¿qué te preocupa?

Souha era una joven cristiana nacida en el Líbano. Por esas fatalidades propias del amor, se enamoró de un musulmán, hecho inaceptable para su familia y su comunidad. Sus hermanos no se lo perdonaron, y tan pronto pudieron lo asesinaron de un balazo en la frente, y si no hicieron lo mismo con ella fue porque la abuela intervino para evitarlo.

De todas formas, la anciana se enojó muchísimo con Souha por haber denigrado a la familia con semejante relación. Pese a su avanzada edad, la vieja poco había aprendido de la imposibilidad de manipular los sentimientos, y de la naturaleza arrasadora del amor. Entre reprimendas y sollozos, la joven le confesó a su abuela que estaba embarazada. Mientras la abuela se indignaba aún más por la deshonra familiar, Souha estaba devastada por haber perdido a su amor y al padre de su futuro hijo, todo en el mismo balazo ejecutado por su hermano.

La abuela, rápida de reflejos, decidió que la joven tendría el hijo pero lo entregaría a otra familia. El objetivo sería poder ir a una ciudad más grande en donde aprender a leer, escribir y estudiar, como único camino para salir de la miseria. Así pasó, y apenas nacido aquél varón, le hicieron tres marcas en el talón para que si algún día la madre lo volvía a ver, pudiera identificarlo.

Tan pronto salió de su panza lo lavaron y se lo pusieron en sus brazos. Souha tenía todo tipo de emociones. Alegría por la vida misma, y porque fuera su hijo. Tristeza porque había nacido huérfano y no tendría la oportunidad de conocer a aquél padre maravilloso. Desolación porque ella había perdido a su amor. Esa primera vez que lo tuvo en brazos fue también la última. ¿Qué sería de la vida de aquél niño? ¿Quién velaría por él? ¿Era justo que el precio para dejar la miseria fuera abandonarlo? ¿Valdría la pena? ¿Se repondría aquel niño de semejante desgarro afectivo, o se convertiría en un monstruo?

En el Líbano de los 70´donde todo era guerra civil y conflicto, Souha tenía dos atributos sumamente contradictorios: era cristiana y a la vez comunista. Mientras los primeros era circunstanciales aliados de Israel contra los musulmanes, los comunistas eran enemigos acérrimos debido a la tradicional alianza judeo norteamericana. Durante sus años en la universidad, Souha fue abrazando la causa nacionalista contra el imperialismo yanki. Inicialmente acompañaba a gente experimentada, y con el correr del tiempo le fueron encomendando tareas de mayor complejidad.

Después de muchos años le dieron un objetivo muy ambicioso: matar al general israelí que estaba al frente de la milicia que controlaba el sur del Líbano. Ella se infiltró en la familia del militar como profesora de aerobics de la mujer, y después de una larga etapa en la que fue ganando confianza, se le presentó la oportunidad de asesinarlo.

Los dos balazos que Souha le disparó a corta distancia, lo hirieron gravemente pero no lo mataron. Inmediatamente, fue arrestada y enviada a la terrible prisión de Khiam. En ese campo de concentración estuvo presa durante 10 años, sin juicio ni mucho menos condena alguna. En ese período fue víctima de todo tipo de torturas y abusos. Como su fortaleza era inmensa, se la pasaba cantando para mantener alta su moral, hecho que motivó que la llamaran “la mujer que canta”.  Y dado que nunca delató a sus compañeros, fue entregada al peor de los torturadores.

El verdugo era un joven de escasa edad. Tal vez eso fuera lo que le permitiría no tener ningún valor ni dimensión de lo que era una vida humana. O tal vez sería producto del propio sufrimiento y desamor que habría padecido. Sin embargo, aquellas hipótesis comprensivas de Souha sobre el torturador, rápidamente se esfumaron cuando él entró en acción.

Inmersiones de la cabeza en el inodoro por varios minutos o picanas eléctricas en los órganos genitales y puntos más sensibles del cuerpo, eran acciones cotidianas que aquél joven diabólico le infringía. Como era inevitable, también la violaba diariamente, a resultas de lo cual Souha quedó embarazada. ¿Algún día podría sanar tanto odio? ¿Podría olvidar aquella cara y aquellos ojos? Parecía imposible. En la medida que el embarazo fue evidente y ante su intransigencia a confesar, el torturador no tuvo más remedio que interrumpir su trabajo.

Pese a las muchas veces que Souha intentó quitarse aquellos hijos y hasta su propia vida, finalmente dio a luz dos gemelos. Gracias al coraje de la partera, en vez de ser asesinados fueron clandestinamente entregados a una familia.

Varios años después la misma comunidad se rebeló contra aquella brutal prisión y obligaron a los guardias a dejar en libertad a todos los presos. Souha pudo escapar y poco tiempo después recuperar a esos hijos engendrados por el torturador.

Más allá de las contradicciones de no poder ver a su primer hijo -único nacido del amor-, y mientras criaba a los gemelos resultantes de una violación, decidió migrar a Canadá y reinventarse una nueva vida para ella y sus dos hijos más chicos.

Estando un día en la piscina del club observó que el talón del bañero tenía las mismas tres marcas que le habían hecho a su bebé primogénito 40 años atrás. Una corriente de electricidad le recorrió el cuerpo. Sintiendo que el corazón le explotaba se dirigió como pudo a la escalera y subió los escalones trastabillando. Se acercó lentamente hacia él y cuando estuvo a un metro, su hijo se dio vuelta.

En otro giro dramático del destino, ella se encontró con la misma mirada que nunca iba a poder borrar de su corazón: la de aquél brutal ser que la había torturado y violado infinitas veces. Él la miró como si la conociera, aunque sin llegar a reconocerla. Souha alegó haberse confundido de persona y luego de excusarse siguió caminando como pudo hasta una reposera.

¿Cómo era posible semejante desgarro en una misma vida? Su único hijo fruto del amor había resultado ser el torturador más brutal y el padre y hermano de sus otros hijos nacidos de alguna de aquellas violaciones. Sin haberlo decidido, Souha nunca más pudo volver a hablar.

Después de algunos años de silencio Souha se murió, aunque dejando un testamento en el que les contaba a sus dos hijos gemelos que contrario a lo que les había dicho siempre, su padre aún estaba vivo, y que además, tenían un hermano del que nunca les había hablado.

Cuando pudieron seguir las pistas y llegar a descubrir la terrible verdad de que su padre y su hermano eran la misma persona, y en las condiciones en que habían sido engendrados, comprendieron por primera vez la grandeza de su madre. Todas las quejas y reproches que habían tenido contra ella en el pasado, se disolvieron en el acto.

Ambos gemelos quedaron shockeados, pero el varón aún mas. Se dio cuenta las estupideces por las que vivía preocupado. La cantidad de temas absolutamente menores que día a día minaban su alegría. Al igual que para la mayoría de la gente, para él la felicidad era tener una linda casa, un buen auto, y una vacaciones en algún lugar paradisíaco. Ser reconocido, exitoso, y preferentemente desarrollar un trabajo que lo apasionara. Se preguntó dónde había quedado aquél decálogo de felicidad en la vida de Souha.

