a los 3 años y pasado larguísimas jornadas de práctica y estudio durante décadas. Sin embargo a Martín eso parecía tenerlo sin cuidado. No compartía su anhelo con nadie por temor a que se burlaran de él, pero estaba convencido que con cuatro horas diarias de práctica, pese a comenzar a sus 20 años, podría tener un futuro descollante.

Si bien la música le encantaba, sus ansias de protagonismo eran tan grandes como su pasión artística. En algunos diálogos con su hermano mayor aparecía el tema, y aunque Martín le escapaba al planteo, no pudo evitar registrarlo. La corrosiva pregunta fraterna acerca de si lo que le gustaba era el piano o el eventual protagonismo que el instrumento podría darle, no tuvo una respuesta clara. Su hermano le hundió más el bisturí cuando lo interpeló acerca de si su amor por la música le permitiría aceptar ser un modesto profesor de piano, o uno de esos músicos de lobby bar de un hotel 5 estrellas, o si sólo consentiría ser un artista impresionante de los que se presentaban en el Carnegie Hall. Martín se rió, sabiendo íntimamente que la última situación sería la única posible. Él quería tocar y ser famoso en la meca de los intérpretes. Y las cuatro horas diarias abrirían las puertas de aquél paraíso.

Mientras todo esto discurría, Martín practicaba un promedio de dos horas diarias. En parte, porque entre la facultad, el deporte y la novia no tenía más tiempo. Aunque también, porque no le daba el espíritu para tanto esfuerzo. Su amor por el piano no conocía esas posibilidades de exigencias. Cuando algún raro día lograba practicar las deseadas cuatro horas, simplemente sentía que podía descansar en paz, y que el sueño del Carnegie Hall era posible. Cuando no, como ocurría la amplísima mayoría de los días, se sentía frustrado, enojado con la realidad y peleado con la vida. No se le escapaba que bajo esas condiciones no llegaría a ser el pianista que él quería, y la vida parecía convertirse en un callejón sin salida.

Las cuatro horas eran la medida de su insatisfacción. Cuanto más lejano estaba de su arbitrario objetivo, más desasosegado se sentía. Por ende, por lo general se sentía muy mal dado que apenas alcanzaba el cincuenta por ciento de la meta. ¿Podría alegrarse de estar tocando dos valiosas horas todos los días? De ninguna manera. Aceptar el vaso medio lleno era una opción para débiles y personas no llamadas por el destino, pero nunca para él. Oscilaba entre la esporádica y provisoria tranquilidad que le brindaba la misión cumplida, y la irritación y desesperanza que le generaban incumplir lo que su mente había indicado. Obviamente, no había lugar para preguntarse si el objetivo era razonable. Mucho menos, para registrar el valor de lo que hacía, que sólo era condicionado por los férreos límites que la realidad siempre impone.

Los años fueron pasando, y la sórdida pelea cuerpo a cuerpo con ese diario e inalcanzable objetivo fue haciendo estragos en la vida de Martín. Si bien había evolucionado muchísimo como estudiante, prácticamente nunca alcanzaba esa meta de entrenamiento cotidiano que supuestamente le garantizaría el acceso al olimpo de la música. Su rigidez o inexperiencia vital también le impedían enterarse de que aún ensayando esas benditas cuatros horas, podría no llegar nunca a ser un gran concertista. Es más, eso era lo más probable, dado que había una legión de estudiantes que ni tocando ocho horas diarias desde su tierna infancia lograban serlo. Pero eso no pasaba por la mente y el corazón de Martín. Lo único que experimentaba era el amargo trago diario de no ser capaz de tocar ese piso “razonable” que se había autoimpuesto. A veces experimentaba unos pasajeros momentos de sosiego, cuando al tocar alguna pieza de cierta complejidad, percibía su propia evolución y disfrutaba de la música. Pero eran revelaciones muy esporádicas y pasajeras. Lo normal era vivir decepcionado y frustrado por la meta no alcanzada.

El tiempo siguió erosionando su objetivo, hasta que un día se produjo la gran epifanía. Su maestro, un señor de 50 años que había aprendido con grandes próceres de la enseñanza y había dedicado su vida al piano, lo invitó a un concierto en el que tocaría la sonata Apassionatta de Beethoven, la preferida de Martín.

El alumno se sentó en primera fila para ver, escuchar y sentir a su maestro interpretar semejante obra. Bastaron pocos minutos de comenzado para que Martín registrara el abismo que existía entre la interpretación de su profesor y la de Daniel Baremboim. De la infinidad de diferencias irreductibles, la velocidad fue la que más lo impactó. La lentitud de su maestro produjo en Martín un shock emocional. Su inevitable reflexión fue que si aquél señor que llevaba cinco décadas dedicadas al piano desde el inicio de su vida, estaba tan lejos del estándar de Baremboim, ¿qué podría esperar él, que había empezado a los veinte, y que ni si quiera podía superar las modestas dos horas diarias de estudio?

La experiencia le resultó tan fuerte que decidió retirarse de la sala antes de que concluyera el primer movimiento. Ya fuera del teatro y pese a la gran distancia que lo separaba de su casa, decidió volver caminando, como buscando darse el tiempo necesario para procesar algo de lo que acababa de vivir.

Durante el largo regreso en el que caminaba como un sonámbulo sin dirección, pudo reflexionar algunas cosas. La más significativa fue que tenía que dejar el piano. El esfuerzo carecía de sentido ya que no había ninguna posibilidad de llegar a donde se había planteado. Lamentablemente, en ese entonces fue incapaz de registrar que el error principal era haber condicionado su estudio del piano a poder tocarlo como Baremboim. Y ni hablar de la infelicidad que le había generado durante estos años, la errónea creencia de que cuatro horas diarias de estudio serían el pasaporte al paraíso. Su férrea convicción de cuál debía ser la medida de su práctica diaria, le impidió disfrutar las dos horas que tocó todos los días. Como el cuento del vaso medio vacío, Martín se pasó esos años muy incómodo consigo mismo, pese a estar realizando un esfuerzo muy grande y valioso. Pero de nada servía frente a su rígida y equivocada idea.

Dos años después de aquél colapso, decidió retomar el piano. Ya no aspiraba a ser Daniel Baremboim ni ningún otro astro de la música clásica. Pero a los pocos meses de intentar tocar muy bien jazz, la nueva decepción fue inevitable. El voraz monstruo de la exigencia de ser perfecto seguía intacto.  Naturalmente, la implacable realidad lo sacó de carrera nuevamente.

Cinco años después empezó de nuevo, contentándose con tocar simples baladas o canciones de rock, las cuales podría acompañar cantando. Ese abordaje le produjo grandes alegrías, ya que la música lo seguía conmoviendo. Y  en ese entonces, el no tener la exigencia de llegar a ser un concertista deslumbrante que se presentara en el Carnegie Hall le permitía disfrutar de la música. Ya no había lugar para aquellas ideas que son un manantial de infelicidad: a los 30 años de edad no podía aspirar a ser Baremboim. Estaba contento con haber encontrado su límite, sus posibilidades. No existían las naturales tensiones que se producen al indagar cuál es el límite. Ni las decepciones por no poder superarlo. Mucho menos,  aquella frustración cotidiana por no lograr que la realidad cediera a sus arbitrarias ideas.