A diferencia de su madre y aún pudiendo hablar, decidió llamarse a silencio y reflexionar qué cosas permitiría que lo preocuparan de ahí en mas.

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Publicado por Juan Tonelli on Octubre 27th, 2011 6 Comentario

abandonar el personaje para saber quién es uno

Rodrigo caminaba al sanatorio a visitar a un familiar accidentado, cuando se encontró con su madre yendo al mismo lugar. En el trayecto pasaron frente a la facultad de abogacía, de la cual ella era egresada. El imponente pórtico exhibía cinco bustos de próceres del derecho. Rodrigo identificó sólo a dos, y le preguntó a su madre quiénes eran los otros tres. Ella negó conocerlos excepto al último, supuestamente el padre de la profesión que había ejercido durante 50 años.

Movido por la curiosidad, Rodrigo quiso averiguar a qué siglo pertenecía aquella profesión. La destemplada y negativa respuesta de su madre lo llevó a realizar la pregunta inconveniente: -”Alguna vez te interesó la abogacía?”

-”Nunca”, fue la tajante respuesta de su madre, sin que mediara un instante de reflexión. Rodrigo sintió como si le hubieran pegado con un mazazo en la cabeza. Y aunque no hubo un acuerdo explícito, de ahí en más ambos caminaron en silencio.

¿Cómo se podía vivir así, toda una vida ? ¿Qué se hacía con el corazón?, fueron las primeras preguntas que irrumpieron en el interior de Rodrigo. Una ola de emociones recorrió su alma. Pensó en su pobre madre, viviendo una vida que no había querido nunca. Una cosa era tener dificultades en concretar los sueños, y otra muy distinta era dedicarse medio siglo a hacer algo que no le gustaba.  Sintió una gran compasión por ella.

Reflexionó en toda la frustración que aquella mujer debió haber experimentado a lo largo de su vida, y en la que le habría transmitido a él. No era posible que alguien tan contrariado no expresara esos sentimientos por todos lados. La compasión que antes sentía por su madre se transformó en enojo, por haberlo expuesto a tanta toxicidad.

Sin proponérselo, comprendió su propia e incandescente insatisfacción. Aquél sentimiento de que nunca le alcanzaba nada, empezaba a mostrar su origen. Después de todo; ¿cómo sería posible sentirse satisfecho si la mirada materna que tuvo toda su vida, fue la de una persona tan frustrada? Probablemente él mismo hubiera desarrollado una  fuerte desconexión con sus emociones. Y ¿cómo alguien que no registraba lo que sentía, podría estar contento con lo que hacía? ¿Sería posible ser feliz sin saber lo que se quería? Ese parecía ser el paso fundamental de cualquier vida fecunda. Después vendría la ardua tarea de ver qué era capaz de hacer uno, y qué cosas excederían los propios límites. Pero la piedra angular era averiguar quién era uno y qué quería.

Rodrigo se dio cuenta que se había pasado la vida incómodo. Como si todo hubiera sido una gran actuación. Había simulado ser un hijo de puta para no parecer un boludo. Se había desesperado por mostrarse inteligente para no pasar desapercibido. Y había sido muy agresivo para que no lo vieran como un cagón.

Se preguntó cómo era él, al margen de que cómo tenía que ser. Dolorosamente no supo qué contestarse. Repasando aquellas clasificaciones tuvo que aceptar que no era un hijo de puta, sino más bien una buena persona. ¿Por qué entonces habría gastado tanta energía en simularlo? ¿Para no ser un boludo? ¿Y qué era ser un boludo? ¿Alguien demasiado bueno, al que nadie respetaba? Entendió que de lo que en verdad se trataba era más bien de ser “vivo”, astuto, acaso embaucador. Definitivamente él se sentía honesto, aunque casi estuviera obligado a ser tramposo. Cuánta contradicción entre lo que realmente era, y lo que debía ser. Tenía demasiados desprecios encima, y necesitaba valorizarse. Debía ser listo. Como los demás. ¿Quiénes?

Indagando en las otras calificaciones que se había atribuído, se reconoció inteligente. Entonces, ¿para qué tratar de sobreactuarlo? ¿Por la necesidad de impresionar a los demás? ¿Por temor a que alguien no se diera cuenta de lo importante que él era? ¿Cuál era su verdadera preocupación si en el fondo sabía que era lúcido? ¿Sería el temor a no ser reconocido? Agazapada tras aquellos mandatos olfatéo la imagen de su madre.

El abismo de preguntas parecía no tener fin. Recordó sus recurrentes actitudes agresivas. Siempre impostadas, como una forma de inventarse una reputación de valiente, cuando en el fondo de su alma se moría de miedo. Muchas, demasiadas veces se había sentido un cobarde. Con dolor tuvo que reconocer que él no era audaz. Se preguntó qué sería ser valiente. ¿Quiénes lo eran? ¿Los de las películas? Cayó en la cuenta de lo errada que estaba esa mirada. Toda su vida había creído que la valentía era no sentir miedo. Bajo esa definición, él era un cobarde irrecuperable pero todas las personas también lo serían. Se sinceró asumiendo que no era un héroe, pero tampoco alguien a quien los miedos lo paralizaran.

Un primer milagro se produjo cuando tuvo que admitir que había sentido miedo toda su vida. ¿Eso estaba mal? Una ráfaga de compasión le atravesó el corazón. Con alguna madurez que le daban sus 45 años, supo que sentir miedo no estaba mal. Que era lo normal. ¿Por qué entonces lo habría negado toda su vida? ¿Con la esperanza que al ignorarlo se convirtiera en el más valiente? Íntimamente supo que eso era lo que pretendía. Sin embargo, no pudo negar que habían pasado más de 30 años y las simulaciones no habían producido los resultados esperados. En el fondo de su alma, vivía aterrorizado. Comprendió que ser valiente no era no sentir miedo, sino más bien poder seguir adelante pese a sentirlo.

Se sintió más seguro; de ahora en más no tenía tanto que sostener.

Por primera vez en su vida se dio cuenta por sí mismo que de verdad él era valioso.  Y que al personaje que había construido con la obsesión de un artesano era mejor empezar a abandonarlo.

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Publicado por Juan Tonelli on Octubre 20th, 2011 7 Comentario

¿Quién quiere ser amado si puede ser reconocido?

Julián era el segundo y último hijo de una buena familia. Ya desde pequeño mostraba un espíritu indómito. Como todo hijo menor era el mimado de la casa, mientras que su hermano el primogénito, cargaba con la presión pero también con los honores del grupo familiar. Para sus padres, el mayor era el importante, de quien se esperaba todo. El menor, en cambio, era el hijo amado.

Con el correr del tiempo, esos perfiles se fueron consolidando. El primogénito era el centro de la atención, y el benjamín era el libre. Sin embargo y como frecuentemente ocurre con los seres humanos, lo que Julián tenía no le alcanzaba. Él no valoraba mucho lo que tenía, y sufría lo que le faltaba. Él no quería ser amado, sino ser reconocido.

Accidentalmente descubrió que ser el mejor en cualquier actividad, tenía sus beneficios. Si bien nunca se había propuesto ser el primer promedio en el colegio, una vez que lo fue, percibió que en su familia era más respetado. Y si no fue así, al menos él lo vivió así. Poco tiempo pasó para que su objetivo fuera ser abanderado. No por lo académico -que poco le importaba-, sino por el reconocimiento. ¿Acaso alguien querría ser abanderado sólo por aprender y entender? O más bien sería una necesidad del corazón humano, eterno buscador de afecto?

Con los años el mecanismo se fue profundizando. Además de destacarse en lo académico, Julián brillaba en lo deportivo. Si bien practicaba los deportes porque le encantaban, el beneficio colateral del reconocimiento familiar por sus éxitos, se había convertido en algo central.

A la hora de decidir qué estudiar, Julián eligió medicina. Venía de una familia tradicional y si bien tenía  libertad, la misma se circunscribía a pocas opciones. Tácitamente no le estaba permitido ser deportista, artista, o seguir alguna de esas carreras raras. “Freedom within a frame”, como el eslógan de alguna gran corporación mundial. Determinado a convertirse en médico,  eligió especializarse en cirugía ya que le parecía prestigioso.

Como cirujano fue desarrollando una muy buena carrera. La cantidad de horas que pasaba en el quirófano no las vivía como una carga sino como  una experiencia mística. En esos momentos y aunque estuviera frente a personas muy enfermas, se asombraba de la maravilla del cuerpo humano. No podía menos que reconocer la mano de Dios atrás de todo aquello. Y la satisfacción de salvar vidas, era inmensa. Cuando accidentalmente se encontraba con algún paciente al que había rescatado de un cáncer o una severa enfermedad cardiovascular cinco o diez años atrás, se conmovía profundamente. Y no es que Julián se sintiera omnipotente. Le daba alegría saber que esa persona había podido vivir tanto tiempo más, y que él como cirujano, había participado en ese milagro.

Producto de su crecimiento profesional se compró una clínica, y luego una pequeña empresa de medicina prepaga. Su vida se fue cargando más y más de trabajo, pero como no tenía ni esposa ni hijos, podía seguir operando y gerenciando su empresa, la cual le hizo ganar mucho dinero.

Ya en aquellos tiempos, Julián empezó a distinguir los sentimientos que le producían sus dos ocupaciones. Cuando operaba, se sentía en paz consigo mismo, disfrutaba el quirófano, y en aquellos casos que la cirugía terminaba bien sentía una alegría enorme y una conexión con la vida. Cuando gerenciaba su prepaga, resolvía problemas y tenía la satisfacción que brindaba el dinero: poder comprar una buena casa, un buen auto, tener unas buenas vacaciones. Recordaba aquellas investigaciones que señalaban que el dinero activaba las mismas regiones neuronales que algunas drogas, riéndose para sus adentros. Intentando balancear sus sentimientos, razonaba que él podía darse el lujo de disfrutar su profesión porque no la necesitaba para vivir. De lo contrario, la insuficiencia económica de cualquier médico promedio,  lo hubiera hecho sentir un infeliz. Por ende, decidió no mortificarse con planteos existenciales y seguir transitando su vida sin mayores planteos.

Tiempo después apareció la oportunidad de gerenciar una gran obra social. El desafío lo seducía ya que se trataba de medio millón de personas. No le fue ajeno saber que aquella decisión significaría el fin de su carrera como cirujano. No obstante, decidió avanzar.

Un par de años después, su empresa estaba bien consolidada, aunque los márgenes eran exiguos. El sistema de obras sociales no permitía grandes ganancias. Se dio cuenta que el futuro pasaba por hacer una prepaga grande, donde la facturación fuera a otra escala. ¿Pero cómo podría? El mercado estaba maduro con pocas compañías muy sólidas y Julián no tenía tanto capital para comprar una empresa millonaria. Aquél día, mientras salía de su simpática oficina sumido en estas cavilaciones, se topó con otra persona a la que le había salvado la vida hacía ya demasiados años. ¿Cómo era posible que siguiera viviendo? Pensó en la increíble capacidad de recuperación del organismo, y sintió una alegría profunda al saber que había colaborado a que aquél buen hombre viviera tantos años más. Sintió ese pequeño encuentro como una señal: mientras él estaba preocupado en hacer crecer la empresa, aquél antiguo paciente había venido a señalarle que las cosas importantes eran otras. Sin embargo, Julián decidió dejar rápidamente de lado aquellos pensamientos desestabilizadores.

Tiempo después y en medio de la crisis económica más grande del país, se presentó su gran oportunidad. Acosada por su mal gerenciamiento y la visión especulativa del fondo de inversión que la administraba, una de los grandes de la medicina prepaga salió a la venta a precio de oferta. En medio de tanta incertidumbre y mientras nadie quería tomar ninguna decisión, Julián se compró la empresa. Ahora sí era un empresario en serio.

No habían pasado meses de aquella adquisición cuando una llamada a su celular reforzaría su destino. Le ofrecían otra de las cinco empresas más grandes, ya que los bancos acreedores se sentían incapaces de gerenciarla en tanta crisis. Y sin saber bien cómo, Julián se adueño de aquella compañía para así formar un imperio dentro del sector.

El primer día que fue al imponente despacho del presidente, que ahora era el suyo, observó la fantástica vista que tenía de la reserva ecológica y del río. Se sentó en el sillón del poder y tomó conciencia que el ambiente tenía no menos de 250 metros cuadrados en un piso 20, desde donde toda la vida parecía apacible.

Percibió emociones varias y contradictorias. La satisfacción y revancha de saberse reconocido. A partir de ahora él sería el centro de la atención, y no su hermano. Sus padres estarían orgullosos por tener un hijo tan importante. Aquella sórdida y eterna competencia con su hermano estaba terminada.

Pensó en la cantidad de problemas que lo esperaban por resolver. Solo en el escritorio ya tenía la lista de los millonarios vencimientos bancarios a cubrir. Experimentó la enorme responsabilidad por tener que dar un buen servicio a 700.000 personas, en algo tan subjetivo y demandante como era la salud. Por primera vez, no pudo tapar el miedo que sentía.

Instantes más tarde, un mozo ingresó a ofrecerle algo de tomar. Si bien Julián no deseaba nada, vió en aquella persona a alguien familiar, así que le preguntó si se conocían de algún lado. El señor, ya mayor, sonriendo le recordó que él lo había operado de un cáncer de próstata hacía 15 años. El ahora poderoso empresario esbozó una sonrisa, y sin poder articular palabra, lo dejó ir.

Cuando nuevamente estuvo solo, se preguntó para qué se había metido en este enorme problema. ¿Para mostrarle a sus padres que él era alguien importante? ¿Acaso de niño no había sido muy amado? Intentó racionalizar pensando que lo que él en realidad necesitaba era ser reconocido, registrado. Como lo era su hermano. Después de todo; ¿cómo podía ser amado si no era registrado? Por más que su mente forzó los argumentos, no pudo negar el hecho que sus padres lo hubieran amado mucho. ¿Y entonces? ¿Para qué tanto quilombo?