Suspiró al recordar todo lo mal que había vivido aquellos años por negarse a aceptar la realidad. Podría haber practicado esas dos horas diarias con alegría y positividad, en vez de rechazarlas porque estaban lejos de su objetivo. ¿Habría cambiando algo? Seguramente nada, si el único objetivo válido era convertirse en Daniel Baremboim. Pero salvando ese desvarío de protagonismo, su calidad de vida hubiera sido mejor, y su evolución como músico amateur, también. No es lo mismo el desarrollo de una persona con su espíritu en armonía, que el de alguien contrariado y enojado. Y al final de cuentas,  nada habría cambiado  el férreo límite de aquellas dos horas diarias que era lo que realmente podía ensayar. En el fondo, se trataba de elegir cómo crecer: desde lo que le faltaba, o desde lo que tenía.

Recordó un viejo dicho zen que sostenía: “si las comprendes, las cosas son lo que son. Y si no las comprenden, las cosas son lo que son”.  Finalmente, se dio cuenta que cuando las ideas de los hombres no se ajustan a la realidad, los que indefectiblemente sufren son los hombres, nunca la realidad.

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Publicado por Juan Tonelli on Abril 3rd, 2012 4 Comentario

jugar bien con las cartas que nos tocan

Finalmente, Ramiro no tuvo más remedio que irse de su casa. No tenía claro como seguiría su vida, pero la única certeza era que no podía seguir viviendo con su mujer en aquél departamento.

Junto con su esposa o futura ex esposa, reunieron a sus tres hijos y les explicaron que se separarían. La hija mayor, de siete años, se angustió bastante aunque trató de minimizar el tema y sobreadaptarse. Los dos varones permanecieron callados. El de 5 años, como si la situación no existiera, y el de 2, porque pese a percibir claramente los tiempos difíciles que se vivían, no dejaba de ser muy chiquito para poder ponerle palabras.

Aquella noche y tras la partida de su papá, la pequeña Valentina decidió mudarse al dormitorio paterno, informándole a su madre que no volvería a su cuarto hasta que su padre regresara.

El tiempo fue pasando, y pese al dolor, a la incertidumbre y a las contradicciones y vaivenes emocionales, Ramiro no volvió. Sin habérselo propuesto, la vida se fue armando con él fuera de aquél hogar que había compartido y gozado tantos años.

Pese a estar separado, empezó a ver mucho más a sus hijos, ya que la carencia forzosa de la separación lo empujó a buscarlos y dedicarles mucho tiempo. Esta fue una de las grandes paradojas: cuando vivía en la misma casa que ellos y los tenía disponibles todo el día, no les prestaba mucha atención. Ahora que los niños se habían convertido en un recurso escaso, se desvivía por estar con ellos.

Después de 4 años de infructuosa espera, su hija decidió volver a su cuarto.

Cuando Ramiro se enteró, sintió una tristeza profunda. El resignado regreso de ella a su habitación era la muestra más acabada de la defraudación. Su padre no había vuelto, ni había sido capaz de evitarle aquella frustración.

Tal vez por primera vez en su vida, Ramiro no eludió lo que sentía, sino que decidió enfrentar aquél dolor. Sin condenarse por haber fallado o haber sido incapaz de darle a su hija lo que le demandaba, y sin negar aquél sentimiento tan triste y profundo para pretender no sufrir. A los golpes, había aprendido que la negación era un mecanismo de supervivencia afectiva bastante malo.

Una emoción le estremeció el corazón. Recordó a otra niña también llamada Valentina, que a los 7 años había perdido a su padre. Y si bien quedarse huérfano resultaba muy difícil para todo niño, las circunstancias de este caso habían sido desoladoras: su papá se había suicidado.

Leo -tal era el nombre del padre de esta Valentina- era un joven empresario de treinta y tantos años. Hermano mayor de tres y niño prodigio. En la empresa familiar era el que conducía y lideraba la transición generacional que se estaba produciendo debido al paulatino retiro de sus padres. En el deporte brillaba como capitán y conductor de todos aquellos que practicaba.

Una pequeña falla moral lo llevó a cometer un pequeño acto de corrupción con algún cliente. Luego fue con varios y en sumas mayores, hasta que alguien lo detectó. Esa persona, en vez rescindirle los servicios lo empezó a extorsionar. Leo, con la rigidez y sobrexigencia que muchas veces caracteriza a los primogénitos o niños prodigio, no pudo soportar la situación.

La presión fue creciendo y Leo, en vez de pedir ayuda, tomó la peor decisión: suicidarse. Luego de algunos intentos en los que no pudo concretar la misión, un primero de diciembre encontró el coraje o la desesperación necesaria para tirarse debajo de un tren.

La noche previa había sido el cumpleaños de Ramiro, quien estaba a días de casarse. Leo había permanecido muy callado durante todo el cumpleaños, pero nadie -ni sus amigos y ni siquiera su esposa-, habían percibido que semejante catástrofe estaría por venir. Es más, al retirarse se había despedido con un “-bueno, nos vemos el martes en tu despedida de soltero”. Obviamente, eso nunca sucedió ya que apenas 4 horas después de aquél diálogo tomó la decisión más radical e irreversible de su vida.

Finalizado el velorio y el posterior entierro, luego que los espíritus se apaciguaran un poco, y hasta después que las mentes de familiares y amigos menguaran las preguntas sin respuestas, Ramiro se encontró con Verónica, la mujer del difunto.

Tras consolarla un rato, pudo enterarse de algunos tristes detalles de la situación que habían llevado a Leo al suicidio. Nadie comprendía como un hombre tan fuerte, vital y perfecto, podía haber tomado una decisión tan drástica, desproporcionada e irreversible. Los 300.000 dólares de la defraudación no justificaban semejante determinación. Tal vez el punto de mayor desproporción lo evidenciaban los tres niños que se habían quedado sin padre: dos mellizos de 11 años, y Valentina de 7.

Verónica reflexionaba en voz alta delante de Ramiro. Cuando él le preguntó cómo estaban los chicos, ella, después de relatar brevemente cómo se encontraban los varones, mencionó a Valentina, hizo una pausa y suspiró profundamente. Contó las enormes dificultades que tenía la pequeña para exteriorizar lo que sentía. Y que cuando la había estimulado a hacerlo, la lacónica respuesta de esa niña de 7 años fue: -”mamá: prefiero no llorar, porque si empiezo, no paro más.”

Aquellas palabras desesperadas acompañaron a Ramiro toda su vida. Nunca pudo entender cómo Leo había podido suicidarse teniendo tres hijos pequeños. Ningún monto de deuda era equiparable a dejar sin padre a 3 chiquitos de esas edades. Pero había ocurrido. Y aunque el paso del tiempo todo lo relativizara y pusiera en perspectiva, en este caso sólo servía para ahondar más el sinsentido de aquél suicidio.

Recordando el drama de la Valentina de su amigo Leo, se dio cuenta que pese a no haber vuelto a su casa tal como quería su hija, ésta había sido mucho más afortunada. Y que si el apóstol Pedro había sido capaz de negar tres veces a Jesús, cuántas más defraudaciones serían capaces de producir los hombres comunes.

Reflexionó que al igual que Pedro, o el mismo Leo, no había tenido más margen de acción. Que la corrosiva pregunta acerca de si podía haber evitado irse de su casa, ya era arcaica. Hasta el interrogante de si era posible volver y darle el gusto a su hija, era obsoleto. La vida lo había pasado por encima. O simplemente, había seguido su curso.

Él había decepcionado no sólo a su mujer, sino y sobretodo, a su hija. Pensó en pedirle perdón, pero con total sinceridad registró que en las circunstancias que había estado no había podido obrar de otra manera. Recordó aquella máxima hindú que sostenía que lo que había pasado era lo único que podía pasar. En su momento, cuando la había leído, la condenó por pensarla justificatoria de cualquier conducta. Claro, eso había sido muchos años atrás. Ahora, con otra madurez, el sentido de aquella máxima cobraba otra perspectiva. Sin embargo, considerar que lo actuado eralo único que podía haber hecho; ¿ lo redimía del dolor que había causado a terceros?

Se dio cuenta que al hombre no le era posible evitar el sufrimiento. Ni el propio ni el de terceros, lo que aplica particularmente a los seres a los que más se ama. Peor aún, en muchos casos ni siquiera era posible impedir ser uno mismo el que lo provoque. Conjeturó que tal vez lo único que haga la diferencia sea la calidad del acompañamiento a la persona que sufre.

Ramiro se sintió satisfecho al asumir que desde su separación se había desvivido por Valentina. Que había estado siempre muy cerca de ella. Aún en los momentos que él no podía ni consigo mismo. Le daba enorme dolor imaginar a su hija esperando a un padre que no volvía y que no volvería. Al menos, en la forma que ella pretendía. Pero tenía paz. La de saber que si bien no había podido evitar lo sucedido, había sido capaz de jugar bien con las cartas que la vida le había dado.

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Publicado por Juan Tonelli on Marzo 29th, 2012 4 Comentario

la pelota quema

Esa emoción seguía incólume. Habían pasado tantos años, tantas circunstancias, tanto camino recorrido, y sin embargo, ahí estaba ese compañero inseparable, el miedo. Bastó que empezara a golpear la pelota con su raqueta de tenis, para sentir que treinta años no eran nada, que su brazo se encogía, que tenía terror a equivocarse.

Recordó el relato bíblico del brazo seco.  Se sintió demasiado identificado, deseando que se le apareciera Dios, lo tocara, y su brazo y su espíritu recuperaran la autonomía. Ahora la libertad no existía. Estaba secuestrada por el miedo.

Rememoró cuando de niño jugaba al fútbol. Había miedo por todos lados. Pánico. Cada vez que le pasaban la pelota, había que deshacerse rápidamente de ella. Era como si quemara. El terror de que viniera alguien y se la sacara, y al perderla, los rivales generaran un contraataque que terminara en gol. Por eso le gustaba ser delantero; no porque tuviera facilidad para hacer goles o le entusiasmara aquella ubicación en la cancha. Nada de eso. Sólo para estar bien lejos de su propio arco, y asegurarse que cualquier error suyo difícilmente terminara en un gol en contra. Casi que hubiera sido más sensato salir de la cancha y no jugar, de forma de garantizar que nada malo podría pasarle, que ninguna equivocación sería posible.

Dolorosamente tuvo que aceptar que los partidos de fútbol de toda su infancia habían sido así. No tenía recuerdo alguno de jugar con alegría, de pensar en hacer jugadas lindas, o en buenos pases. La emoción excluyente había sido el miedo. El terror a equivocarse.

Su mente hizo una asociación libre con Juan Domingo “Martillo” Roldán, aquél boxeador que de adolescente había ganado la apuesta de entrar a la jaula de un oso y permanecer aferrado al temible animal durante un minuto. El adiestrador lo había rescatado después de los sesenta segundos, sólo con un rasguño poco profundo. Como si la vida fuera solo aferrarse y aguantar hasta que pasara el peligro. Y si bien aquél deportista había ganado aquella apuesta, su estrategia no sirvió para llevarlo muy lejos: la gloria, entre tantas cosas, requería de eutonía, entusiasmo, esperanza.

Claro, las experiencias vividas y la emocionalidad interna podían llevar a una persona a vivir aferrada y paralizada toda la vida, aterrorizada ante la mera posibilidad de poder cometer un error. Como si lo único posible fuera quedarse estrujado al oso.  ¿Acaso se podía llegar lejos en la vida solo resistiendo?

Su mente siguió conectando emociones similares, y fue a parar al golf, su gran amor. Y aún en él, o mejor dicho, especialmente en ese juego, su brillante carrera había estada signada por el pánico. Un sinnúmero de torneos ganados, y siempre desasosegado. Cada partido, por más insignificante que fuera, era una agonía opresiva que sólo terminaba junto con el juego. ¿Quién imaginaría que detrás de aquella estrella del deporte, se encontraría un joven muerto de miedo?  Era posible que el mejor jugador del país jugara aterrorizado? Suspiró resignadamente, dando fe de ello. Un escozor le corrió por la columna al recordar que cada vez que el clima aplazaba o demoraba una final, él sufría porque siempre quería que todo terminara lo antes posible. ¿Disfrutar? Eso ocurriría en otra vida. Se consoló al acordarse que el gran Andre Agasi reconocía exactamente lo mismo en su biografía.

Revivió sus propios partidos de tenis a los 13 años. Tal era el pánico, que se la pasaba rezando en todos y cada uno de los puntos. Esa era la única forma que tenía de exorcizar los demonios, y sobre todo, de rogarle a una fuerza superior que lo ayudara a ganar. Ganar afirmaría su personalidad y existencia, y perder la disolvería. Por esa razón tan importante necesitaba a Dios de su lado. Cada punto era una secuencias de Glorias y Ave Marías, ya que eran más cortos que el Padrenuestro, y se rezaban mejor durante el juego. Del miedo, a la oración. Nada de pensar en cómo jugar, o en cómo pegarle mejor a la pelota. En todo caso, había que hacerlo en los vestigios disponibles de su emocionalidad aterrada.

Hoy, 30 años después de aquél niño que jugaba al fútbol, 20 años después del golfista de elite, bastó que hiciera los primeros movimientos para sentir que su terror seguía igual. Sin embargo, percibió una diferencia que iluminó su espíritu. El fútbol de la niñez y el alto rendimiento después, habían transcurrido sin que él tuviera el menor registro consciente del enorme miedo que experimentaba. Solo lo sentía. Ahora, en cambio, podía identificarlo y ponerle palabras. Ese pequeña pero enorme diferencia, le posibilitaría hacer intervenir su voluntad. La decisión de seguir adelante pese al gran miedo a equivocarse. Entonces, la tiranía ejercida por la supuesta mirada de los otros, aunque permaneciera, condicionaría menos. Al ser consciente que estaba allí, podría actuar de tal forma de no ser dominado por ella. Si en cambio permanecía oculta, él sería un esclavo de ese pánico. Puesto en la superficie, perdería poder.