Se dio cuenta que era mucho más feliz operando que siendo empresario. Que le daba mucha más alegría que alguien al que le había salvado la vida se lo agradeciera después de haber sobrevivido muchos años, que ganar mucha plata. Y si bien el dinero era importante, el afecto real era imprescindible. ¿Donde quedaría el amor en aquél ámbito despiadado de alta competencia empresaria?

Desde su opulenta oficina divisó a lo lejos a un pequeño velero navegando libremente. En aquél primaveral martes al mediodía, no pudo evitar preguntarse qué hacía en su despacho.

Luego de golpear la puerta e ingresar, su secretaria le avisó que su abogado necesitaba verlo en forma urgente.

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Publicado por Juan Tonelli on Octubre 10th, 2011 7 Comentario

¿para qué querer impresionar a todo el mundo?

El alumno había elegido rigurosamente a su potencial profesor. En la primer entrevista, el aspirante a discípulo habló, habló y habló sobre el tema, que era el piano. Luego de escucharlo pacientemente, el maestro le dijo:-”por qué no toca un poco el piano, así puedo escucharlo?”

Había llegado la inevitable hora de la verdad. Si bien el joven estaba preparado para ese momento, era mucho más fácil hablar del piano que tocarlo. Se sentó en la banqueta, la ajustó como si fuera un gran concertista, y luego de concentrarse unos instantes, empezó a ejecutar la obra de Bach. La interpretación no tuvo un sólo error. Se sintió exultante.

Luego de finalizar, dirigió su mirada al profesor, en busca de su reconocimento. Éste, después de pensar unos instantes, medio taciturno, dijo: -”no cometió ningún error…” El joven comprendió rápidamente que no lo estaban elogiando, y solo atinó a poner una cara que solicitaba más información. El maestro continuó: -”usted estaba más preocupado en no equivocarse, que en interpretar la obra. Y tocar el piano, es mucho más que no cometer errores”. El alumno acusó el golpe, mientras confirmaba que estaba frente a un Maestro: esas pocas personas capaces de aportar mucha luz en la vida, y en especial, en aquellos lugares que nadie puede iluminar.

El comentario final aún hoy retumba en el corazón de aquél discípulo:-”cuando la preocupación central es no equivocarse, la obra ni se expresa, ni crece. Si sigue así, dentro de 20 años, la va a tocar más o menos igual. Yo hubiera preferido que errara 10 notas, pero estar frente a una obra viva. Aspiro a que se equivoque muchas veces, pero que crezca. Para ser un gran pianista, le tiene que impulsar el amor y la pasión; no el miedo”.

Abordo del colectivo que lo traía de regreso a su casa, el alumno estaba sereno pese al golpe recibido. Sabía que el comentario del Maestro había impactado en el centro. En sus escasos 20 años de vida, el miedo había sido un compañero inseparable. Muchas veces sin siquiera tener conciencia. Se dio cuenta que el nivel de sus miedos era enorme. ¿Cómo no iba a tenerlo si necesitaba desesperadamente la aprobación de la gente? Más que miedo, tenía terror. Así tocaba el piano, y así vivía. Demasiado pendiente de la mirada de los otros. Y con una gran avidez por ser reconocido y admirado por cuanta persona se cruzara en su camino.

Todo lo que hacía tenía la misma impronta que sus interpretaciones pianísticas: impresionar a los demás. Y no es que no le gustara el piano o la música; de hecho lo conmovían. Sin embargo, sus carencias afectivas eran tan grandes, que cualquier actividad era un medio para ser reconocido, y así sentirse querido.

Se dio cuenta que por ese camino no iba a ir a ningún lugar. ¿Cómo hacer para concentrarse en el piano? ¿Para no tener tanto miedo a equivocarse, entendiendo que los errores eran parte del camino, y no una ruptura afectiva con la eventual persona que se cruzara en el camino? Por otra parte, tener la presión de no equivocarse nunca para no sentirse rechazado, era un disparate absoluto. Pero le pasaba todo el tiempo.

Tomó conciencia que hacía muchos años que vivía así. No llegó a precisar desde cuándo, pero arrastraba esta situación desde niño. ¿Qué hecho la habría provocado? Tal vez algo insignificante, como tantas veces sucede en la vida.

Sabía que no estaba frente a un tema fácil, de esos que al comprenderlos se disuelven. Las estructuras emocionales eran huesos duros de roer. Sin embargo, se ilusionó pensando que cada vez que lo hiciera consciente, podría elegir no alimentar ese monstruo voraz y estéril que era tratar de impresionar a todo el mundo.

Íntimamente supo que recorrer ese camino le llevaría toda la vida.

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Publicado por Juan Tonelli on Octubre 2nd, 2011 3 Comentario

tratar de ser lo que uno no es, nunca resulta

En la conferencia de prensa no cabía una persona más. Y no era para menos: una nueva estrella iluminaba el universo del ajedrez como nunca nadie en los 21 siglos de historia de ese juego. Un periodista disparó a quemarropa: “-Cómo pudo ser tan temerario de arriesgarse tanto? Si le alcanzaba con un empate para consagrarse campeón mundial; ¿por qué buscó tanto la victoria? Máxime cuando provocar tablas es sencillo, y ganar con negras es extremandamente difícil…”

El nuevo rey del ajedrez sintió que nuevamente era obligado a salir a la palestra. Mientras se tomaba unos instantes para reflexionar, ráfagas de imágenes y sentimientos sacudieron su cuerpo. A él, justo a él le iban a preguntar esto? Como si no supiera los riesgos que corría.  Como si no supiera lo que hacía. Una cosa era ser temerario, y otra muy distinta ser valiente. Una cosa era no conocerse, ni saber cuáles eran los propios límites, y otra muy distinta empujarlos hasta los umbrales.

Recordó cuando el jefe del departamento de ajedrez del comité deportivo de la URSS, Nikolai Krogius, lo marginaba de los mejores certámenes internacionales mientras le decía: “- Por el momento tenemos un campeón mundial y no necesitamos otro”. O cuando la Federación Internacional de Ajedrez había interrumpido la final del campeonato mundial, por la simple y arbitraria razón que él había puesto en aprietos al entonces campeón mundial. Peor aún, a su rival le habían dado 7 meses para que se recuperara anímicamente, hecho que igual no había impedido la victoria que acababa de concretar.

La pregunta del periodista ya había estado en su corazón toda la noche previa al partido decisivo. ¿Qué hacer? Un decoroso empate bastaba para consagrarlo campeón mundial.  ¿Debía entonces buscar tablas con piezas negras, algo no muy complejo para un jugador de su talla? Esa estrategia le produjo angustia. Él tenía solo 22 años, y no sabía especular. Tal vez, lo aprendiera de grande, o tal vez nunca. Pero no le salía. Con el profundo conocimiento de sí mismo que tenía para un joven de su edad, asumió su límite, registrando que tratar de ser lo que él no era, sería mucho más riesgoso.