Se preguntó si ese terror lo acompañaría toda su vida, o si algún día podría liberarse de él. Anhelaba simplemente poder jugar, sin tanto pavor a equivocarse. Tuvo que admitir que ese miedo era casi constitutivo, y que probablemente lo fuera a sentir toda su vida. Sin embargo, supo que el registrarlo le permitiría llevarlo mucho mejor.

Dudó de si debería dejar el tenis que recién empezaba a jugar, para evitar la frustración y el conflicto. Después de decantar tantas afiebradas emociones, concluyó que esa no podía ser una opción. Debía continuar. Habría un único camino: seguir adelante pese a todo. No pretender sentir algo diferente de lo que sentía, ni mucho menos condicionar su alegría y esperanza a ello. Podría jugar con o sin miedo, y la emoción escaparía siempre a su control. Pero seguir adelante pese al temor, sería lo único y decisivo que siempre tendría que hacer.

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Publicado por Juan Tonelli on Marzo 10th, 2012 3 Comentario

no ganes la lotería

Un nuevo correo electrónico irrumpió en su bandeja de entrada. Se trataba de un extraño remitente nigeriano que invitaba a Tomás a hacer un negocio. Si bien el mail era personalizado, podría haber sido personalizado a cien mil destinatarios.

El supuesto negocio, más que un emprendimiento era una propuesta de asociación ilícita. Según el correo, Sabir era un funcionario del gobierno de Nigeria que había ganado mucho dinero y deseaba girarlo al extranjero, operación que estaba prohibida. Le ofrecía a Tomás un contrato en el que le cedería el 30% de los fondos que le transfiriera, sólo a cambio de prestar nombre, firma y un número de cuenta bancaria. El monto del acuerdo era de 17 millones de dólares, por lo que a Tomás le corresponderían 5.1 millones. Y si bien  lo tomó con un humor, la remota probabilidad de que pudiera ganarse 5 millones de dólares de un pase, le provocó cierta excitación.

De todas formas, el abordaje no era confiable. Nadie propone un negocio tan generoso a una persona que no conoce, se encuentra y mucho menos si se encuentra en un país exótico (como lo es Argentina para un nigeriano). El hecho que el mail estuviera personalizado tampoco quería decir absolutamente nada; cualquier soft podría enviar decenas de miles de correos personalizados por hora. ¿Y de dónde habría salido su dirección? De cualquier base de datos.

Por otra parte, que el correo electrónico propusiera un ilícito sin siquiera conocer al interlocutor, le generaba aún más sospechas. Sin embargo, ¿ quién en su sano juicio mandaría un mail masivo proponiendo un delito? Parecía como si hubieran elegido cuidadosamente al destinatario. ¿Pero por qué a él?

El misterioso correo terminaba solicitándole que enviara todos sus datos. Movido por la curiosidad, y lejos de poder contestar alguno de los múltiples interrogantes que se le habían sucitado, Tomás completó la información y apretó la tecla de send.

Un rato después, oyó cómo el speaker de su contestador filtraba la voz grave de una persona hablando en inglés con un tono duro. Como si fuera alguien de Europa del Este, la India o África. Escuchó varias veces el mensaje que dejó Sabir, hurgando alguna información adicional. Mientras lo hacía, el fax se encendió y empezó a aparecer el isologo del Gobierno de Nigeria. Tan pronto se terminó de imprimir la primer carilla, Tomás miró el borde para ver el número del remitente. La característica era sumamente rara, así que decidió buscarla en internet. Cuando comprobó que era de Laos, capital nigeriana, un escalofrío recorrió su espalda.

Leyó detenidamente las 8 carillas del acuerdo. Era simple: construir una autopista desde la capital hasta el aeropuerto. Se haría a través de una contratación directa -sin licitación- a un valor de 17 millones de dólares. Como ya era tarde, Tomás apagó las luces de su oficina, cerró todo y se fue a su casa.

Mientras comía y tomaba un trago en soledad, aquella noche se sintió un gran empresario. Si bien la historia resultaba inconsistente, el hecho que Sabir hubiera aparecido tan rápido llamando por teléfono, enviando un borrador de contrato, y encontrándose efectivamente en Laos, le habían abierto una pequeña esperanza.

Tomás imaginó cómo sería su vida si pasaba a tener 5 millones de dólares. Con sus 35 años seguiría trabajando, aunque no en ese empleo. Tal vez se tomaría un año sabático para reflexionar, descansar, viajar un poco y estar más tiempo con su familia. Después volvería al ruedo. Pensó que su nuevo emprendimiento debía ser algo más vocacional, que le diera ganas de hacerlo, y que no fuera sólo una fuente de dinero o status. Si lograba una seguridad económica, bien podría concentrarse en hacer algo que le gustara mucho, aunque no supiese bien qué era.

Analizó las posibilidades de que la situación fuera cierta. Puesto en abogado del diablo, trató de pensar cuál sería la trampa. Como las alternativas eran muchas, llegó a la conclusión que debía hablar con Sabir. La confrontación telefónica sería la única forma de evacuar las dudas y ver si aquello era otro cuento del tío, o si efectivamente él había sido tocado por la barita mágica. Se tiró a dormir, aunque con tantos pensamientos circulando por su cabeza, no le resultó fácil conciliar el sueño.

A la mañana siguiente y tan pronto llegó a su oficina, decidió llamar a Sabir. La diferencia horaria jugaba a favor, así que sin pensarlo demasiado, marcó los números de aquella enigmática oficina en Laos. El primer shock se produjo cuando la misma voz que había dejado el mensaje en su contestador, atendió diciendo “Sabir speaking”. No es que no fuera una posibilidad, pero como Tomás desconfiaba tanto, nunca imaginó que sería atendido, y menos aún por la persona en cuestión.

Cuando el nigeriano se enteró quién era el que estaba al habla, se puso extremadamente simpático y cortés. Después de preguntarle a Tomás por su familia y por sus creencias religiosas, explicó cómo sería el negocio. El argentino sólo sería una fachada. No haría falta construir ninguna autopista. Alcanzaría con firmar el contrato diciendo que la haría.

Si bien a Tomás ya no le gustaba la situación, decidió hacer unas preguntas. La respuesta al por qué lo había elegido justo a él, no lo satisfizo. Supuestamente, habían facilitado sus datos en la cámara de comercio, hecho totalmente improbable. A la pregunta de por qué no utilizaba alguna importante  institución de servicios financieros -todas acostumbradas a realizar este tipo de “trabajos”-, también le sucedió una respuesta falaz: -”porque no pueden hacerlo”.

Las inconsistencias se iban sumando y Tomás decidió ir a fondo. “-Mirá Sabir, si lo que pretendés es sacarme 100 dólares bajo cualquier concepto, decímelo ahora y no perdemos tiempo. Porque en el momento en que ocurra, se terminan todas las conversaciones. Así que ahorreémosnos las vueltas si ese es tu objetivo”. Aquella hipótesis era la que Tomás consideraba más probable. Ser seducido con un negocio millonario, y en el momento en que él estuviera muy embalado, le pidieran una pequeña suma de entre 100 y 900 dólares para algún trámite, seguro, o lo que fuera. Y obviamente, nunca más habría conversaciones una vez que se hubiera pagado el dinero. Sin embargo, esa suposición tampoco parecía muy consistente, ya que Sabir había dejado sus datos, su teléfono, su fax, y no haría sentido dejar tantas pistas si después planeaba darse a la fuga. Independientemente de las cavilaciones de Tomás, Sabir negó todo, incluyendo especialmente que su interés fuera robarse 100 míseros dólares.