La decisión no era nada fácil porque había demasiado en juego. El último partido de una serie por el campeonato mundial, después de 23 matches que lo colocaban al frente por la exigua diferencia de 12 a 11. Y esto, sin contar las 48 partidas anteriores, suspendidas por la Federación Internacional. Todo se jugaba en una partida, y el menor error podía echar por tierra años de esfuerzos.

Aquella noche aciaga sumó más presión, ya que atrás de cada jugador, había fuertes implicancias políticas. Su contendiente era la encarnación del Partido Comunista y el sistema soviético. Él en cambio, representaba a la reforma. Pensó si arriesgar tanto no era defraudar a los audaces que lo habían apoyado en contra del sistema.

¿Pero qué era arriesgar? ¿Tratar de ganar en una posición desventajosa cuando sólo bastaba un empate? No; ese no era el problema. El tema era mucho más complejo. Hacer un juego que no era el propio le daba mucho más inseguridad. Se dio cuenta que por lo general el ser humano prefería la seguridad a la verdad. Pero algo le decía que lo único sólido era lo verdadero; lo demás era frágil y vulnerable porque tenía que ser sostenido, actuado. La verdad en cambio, tenía una entidad y solidez propia; no necesitaba ser creada ni apuntalada.

Levantando la mirada le contestó a aquél periodista: “El mayor riesgo se produce cuando uno reniega de sus principios, de lo que uno es. Tratar de ser otro nunca resulta.”

Con esa convicción, el 9 de noviembre en la Sala de Conciertos Tchaicovsky de Moscú, Garry Kasparov con las piezas negras le ganó a Anatoly Karpov 13 a 11 consagrándose campéon mundial.

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Publicado por Juan Tonelli on Septiembre 24th, 2011 10 Comentario

la negativa a perdonarse a uno mismo

Juan había sido un gran jugador de squash. Dos veces ganador del campeonato nacional entre un sinnúmero de títulos obtenidos, daban fe de ello. Su pasión por este juego había sido un amor a primera vista: el día que lo conoció, fue la muerte de todos los demás deportes que practicaba muy bien. Nada más de fútbol, tenis o rugby. Y de ahí en más, una carrera meteórica hasta la cima.

Su éxito a nivel nacional no había servido para impedirle grandes frustraciones. Su sueño de ser campeón mundial no había sido posible por una multiplicidad de factores. Cumplir los mandatos familiares de estudiar una carrera universitaria y la dificultad de viajar a competir en el exterior por falta de recursos económicos habían sido los principales obstáculos. Sin embargo, la razón más profunda de su imposibilidad de acceder a la cima del mundo se revelaría muchos años más tarde.

Juan abandonó el deporte profesional cuando su carrera internacional distaba de ser lo que él soñaba, y la presión universitaria era imposible de conciliar con la vida de un deportista de alto rendimiento. Tenía sentimientos encontrados ya que por una parte se sentía un privilegiado, sabiendo que había alcanzado lugares a los que casi nadie accedía. Por otro lado, la frustración de no haber sido campeón mundial, o simplemente haber jugado mejor -por más vaga y difusa que fuera esa definición-, lo hacían sentir desdichado.

Años después de haber dejado de jugar, y antes de empezar su primer trabajo en una corporación, se fue de viaje a Thailandia, solo. Una noche después de cenar, se puso a ver televisión en el cuarto del hotel. En un aleatorio zapping, se topó con la final del abierto de squash de Hong Kong, uno de los torneos más importantes del mundo. La disputaban los dos mejores jugadores, el paquistaní campeón mundial, y un inglés.

El primer sentimiento de Juan fue contradictorio. Con la distancia que dan los años, se preguntó cómo era posible que aquél juego que había sido la gran pasión de su vida, ahora le resultara indiferente.

Mientras el partido televisivo avanzaba, Juan intentó indagar cuál sería la diferencia entre el juego  de aquél paquistaní genial, y el suyo. La primer respuesta que apareció en su mente, fue que el campeón mundial siempre había vivido para el squash, en tanto que a él le había tocado lidiar con la universidad y la enorme dificultad de poder viajar a competir. De hecho, durante algunos pocos meses ambos habían entrenado en el mismo club en Londres, y Juan había registrado que el número uno del mundo entrenaba las mismas horas que él. Sin embargo, el resto del día del paquistaní estaba en función de esas 4 horas de entrenamiento, en tanto que en el caso suyo el entrenamiento formaba parte de una complicada agenda diaria que además incluía facultad, estudio y novia. Juan pensó en aquél momento -y en éste también-, que esa era mucha diferencia. Uno completamente focalizado en un tema, y el otro demasiado dividido en varias actividades como para poder concentrar toda su energía en un objetivo.

Sin apagar el televisor, se fue a dar un baño de inmersión aprovechando el lujoso hotel en que se hospedaba. Mientras se relajaba en la bañera, la pregunta acerca de cuál había sido la razón por la que él sólo había sido un jugador de cabotaje, volvió a su cabeza. Recordó lo tenso que vivía como jugador. Esa obligación de ganar, de ser perfecto. Esa exigencia de que todos sus golpes y tiros fueran como él quería, cosa que rara vez sucedía. Comprendió que su justificación de que él no había tenido condiciones tan favorables como el paquistaní, si bien no era mentira, era cuanto menos insuficiente. Ansioso como cuando alguien sabe que está por develar algo importante, interrumpió su baño y con una bata volvió a la cama a continuar viendo aquella final.

Estuvo veinte minutos mirando por televisión aquél deporte que había sido un gran amor y actualmente no representaba nada. Pese a esta indiferencia, seguía minuciosamente lo que hacía el campeón mundial como si al escudriñarlo pudiera develar su secreto. Fue entonces cuando se hizo la luz.

Juan comprendió que la única y abismal diferencia de juego con el campeón mundial no se debía a que el paquistaní vivía para eso, en tanto que a él le había tocado convivir con una multiplicidad de temas. El gran tema era que el número uno del mundo estaba dispuesto a perdonarse sus errores, a convivir con ellos y seguir adelante. En reiteradas ocasiones, Juan observó como ciertas equivocaciones que para él hubieran sido inaceptables, para el campeón mundial no representaban nada. Seguía adelante sin enojarse, frustrarse, ni mucho menos maltratarse. ¿Cómo era posible que el paquistaní, siendo el número uno, tolerara amigablemente fallos que para Juan, siendo un jugador mucho menos destacado, resultaran inaceptables?

Recordó que su carrera había sido signada por esta contradicción. Su enojo con la realidad, y su no aceptación de sus propias imperfecciones. Y ahí comenzaba un círculo vicioso donde su intolerancia al error y sus enormes niveles de frustración por que las cosas no le salía como él quería, terminaban eclipsando cada uno de sus entrenamientos y de sus partidos.

Se dio cuenta que la verdadera diferencia con el campeón mundial era que mientras aquél era muy autoindulgente consigo mismo -y por ello podía seguir mejorando y desarrollándose-, Juan era implacable con sus errores e imperfecciones, lo que no sólo había determinado la derrota de algunos partidos decisivos, sino su posible evolución y crecimiento. Nadie podía desarrollarse con tantos niveles de negatividad y autorechazo. Esa negativa a perdonarse a sí mismo era lo que había impedido que tal vez el fuera campeón mundial. No era un problema de técnica, ni de entrenamiento físico, y ni siquiera de haber tenido que estudiar una carrera universitaria. El tema era su implacabilidad consigo mismo.