Luego de cortar, Tomás tenía sentimientos encontrados. Por un lado, la propuesta era disparatada y las respuestas no eran consistentes. Sin embargo, las hipótesis de que fuera una trampa tampoco lo eran. Y el hecho que del otro lado hubiera una persona visible, disponible, que dejaba sus datos, le daba cierta verosimilitud a toda la historia. Si no era cierto, valía la pena averiguar en dónde estaba la trampa.

La mentalidad fuerte y conservadora de Tomás no le permitía fantasear, sino sólo concentrarse en el siguiente paso. A la hora de decidir qué cuenta bancaria utilizar, descartó la de Argentina, y también la de Luxemburgo. Optó por utilizar una cuenta que tenía en Uruguay, casi sin movimientos. Eso era lo más razonable ya que se trataba de un país con importante secreto bancario, muy próximo al suyo, y en una cuenta sin fondos, así que no había mucho que perder. Completó el resto del contrato y envió todo por fax.

Aquella noche, tenía una cierta expectativa. Su razón seguía insistiendo en que aquello no podía ser cierto. Sin embargo, como su mente no lograba descifrar la trampa, seguía adelante. Salvando las distancias, se sentía como cuando una pareja está buscando un hijo y tienen relaciones sexuales con frecuencia y en los días indicados, pero hasta que el test de embarazo no dé positivo, saben que no existe nada.

A la mañana siguiente, Tomás decidió llamar a un amigo suyo del sistema financiero para evaluar algunos temas. Mariano, banquero suizo, se burló al darse cuenta que Tomás había contestado esos típicos cuentos del tío. Sin embargo, al ser presionado para explicar en dónde estaba la trampa, no pudo hacerlo. Sólo atinó a decir que Nigeria era el país más corrupto del mundo, y que era mejor que tomara distancia de todo aquello. Típico pensamiento de un burócrata más, cuya vida estaba conducida por los férreos límites del miedo.

Para nada convencido de la trémula explicación, Tomás insistió llamando a Fabián, un trader millonario ya retirado, muy acostumbrado a soportar grandes presiones. Le preguntó si una transferencia de 17 millones de dólares en una plaza como la uruguaya podía generar alguna suspicacia. Con tono de profesor universitario, Fabián contestó: “-para el Banco Central de Uruguay, esa cifra es la operación más importante del mes”. Y con tono risueño, agregó: -”y no es lo mismo que venga de Nueva York que de Nigeria…”

Tomás sintió que su castillo de naipes empezaba a derrumbarse. Aunque no hacía falta escuchar la respuesta, no pudo evitar hacer la pregunta. Su amigo terminó de explicarse: -”porque si viene de Nigeria, es probable que en menos de 24hs el titular de la cuenta tenga un pedido de captura de Interpol…”

Sin siquiera ser cortés o agradecido con su amigo, Tomás cortó la comunicación. Game Over. Eran las 12 de la noche y el sueño de la cenicienta había terminado. El año que viene habría que seguir trabajando en pos de un poco de dinero y un poco de prestigio. La maldición de Dios cuando lo echó a Adán del paraíso -”ganarás el pan con el sudor de tu frente”, seguía vigente. Y nada de hacer lo querría. Mucho menos aún, darse el tiempo para averiguarlo.

Sabir continuó llamando, aunque no tuvo más destino que el contestador automático. Sus mails y faxes tampoco fueron respondidos. Afortunada y obviamente, ningún dinero fue girado a la cuenta uruguaya.

Al principio, Tomás sintió frustración, como siempre ocurre cuando una fantasía es destrozada por la realidad. Sin embargo,  el espejismo le había servido para reflexionar que no podía seguir esperando. Que la opción nunca podía ser “el día que sea rico voy a hacer lo que quiero” porque probablemente no lo fuera nunca. En todo caso, el desafío sería irse moviendo en la dirección que le gustaría, sin perder contacto con sus responsabilidades ni tampoco aplazando su camino bajo la engañosa forma de mostrar como provisorio algo que era permanente diferido.

Indagando hasta el abismo, se dio cuenta que ni siquiera sabía qué era lo que le quería. No tenía ni la más remota idea, más allá de algunas pocas cosas que definitivamente no le gustaban.

Recordó una investigación que mostraba que los ganadores de la lotería, apenas tres meses después de haberse vuelto millonarios, ya estaban nuevamente de malhumor y con los mismos problemas de siempre. La única excepción eran aquellos de condición muy humilde que al tener las necesidades básicas insatisfechas, mejoraban sustancialmente su existencia. Pero en términos generales, el dinero no resolvía el sentido de la la vida.

Se dio cuenta que esta situación le había hecho un gran favor. Permitirle registrar que su trabajo lo satisfacía poco. Que no tenía ni puta idea de qué es lo que quería en su vida. Que difícilmente existieran milagros salvadores que lo liberaran del yugo diario. Y que en el remoto caso de ocurrir, no lo ayudarían en nada a construir una vida. Sino más bien lo contrario. La tarea de investigar qué era lo que quería sería ardua, personal e intransferible.  Y moverse en esa dirección, sería más difícil aún. Nadie lo haría por él, mucho menos una repentina fortuna.

Entendió que esperar a ser rico para ponerse en marcha, era un absurdo o cuanto menos una mala decisión, ya que lo más probable era que bajo esa premisa nunca se pusiera en movimiento. Y si bien Occidente había exagerado con el valor de planificar las cosas, una cosa era encontrar sorpresas milagrosas e imprevisibles durante el camino, y otra muy distinta era sentarse a esperar a que ocurrieran.

Sintió que el verdadero golpe de suerte había sido la no concreción de aquél negocio. Cuando su amigo del banco lo llamó para contarle cómo era la trampa nigeriana, Tomás se negó a escucharlo, y le dijo: “no seas ingrato con gente que me ha ayudado tanto”.

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Publicado por Juan Tonelli on Marzo 3rd, 2012 4 Comentario

muerto en vida

El joven campeón observó detenidamente la enorme vitrina de trofeos obtenidos por su antecesor. Con sus 17 años, Hernán estrenaba el lugar de número uno. Representaba el presente y el futuro de aquél deporte. Por el contrario, las repisas repletas de infinitas copas daban fe del largo reinado de su antecesor, que durante 10 años había sido imbatible.

Aquél centro deportivo llevaba el nombre de la leyenda viviente y estaba lleno de evidencias de los mil combates atravesados. Fotos de partidos, otras con grandes jugadores internacionales, otras con glorias del deporte y personalidades del quehacer social y político, y los mil trofeos en la imponente vitrina.

Hernán sintió que Guillermo, su antecesor, lo había logrado. Diez años ininterrumpidos siendo el número uno del país. Cinco años siendo el mejor del continente. Mil batallas peleadas, con una mayoría abrumadora de victorias. Eso es lo que él quería ser. Una suerte de veterano de guerra. Haber estado expuesto, y sobretodo, haber atravesado satisfactoriamente los mil combates. La paz del guerrero.

Pero como la vida misma es cambiante, contradictoria y ambigua, aquél sentimiento de sana envidia que experimentaba Hernán por la paz que transmitía la historia de Guillermo, mutó rápidamente en ansiedad e inquietud. La contradicción era evidente; para sentir aquella paz, se requería ya haber transitado el camino. Estar fuera de juego.

Estaba bueno experimentar tranquilidad, alejado de presiones. Nada de riesgos, sólo una paz profunda aunque fuera de un color sepia. No habría excitantes podios triunfantes con la respiración todavía agitada del partido recién ganado. Ni de vestuarios tristes por las infrecuentes derrotas. Solo paz, y con el éxito ya asegurado. No habría cenas multitudinarias, llenas de amigos de ocasión que se sumaban a los festejos. Ni cenas solitarias y desoladoras, con el puñado de amigos reales que permanecen junto a uno en la derrota.

Pensó en cuál sería la mejor emoción que podría ofrecerle el deporte. La respuesta apareció al instante: ganar el campeonato mundial. Indagó qué sería lo más triste que podría vivir como jugador. Tampoco hubo que esperar demasiado para averiguarlo: perder la final del campeonato mundial. Extremando aún más las emociones, registró que la mayor emoción sería obtener el campeonato mundial de una forma agónica, después de un partido adverso, peleado y cambiante. Y como contrapartida, perder aquél juego sería lo más amargo que podría pasarle. El sólo imaginar esos momentos le dio una sensación de vértigo: la misma que percibe el equilibrista cuando la gloria y el abismo están separados por menos de un centímetro del ancho de la cuerda.

Fue más allá e intentó mirar aquellos hipotéticos escenarios con cierta distancia emocional. Pudo aceptar que perder la final del campeonato del mundo -aunque fuera una frustración enorme-, a la distancia terminaría siendo un hecho del cual enorgullecerse. Aunque mentes y corazones que sólo operan en forma binaria, al todo o nada, nunca aceptaran un segundo puesto. Y claro, era la diferencia entre ingresar en la historia o quedarse en el dintel. Entre existir o ser un NN más, del cementerio de los vulgares. Entre ser o no ser.

Hernán se acercó a la gigantesca vitrina para empezar a conocer a qué batallas correspondían aquellos trofeos. Muchos, demasiados campeonatos nacionales. Eso es lo que soñaba él. Haberlos ganado. Para que cada vez que llegara a un vestuario o a un club, todos lo reconocieran y respetaran. Para que su presencia desencadenara conmovedores silencios.

Su inquieto espíritu tuvo que asumir que no había forma de ganar el campeonato mundial sin exponerse a perder la final. No había manera. Si quería ganar todo, tenía que exponerse a perderlo todo. Ese sentimiento, lo angustió. El no quería arriesgarse a perderlo todo.

Peor aún, cayó en la cuenta que la carrera de Guillermo estaba terminada. Aún cuando fuera muy placentero haber logrado tanto, todo eso ya era pasado. Si bien resultaba obvio, registró que la tensión por la incertidumbre era inherente a la vida. Y que el pretender eliminarla solo conducía a la muerte, o a retirarse del juego, términos que en algún sentido eran intercambiables.

No pudo evitar hacer la analogía con la existencia humana. Pretender ponerse a salvo implicaba jubilarse, salirse de la vida. Ahí no había grandes riesgos. Pero tampoco quedaba mucho por jugar. Y mucho menos, por ganar o perder.

Como nunca, se dio cuenta que aquella tensión y contradicción, era la vida misma. El ganar o el perder eran compañeros inseparables, como dos hermanos siameses. En donde a veces, el destino desempataba arbitrariamente entre dos alternativas antagónicas, separadas apenas por un milímetro. Sintió la fragilidad de todo.

Pensó su futuro y experimentó cierta pereza. Saber que si deseaba esa vitrina llena de trofeos, tendría que correr mucho, esforzarse mucho, angustiarse mucho, y que en el mejor de los casos,  después de todo eso llegaría a ese puerto. Pero también saber que aunque hiciera todo aquello, podría no llegar nunca.

Se enojó con Ulises, asumiendo que era fácil relativizar el valor de Ítaca cuando ya se había llegado a ella. Aunque tuvo que admitir que quienes que durante miles de años enseñaron que lo importante era el viaje y no el destino, tenían razón.

Pero Hernán estaba obsesionado con el destino, y el viaje era solo una secuencia de obstáculos que amenazaban impedir su arribo a buen puerto. Ponían en riesgo su propia identidad, ya que él estaba convencido que sólo sería alguien al llegar a destino, al tener la vitrina llena. Nunca durante el camino.

¿La identidad sería algo a construir? ¿O algo que se revelaría recién en el otoño de la vida? No podía ser. De hecho, él ya era el campeón nacional, y eso algo valía. Por más que sintiera que tenía que sostenerlo, y que en el momento que perdiera su liderazgo, su identidad se disolvería.

Con semejante fobia, como para no desear llegar a buen puerto, aunque implicara retirarse del juego. En el fondo, era preferible haber logrado ser alguien, que seguir vivo a riesgo de no lograrlo.

Se dio cuenta que estos sentimientos eran profundos e invalidantes. Que no se podía vivir la vida con tanta carga. Que si bien el ganar y el perder eran caras de una misma moneda, vivir no era estar permanentemente expuesto al abismo. Que tenía que haber otra manera. Y que cada uno tenía una identidad, aunque fuera incapaz de reconocerla.

Pensó que tal vez, como en el juego, sólo se tratara de jugar, pese a que los hombres insistieran en complicar las cosas.

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Publicado por Juan Tonelli on Febrero 25th, 2012 Sin Comentarios

la pérdida del paraíso

Cuando Eva vino a ofrecerle la manzana, varias emociones atravesaron su cuerpo. El poderoso e irrefrenable impulso de comerla. El miedo de estar haciendo lo incorrecto, aunque no entendiera bien porqué aquello estaba mal. Si con frecuencia las emociones impedían evitar conductas claramente perjudiciales, cuanto más difícil podía ser respetar aquellas reglas cuyo sentido no se comprendía. Aquellas normas que simplemente había que evitar porque sí, o porque supuestamente serían malas, aunque nadie entendiera bien por qué.

Imaginó el futuro, y los problemas que tendría Ulises al desear imperiosamente escuchar el canto de las sirenas, y no querer morir a causa de ello. O en los problemas que tendrían que atravesar tantos hombres, al querer tener sexo con cuanta mujer se les cruzara en el camino, sin por eso querer arriesgar o hacer sufrir a sus esposas o parejas.

Sonrió al presentir a Oscar Wilde, quien miles de años después diría “puedo resistir todo, excepto la tentación”. Volvió a mirar a Eva quien con una sonrisa ingenua, le extendía una mano con la manzana. Después de todo, él era un hombre y tenía libertad y derecho a su autodeterminación. Percibió que comerla no era un hecho tan grave, y que no hacerlo lo haría sentir un débil. Tomó la manzana y la mordió.