Sintió cómo su mente, a lo largo de su carrera, había sido el principal obstáculo al desarrollo. Era como si hubiera sido una canilla abierta de la que solo brotaba negatividad. Y ese rechazo a sí mismo y a que las cosas no fueran como su cabeza deseaba, esterilizaban cualquier esfuerzo, cualquier talento.

Siendo consciente que ésta podía ser una de las lecciones más importantes de su vida, apagó el televisor. Lo que vio de aquél partido, ya le había enseñado todo lo que tenía para dar.

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Publicado por Juan Tonelli on Septiembre 21st, 2011 29 Comentario

la realidad excede tus conceptos

Cuando Mariano tenía 22 años, se enamoró de Martina, una encantadora chica de 19 . Pese al excepticismo familiar por la escasa edad de ambos, la pareja fue consolidándose. Cinco años después decidieron irse a vivir juntos, y celebraron la década de amor casándose.

Al momento de contraer matrimonio, Mariano estaba enredado con Eugenia, una jovencita de 20. Como él ya era un hombre con cierta madurez, nunca dudó en dejar a su mujer por esta aventura. Y si bien estaba incendiado con el nuevo romance, confiaba en que se diluiría igual que otros anteriores.

Fueron pasando los años y la relación prohibida, en vez de desaparecer, se afirmó. A Mariano no se le ocurría dejar a su esposa, porque era feliz con ella. Pero por otra parte, no quería perderse a Eugenia. El tiempo transcurría y más allá de las angustias, culpas, disociaciones y el esfuerzo inevitable que genera una doble vida, todo seguía firme.

Tan sólido, que en algunas oportunidades Mariano había ayudado mucho a los padres de su novia. Ellos, pese a no estar muy contentos con que su hija fuera la segunda, aceptaban la situación porque lo consideraban a él muy buena persona. ¿Confiaban en que algún día se separaría de su mujer para elegir a la nena, o solo tomaban la vida como tal venía? Más allá de las hipótesis, los suegros suplentes siempre eran buenos compañeros.

Cuando Mariano cumplió 40, decidió con su mujer tener hijos. Casi en simultáneo, la novia empezó a pedir lo mismo, pese a tener solo 30 años de edad. Una década de pareja -aunque fuera en el banco de suplentes-, la habilitaban a ese anhelo.

Mariano resolvía el asunto como la mayoría de los seres humanos, difiriendo el problema. Mientras tanto, seguía yendo todos los días a ver a su novia, y recién a la salida iba para su casa. Esta situación que podía ser muy cansadora para cualquiera, era normal para él. A veces tenía ganas de simplificar un poco su vida, pero después de intentar nadar contracorriente un rato, se dejaba fluir y todo volvía rápidamente a su cauce normal con ambas mujeres.

Al cumplir 10 años con su novia, Mariano decidió llevarla a un hotel de lujo. Pasados de copas, ella dejó caer una frase aterradora: -”Pero gordo, ¿vos te creés que yo no hablo con Martina?”

A Mariano se le heló la sangre. Fue tal el miedo, que ni se animó a preguntar si era verdad o solo una broma pesada. Hicieron el amor, durmieron, y al día siguiente cada a uno se fue a su casa.

Sin embargo, Mariano no pudo sacarse el tema de la cabeza. Analizándolo fríamente, era muy posible que Eugenia hubiera hablado con Martina. No porque se conocieran de algún lado, sino por la simple razón que compartían un hombre desde hacía 10 años. Se puso a pensar en cómo podía ser que la vida lo hubiera traído a estas playas. Nunca había imaginado que tendría una doble vida y encima tan extensa.

Mucho menos, pensarse estando con ambas todos los días. Aún más ridículo parecía la naturalidad con la que los padres de Eugenia lo aceptaban cotidianamente como el novio de la nena, omitiendo que su hija era la clandestina. Y qué decir de ella, que vivía con normalidad algo que no lo era, al menos para los parámetros occidentales.

Mariano no se animaba a preguntarle a Eugenia si era cierto, y mucho menos a su esposa. Si bien le parecía que era perfectamente posible que su mujer supiera de esta situación, no estaba dispuesto a correr el riesgo de comprobarlo. ¿Su esposa ya habría aceptado esta realidad? ¿No sería el desquicio final? Si como decía el poeta español, “los que buscan la verdad merecen el castigo de encontrarla”, Mariano no quería ningún castigo, ni encontrar nada.

La pregunta acerca de cómo había llegado a esta situación, le rompía la cabeza. La respuesta era la misma que para tantos otros órdenes de la vida: sin saber cómo. Fluyendo.

¿Qué era lo equivocado; la realidad, o sus ideas acerca de cómo debían ser la cosas?

Sin poder salir de su laberinto, se quedó dormido al lado de su esposa.

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Publicado por Juan Tonelli on Agosto 27th, 2011 17 Comentario

máxima contradicción

El poderoso grupo terrorista luchaba por independizar un territorio y su población, de la nación a la que pertenecían. Su plan de acción incluía un objetivo que se llevaba todos los suspiros de los revolucionarios: realizar un gran atentado en los Juegos Olímpicos que se llevarían a cabo en el país. Masacrar a estrellas del deporte y a turistas inocentes -cuando todo el mundo tendría puesta la mirada en ese lugar-, permitiría que el grupo terrorista y su causa pasaran a ser reconocidos internacionalmente.

Paralelamente, los servicios secretos del país que contenía a este grupo independentista, venían siguiendo a todos los cabecillas desde hacía mucho tiempo. De tanto investigar, detectaron una gran oportunidad: la cúpula completa de los terroristas se reuniría en un país vecino. Un hecho de esa naturaleza era inédito dado que por razones de seguridad, nunca se juntaban todos los dirigentes para evitar dejar acéfala a  la organización en caso que el gobierno federal los interceptara.

El director de la agencia de inteligencia estaba exultante. Recién cuando hubo planeado detalladamente  la operación para incursionar en el país vecino y matar a todos los terroristas, le solicitó audiencia al primer ministro.

El jefe del gobierno escuchó toda la exposición. La operación conllevaba importantes riesgos. El principal, incursionar clandestinamente en otro país y matar a un grupo de personas. Coordinar el trabajo con los vecinos no parecía viable, ya que seguramente se filtraría la información y todo el operativo se echaría a perder.

El primer ministro pensó en la gran oportunidad que significaba descabezar a toda la dirigencia de ese grupo fundamentalista. Brutales y despiadados asesinos, que más allá de la justicia que pudiera tener su causa, estaban dispuestos a matar muchos civiles inocentes para lograr su objetivo.

Razonó que eliminar a esas 15 guerrilleros podría evitar la muerte de cientos o miles de personas los siguientes años. Hasta se evitaría el probable drama del atentado durante los Juegos Olímpicos que organizaría el país. Pero violar territorio extranjero le parecía inaceptable. Y mucho menos matar gente, aunque fueran asesinos.