La fruta era muy rica, aunque nunca tan exquisita como la había imaginado. Cuando terminó de comerla, no sintió nada extraordinario. La gran tensión existente en los momentos previos a probarla había desaparecido. Se preguntó cómo no había podido evitar caer en la tentación. Con la panza llena, la química de su cerebro ya había cambiado, y no le parecía tan difícil haber podido decir que no. Claro, eso lo sintió con el estómago satisfecho. Sin embargo, Adán minimizó el hecho y aquella tarde continuó su vida con normalidad, como si nada hubiera pasado.

A la mañana siguiente se levantó como si todo su cerebro estuviera en cortocircuito. La sensación era similar a cuando el agua daña conexiones eléctricas, dejándolas inconexas, con ruidosas descargas y un funcionamiento errático.

Confundido y aturdido, le resultaba imposible pensar con claridad. Sentía angustia de saber que la confrontación sería inevitable. Imaginó su diálogo con Dios y esbozó algunas estrategias. Experimentó enojo hacia Eva por haberlo provocado. Y a regañadientes asumió que era él quien había decidido avanzar.

La inquietud no cedía, como siempre ocurre con la incertidumbre que precede a la irrupción de la verdad. Cuando apareció Dios, Adán registró que aquél sentimiento de autodeterminación y omnipotencia que había experimentado en los instantes previos a probar la manzana, se había reducido a la mínima expresión. Él mismo se sentía como una pasa de uva, pequeña y achicharrada.

Más allá de las palabras y de su estrategia defensiva, el diálogo con Dios fue corto y claro. Si bien las contradicciones eran partes de la amplia realidad de la vida, ése había sido uno de esos momentos en que las mismas quedaban brutalmente en evidencia. Y en los que los hombres intuyen que la vida no será igual después de semejante situación límite.

Luego que Dios se retirara, Adán sintió un torrente de emociones. La más positiva, paz. Sabía que vendrían tiempos difíciles, pero la paz era la primera e inevitable consecuencia de la verdad. Ya no había más nada que ocultar, nada de lo cual defenderse, ninguna situación que sostener. Pensó en que los dobles discursos siempre terminaban destrozados por la realidad, que invariablemente es una sola. Pero también, en que después de aquellos momentos extremos, la vida dejaba atrás las dicotomías, y se integraba dejando irrumpir la paz.

Reflexionó acerca de si podía haber evitado comer aquella manzana. No encontró una respuesta clara. Por un lado, era cierto que él era libre y había elegido hacer lo que hizo. Sin embargo, retrospectivamente sentía que lo actuado había sido lo único posible. Como si una fuerza poderosa lo hubiera movido, esterilizando su supuesta libertad.

Se preguntó si estaba arrepentido. La respuesta fue igual de ambigua. Si primaba la hipótesis que había sido libre, cabía considerar algún remordimiento. Pero si la respuesta era que él no había sido capaz de elegir; ¿de qué tendría que arrepentirse?  Por otra parte, y tal como concluirían los sabios de Oriente miles de años después, no tenía ningún sentido conjeturar sobre qué habría pasado si la vida hubiera discurrido por otros andariveles. Eso era un juego estéril ya que la realidad era otra e irreversible.

Aunque supo que de ahora en más la vida sería más dura y que no habría retorno a aquél paraíso perdido, sintió una auspiciosa alegría. La de experimentar por primera vez, que aún en esa difusa división entre libertad y destino, él podría empezar a tallar su vida.

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Publicado por Juan Tonelli on Febrero 11th, 2012 1 Comentario

aquí y ahora

Después de haber movido cielo y tierra, Juan había conseguido viajar a Australia a entrenar con el mejor jugador de todos los tiempos. Se trataba de Geoff Hunt, un señor que había ganado 8 veces el Abierto Británico -torneo más importante del mundo en aquél entonces- y que durante 14 años nunca había bajado del puesto número 2 del ranking mundial.

Hunt era un ejemplo de disciplina y fortaleza mental. Las leyendas y proezas deportivas protagonizadas por él eran infinitas. Desde tener que permanecer internado en observación durante 48hs después de haber jugado una final extremadamente dura, hasta poner en riesgo su integridad física para ganar una simple corrida entre hermanos pre adolescentes.

El diálogo con él era escaso ya que era un hombre bastante parco. No se aprendía tanto de sus palabras como de sus gestos, sus miradas, y obviamente, de sus movimientos. Pero un día, después de un intenso entrenamiento se mostró más abierto que de costumbre, y Juan quiso aprovechar la oportunidad. Como si a través de una conversación fuera posible aprender todos los secretos que el maestro había aprendido a través de infinitas horas de entrenamientos, y de duras experiencias.

En un momento dado, el experimentado discípulo planteó uno de los clásicos dilemas de ese deporte, y de la vida misma. Qué hacer cuando la adversidad era mucha. En el squash los partidos eran al mejor de 5 juegos, razón por la cual el jugador que se imponía en 3 de ellos, ganaba.

Las estadísticas eran lapidarias: el 67% de los jugadores que ganaban el primero de los 5 juegos, ganaban el partido. Aquél refrán del truco “la primera vale doble”, era particularmente cierto en este deporte. Peor aún, en más del 80% de los casos, el que obtenía los primeros dos juegos, terminaba venciendo.

La pregunta de Juan era obvia, y más que un interrogante era una reflexión en voz alta. -”Qué difícil es dar vuelta un partido cuando uno va perdiendo dos a cero. Uno piensa que tiene que hacer un esfuerzo enorme para ganar ese juego cuando las cosas no están saliendo bien, pero a su vez, sabe que si lo gana, tendrá que jugar un cuarto juego, que puede perder. Y en ese caso, ¿para qué sirvió el esfuerzo de haber remontado y ganado el tercero? En ese mar de dudas, tampoco se nos escapa que aún ganando también el cuarto juego para empatar el partido 2 a 2, podemos perder el quinto y último, y tanto empeño puesto en revertir la situación de adversidad habrá sido en vano. Qué difícil es mantener la moral alta cuando la adversidad es grande….”

Las reflexiones de Juan se toparon con la gélida mirada de aquella leyenda viviente. Era como si no entendiera nada de lo que el discípulo había planteado, aunque obviamente, lo comprendía bien. Las palabras del maestro pese a ser cortantes, fueron tan claras que aún hoy iluminan en el corazón del aprendiz. -”Si vas perdiendo dos a cero, tenés que ganar ese tercer juego. Todo lo demás es ficción. Si vas perdiendo dos a cero, no existen el cuarto y ni el quinto juego. Realmente no existen. Y si consiguieras ganar el tercer juego, recién ahí empezarás a ocuparte del cuarto”.

El contraste entre las cavilaciones de Juan y la determinación del maestro fue brutal y despiadado. Sin embargo, aquella enseñanza lo acompañaría toda su vida. Cuando la adversidad fuera mucha, sería estéril preocuparse por todo lo que habría que revertir. Solo cabría ocuparse del presente, del aquí y ahora, de aquello en lo que uno verdaderamente podría incidir. Y dejar todo lo demás para cuando fuera presente. Si es que llegaba a serlo.

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Publicado por Juan Tonelli on Febrero 6th, 2012 4 Comentario

¿qué te preocupa?