¿El fin justificaba los medios? Recordó a Nicolás Maquiavelo, y todo lo que había estudiado en la facultad y sostenido durante decadas, entró en crisis. Una cosa era hablar de valores, y otra era decidir. ¿No podría hacer trampa por esta vez? El fin lo ameritaba. Su espíritu estaba partido al medio entre las enormes ganas de liquidar a esos guerrilleros, evitar muertes injustas y convertirse en un prócer, y por el otro lado, violar territorios vecinos y matar gente.

Tuvo una tentación de magnanimidad, sabiendo que podía decidir la vida de otras personas. Pero intuitivamente, supo que esa decisión nunca podría ser fecunda. ¿Dejar a los terroristas vivos lo sería? Se acordó de Max Weber que decía que quien se metía en política sellaba un pacto con el diablo, de tal modo que ya no era cierto que en su actividad lo bueno solo produciría el bien y lo malo el mal, sino que frecuentemente sucedía lo contrario, y que quien no veía esto, era un niño, políticamente hablando. Se preguntó si él sería un niño.

Imaginó a Harry Truman, teniendo que decidir tirar una y luego otra bomba atómica, para que matando 200.000 japoneses en un instante, se evitara la muerte de 1.000.000 de norteamericanos que demandaría vencer al Japón si había que desembarcar con infantería en las islas. Y si bien las matemáticas habian convalidado aquella masacre, la vida no cabía en esas ecuaciones. Ni se animó a pensar como debió haberse sentido aquél presidente norteamericano el resto de su vida.

Aún fracturado en dos mitades contradictorias e irreconciliables, le dio la orden al jefe de inteligencia de abortar la misión. El jefe de los espías se retiró entre sorprendido y decepcionado.

Los días siguientes, el primer ministro experimentó una gran culpa por las muertes de inocentes que ocurrirían inexorablemente. Y durante los años posteriores, cada atentado que hubo le produjo un sufrimiento adicional ya que siempre sentía que podía haberlos impedido.

Hoy la ETA está mayormente desarticulada. No concretaron el atentado de los Juegos Olímpicos de Barcelona 92, pero mataron infinidad de inocentes en un sinnúmero de actos terroristas.

Más de veinte años después de aquella decisión, Felipe González  aún no sabe si hizo lo correcto.

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Publicado por Juan Tonelli on Agosto 16th, 2011 Sin Comentarios

mendigo afectivo

Era un tenista muy destacado. Había tenido la suerte de ser campeón nacional. Sin embargo, hacía mucho rato que no encontraba la felicidad en su deporte. La razón era simple: la realidad distaba mucho de sus sueños.

Sus éxitos en los campeonatos nacionales habían quedado atrás. Muy atrás. Su anhelo de ser campeón mundial se había estrellado contra un presente gris. Si bien cualquier persona estaría feliz con la situación de Nicolás, él se sentía profundamente desdichado. Por más que hiciera 5 años que no bajaba de los primeros tres puestos del ránking de su país, convivía con la profunda tristeza de saber que no iba a ser ese gran jugador que tanto anhelaba. Peor aún: ni siquiera iba a encontrar alegría en el juego, ya que su drive no le salía como él quería. Y hacía rato.

Había probado de todo: desde cambiar la técnica radicalmente para tratar que su golpe fuera como indican los manuales, hasta olvidarse de ella y dejar su drive librado a la libertad. Ceñirse estrictamente a la técnica no había resultado, dado que la realidad era más rápida y dinámica que los manuales. La vida, no admitía esas rigideces. Por otra parte, abandonarse al libertinaje, tampoco servía. Resultaba de gran alivio después de un ciclo opresivo de rigor técnico, pero después de esos instantes de descompresión, las limitaciones e inseguridades que generaba el laissez faire sumían a Nicolás en una desesperanza profunda. Tenía miedo cada vez que golpeaba la pelota, y eso parecía no tener cura.

Varios años de frustración habían envenenado su espíritu. Ya no sabía si jugaba porque el juego le apasionaba, o por la simple razón que ese deporte era su identidad. ¿Quién sería él fuera de ese ámbito? Tendría que construirse una reputación nuevamente, y eso era aterrador. Mejor, usufructuar a fondo la que ya tenía. Aunque en demasiadas ocasiones se sintiera como una puta, en donde sólo practicaba ese juego porque le pagaban bien, y porque era el único lugar en el que era alguien.

Ese apego estaba profundamente arraigado por un par de hechos, menores en sí mismos, pero que lo habían marcado a fuego. Tendría unos 5 años cuando una portera que lo cuidaba, asombrada con su inteligencia, le auguró un destino de grandeza, y que sería presidente del país. Nicolás había tomado aquel comentario como una premonición, una conjura. Y tácitamente, desde aquél entonces no perdía sus esperanzas o fantasías acerca de ser presidente de su país, o de cualquier cosa que se propusiera. ¿Cómo podía darle tanta importancia a un comentario de una persona escasamente calificada? Tal vez, porque emocionalmente había sido muy importante para él, pensó. O más obvio, porque era tan lindo escuchar esas palabras, que producía placer creerlas. Como si ese comentario compensara la falta de valoración que Nicolás sentía de sus padres.

Pero claro, el precio de no resignar esa fantasía era cada vez mayor. El sufrimiento que le producía una realidad tan distinta de sus sueños, era muy grande. Se preguntó si efectivamente ser presidente era un sueño suyo, o si simplemente esperaba y resistía el cumplimiento de aquella premonición, por la magnitud afectiva que tenía para él, quien la había dicho. La respuesta era evidente, pero Nicolás optó por no explorarla.

Sin embargo le llamaba la atención que un hecho tan menor, lo condicionara tanto. Recordó aquella frase de Napoleón, “a veces una batalla lo decide todo, y a veces la cosa más insignificante decide la suerte de una batalla”…. ¿Sería aplicable a sus batallas emocionales de la infancia, en la búsqueda desesperada de afecto y reconocimiento, como casi todos los seres humanos?

Si aquel hecho menor de su infancia lo había marcado a fuego, otro suceso posterior, había sido igual de poderoso. Corría el año 1980 y Nicolás estaba en Wimbledon por primera vez. Un día, mientras se cambiaba en el vestuario junto a un sinnúmero de jugadores, repentinamente se produjo un silencio sepulcral. Él no entendía bien que pasaba, aunque la situación le hizo acordar al colegio, cuando el director irrumpía en la clase, y todos los alumnos se callaban abruptamente, por temor a ser sancionados. Ni bien terminó de recordar esa situación, pudo reconocer a Bjorn Borg ingresando al vestuario. Su asociación mental con lo que pasaba en el colegio, no podía ser mas precisa: la presencia de la autoridad producía un silencio profundo. Como si todos los jugadores que estaban en el vestuario se sintieran intimidados, e incapaces de hablar en medio de semejante epifanía. El gran dios del tenis se había hecho presente, y no había lugar para nada más.