Souha era una joven cristiana nacida en el Líbano. Por esas fatalidades propias del amor, se enamoró de un musulmán, hecho inaceptable para su familia y su comunidad. Sus hermanos no se lo perdonaron, y tan pronto pudieron lo asesinaron de un balazo en la frente, y si no hicieron lo mismo con ella fue porque la abuela intervino para evitarlo.

De todas formas, la anciana se enojó muchísimo con Souha por haber denigrado a la familia con semejante relación. Pese a su avanzada edad, la vieja poco había aprendido de la imposibilidad de manipular los sentimientos, y de la naturaleza arrasadora del amor. Entre reprimendas y sollozos, la joven le confesó a su abuela que estaba embarazada. Mientras la abuela se indignaba aún más por la deshonra familiar, Souha estaba devastada por haber perdido a su amor y al padre de su futuro hijo, todo en el mismo balazo ejecutado por su hermano.

La abuela, rápida de reflejos, decidió que la joven tendría el hijo pero lo entregaría a otra familia. El objetivo sería poder ir a una ciudad más grande en donde aprender a leer, escribir y estudiar, como único camino para salir de la miseria. Así pasó, y apenas nacido aquél varón, le hicieron tres marcas en el talón para que si algún día la madre lo volvía a ver, pudiera identificarlo.

Tan pronto salió de su panza lo lavaron y se lo pusieron en sus brazos. Souha tenía todo tipo de emociones. Alegría por la vida misma, y porque fuera su hijo. Tristeza porque había nacido huérfano y no tendría la oportunidad de conocer a aquél padre maravilloso. Desolación porque ella había perdido a su amor. Esa primera vez que lo tuvo en brazos fue también la última. ¿Qué sería de la vida de aquél niño? ¿Quién velaría por él? ¿Era justo que el precio para dejar la miseria fuera abandonarlo? ¿Valdría la pena? ¿Se repondría aquel niño de semejante desgarro afectivo, o se convertiría en un monstruo?

En el Líbano de los 70´donde todo era guerra civil y conflicto, Souha tenía dos atributos sumamente contradictorios: era cristiana y a la vez comunista. Mientras los primeros era circunstanciales aliados de Israel contra los musulmanes, los comunistas eran enemigos acérrimos debido a la tradicional alianza judeo norteamericana. Durante sus años en la universidad, Souha fue abrazando la causa nacionalista contra el imperialismo yanki. Inicialmente acompañaba a gente experimentada, y con el correr del tiempo le fueron encomendando tareas de mayor complejidad.

Después de muchos años le dieron un objetivo muy ambicioso: matar al general israelí que estaba al frente de la milicia que controlaba el sur del Líbano. Ella se infiltró en la familia del militar como profesora de aerobics de la mujer, y después de una larga etapa en la que fue ganando confianza, se le presentó la oportunidad de asesinarlo.

Los dos balazos que Souha le disparó a corta distancia, lo hirieron gravemente pero no lo mataron. Inmediatamente, fue arrestada y enviada a la terrible prisión de Khiam. En ese campo de concentración estuvo presa durante 10 años, sin juicio ni mucho menos condena alguna. En ese período fue víctima de todo tipo de torturas y abusos. Como su fortaleza era inmensa, se la pasaba cantando para mantener alta su moral, hecho que motivó que la llamaran “la mujer que canta”.  Y dado que nunca delató a sus compañeros, fue entregada al peor de los torturadores.

El verdugo era un joven de escasa edad. Tal vez eso fuera lo que le permitiría no tener ningún valor ni dimensión de lo que era una vida humana. O tal vez sería producto del propio sufrimiento y desamor que habría padecido. Sin embargo, aquellas hipótesis comprensivas de Souha sobre el torturador, rápidamente se esfumaron cuando él entró en acción.

Inmersiones de la cabeza en el inodoro por varios minutos o picanas eléctricas en los órganos genitales y puntos más sensibles del cuerpo, eran acciones cotidianas que aquél joven diabólico le infringía. Como era inevitable, también la violaba diariamente, a resultas de lo cual Souha quedó embarazada. ¿Algún día podría sanar tanto odio? ¿Podría olvidar aquella cara y aquellos ojos? Parecía imposible. En la medida que el embarazo fue evidente y ante su intransigencia a confesar, el torturador no tuvo más remedio que interrumpir su trabajo.

Pese a las muchas veces que Souha intentó quitarse aquellos hijos y hasta su propia vida, finalmente dio a luz dos gemelos. Gracias al coraje de la partera, en vez de ser asesinados fueron clandestinamente entregados a una familia.

Varios años después la misma comunidad se rebeló contra aquella brutal prisión y obligaron a los guardias a dejar en libertad a todos los presos. Souha pudo escapar y poco tiempo después recuperar a esos hijos engendrados por el torturador.

Más allá de las contradicciones de no poder ver a su primer hijo -único nacido del amor-, y mientras criaba a los gemelos resultantes de una violación, decidió migrar a Canadá y reinventarse una nueva vida para ella y sus dos hijos más chicos.

Estando un día en la piscina del club observó que el talón del bañero tenía las mismas tres marcas que le habían hecho a su bebé primogénito 40 años atrás. Una corriente de electricidad le recorrió el cuerpo. Sintiendo que el corazón le explotaba se dirigió como pudo a la escalera y subió los escalones trastabillando. Se acercó lentamente hacia él y cuando estuvo a un metro, su hijo se dio vuelta.

En otro giro dramático del destino, ella se encontró con la misma mirada que nunca iba a poder borrar de su corazón: la de aquél brutal ser que la había torturado y violado infinitas veces. Él la miró como si la conociera, aunque sin llegar a reconocerla. Souha alegó haberse confundido de persona y luego de excusarse siguió caminando como pudo hasta una reposera.

¿Cómo era posible semejante desgarro en una misma vida? Su único hijo fruto del amor había resultado ser el torturador más brutal y el padre y hermano de sus otros hijos nacidos de alguna de aquellas violaciones. Sin haberlo decidido, Souha nunca más pudo volver a hablar.

Después de algunos años de silencio Souha se murió, aunque dejando un testamento en el que les contaba a sus dos hijos gemelos que contrario a lo que les había dicho siempre, su padre aún estaba vivo, y que además, tenían un hermano del que nunca les había hablado.

Cuando pudieron seguir las pistas y llegar a descubrir la terrible verdad de que su padre y su hermano eran la misma persona, y en las condiciones en que habían sido engendrados, comprendieron por primera vez la grandeza de su madre. Todas las quejas y reproches que habían tenido contra ella en el pasado, se disolvieron en el acto.

Ambos gemelos quedaron shockeados, pero el varón aún mas. Se dio cuenta las estupideces por las que vivía preocupado. La cantidad de temas absolutamente menores que día a día minaban su alegría. Al igual que para la mayoría de la gente, para él la felicidad era tener una linda casa, un buen auto, y una vacaciones en algún lugar paradisíaco. Ser reconocido, exitoso, y preferentemente desarrollar un trabajo que lo apasionara. Se preguntó dónde había quedado aquél decálogo de felicidad en la vida de Souha.

A diferencia de su madre y aún pudiendo hablar, decidió llamarse a silencio y reflexionar qué cosas permitiría que lo preocuparan de ahí en mas.

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Publicado por Juan Tonelli on Octubre 27th, 2011 9 Comentario