Pese a que el tenista sueco saludó como si nada y no le dio más trascendencia al asunto, la experiencia marcó a fuego a Nicolás. Él quería ser como Borg. Ya no tanto por ganar Wimbledon 5 veces consecutivas, sino por ser respetado, admirado, y producir esa veneración entre sus pares.

Habían pasado varios años de aquella historia, y Nicolás nunca había reparado en cuánto condicionaba su vida esa situación. Esa búsqueda de reconocimiento era un gran problema para su vida. Su eje se había corrido, y ya no jugaba al tenis por la simple razón que le apasionaba, sino que lo hacía para ser valorado.

Se dio cuenta que esa historia no podía regir su vida. Que era un absurdo. Que por otra parte, nunca llegaría a ningún lado ya que como estímulo para convertirse en una leyenda del tenis, era muy deficiente. No tenía ninguna duda que Bjorn Borg no jugaba por el reconocimiento, sino por su pasión con el juego, y sus simples y poderosas ganas de hacerlo mejor cada día.

Después de semejante descubrimiento, Nicolás empezó a tomar conciencia que sus días como tenista estaban contados. Que si su amor por ese deporte había quedado atrás, era mejor abandonarlo. Que el precio de sostener su identidad desde ese lugar, sería cada vez más difícil y frustrante. Se preguntó si acaso la identidad era algo que uno debía inventar, o si simplemente era algo que uno tenía, sin necesidad de esfuerzo.

Se acordó de aquél cuento del sufí Nasruddín, en que éste mandaba a su arquitecto a construirle su casa en función de un picaporte muy apreciado.

Nicolás se rió y se sintió más liviano, comprendiendo que su identidad no podía ser algo a construir y mantener, sino más bien a descubrir.  Que no hacía ningún sentido realizar tantos sacrificios en pos de ser valorado, por más carencias emocionales que hubiera experimentado. Pensó en los más habituales picaportes de los hombres, como la fama, el dinero, la belleza, el poder, el prestigio. ¿Cuáles serían las historias, menores o no tanto, que marcarían a fuego las almas humanas, para que terminaran malgastando sus vidas atrás de esos espejitos de colores?

Aunque sintiéndose vulnerable, tomó la decisión de no construir su casa en función de un picaporte.

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Publicado por Juan Tonelli on Agosto 1st, 2011 3 Comentario

nuestros miedos desproporcionados

Alfredo había venido del interior con una mano atrás y otra adelante. Después de deambular por varios empleos precarios, consiguió entrar en una empresa prestigiosa: el diario más importante del país. Pasó por varias áreas hasta que finalmente encontró su lugar como periodista.

A fuerza de talento y capacidad de trabajo se fue abriendo camino en la redacción. Su mirada, diferente a la de la mayoría, siempre lograba llamar la atención de los lectores, y en especial, del director del diario. Fue pasando por diferentes secciones hasta que recaló en Economía.

Paralelamente, fue intentando varios emprendimientos. La paga en el diario era muy mala, ya que al ser reconocido como una escuela de periodismo, abusaba de su posición dominante. Como si le dijera a sus empleados: “encima que vas a aprender, querés cobrar…” Por esto, los periodistas se enfrentaban con el dilema de hierro de resginarse a vivir con lo justo o buscar el dinero afuera.

Alfredo, quien tanto había sufrido de chico, soñaba con un futuro próspero que exorcizara los demonios de la inseguridad y la escasez vividas en el pasado. Y el dinero era la mejor cura para esos males.

Su gran habilidad comercial y su calle -propia de todo sobreviviente-, hicieron que todos sus negocios le dejaran plata. Ninguno lo iba a convertir en millonario, pero gracias a ellos hasta cuadruplicaba sus ingresos en el diario. Y el efecto adictivo del dinero se fue enraizando en su persona. Cuanto más dinero ganaba, más quería ganar. La riqueza le prometía la seguridad, la certeza. Dejar atrás aquellos dolorosos fantasmas de la infancia, en donde todo era incertidumbre.

La vida en el diario la sobrellevaba con tensiones crecientes. Por un lado, disfrutaba el prestigio de ser un periodista destacado en el diario más importante. Como contrapartida, quería ser libre, y no ser valorado solo por trabajar en esa empresa. Como subeditor de Economía era cortejado por empresarios importantes para que escribiera bien de ellos y de sus empresas. Con frecuencia lo invitaban a fastuosos viajes que Alfredo disfrutaba a medias. Por un lado, le encantaba conocer otras ciudades y países, en turismo 6 estrellas. Pero lo ponía de muy mal humor saber que eso era, en cierto sentido, prestado. El día que dejara el diario, todos esos viajes y esa seducción de empresarios de alta gama se esfumaría. Comprendía que ahí estaba la paga oculta del diario; beneficios de pertenecer a una corporación. Pero Alfredo estaba determinado a ser libre.

Todos los emprendimientos en paralelo que había encarado tenían el mismo estigma: recibían generosos apoyos de empresas y anunciantes, por la simple razón que él era un periodista estrella de un medio clave. Alfredo estaba convencido de que el día en que dejara el diario, todo ese apoyo desaparecería junto a las invitaciones, viajes y otras modalidades de seducción. Y esa vulnerabilidad lo angustiaba mucho.

Con la serendipidad que ocurre en todos los buenos negocios, Alfredo encontró un nicho auspicioso. A fuerza de ver muchas noticias de un sector industrial, se le ocurrió crear un medio especial dedicado al rubro. Pero su idea no era hacer una publicación más, sino una que revolucionara la comunicación sectorial.

Acostumbrado a la doble vida entre el diario y otros emprendimientos, no le costó poner este proyecto también en marcha. A los pocos meses sintió que por primera vez estaba frente a una oportunidad y que sus sueños de libertad eran posibles. El emprendimiento crecía y crecía, a punto tal que Alfredo decidió dejar otros proyectos rentables, para concentrarse en éste que tanto prometía.

Al año, su vida era de una dualidad insoportable. Se vestía con ropa vieja para que en el diario no notaran su evolución patrimonial. Aunque no se había comprado el auto de sus sueños para no quedar tan expuesto con sus compañeros, había adquirido uno que era completamente inaccesible para un periodista. Para minimizar suspicacias, lo estacionaba lejos del diario, no fuera cosa que alguien lo viera arriba de esa nave. Luego, caminaba 6 cuadras desde el remoto garage hasta su empleo.

Su vida en la redacción no era más sencilla. Llegaba al mediodía, se quedaba una hora, y luego simulaba ir a comprar cigarrillos dejando todas sus pertenencias en el escritorio mientras se iba a su oficina clandestina en donde desarrollaba su emprendimiento. El truco funcionó bien durante días, semanas, y hasta algunos meses. Pero después, sus jefes y compañeros empezaron a desconfiar.

Las ventas de su proyecto seguían creciendo y Alfredo ya planeaba el desembarco en otros países de la región. Conoció la gloria, cuando se enteró que el director comercial del diario compraba su publicación para mostrarla ante toda la gerencia de ventas como el ejemplo a seguir. Él, un hombre hecho de abajo que había venido del interior sólo con sueños y sufrimientos, era el ejemplo -clandestino- de semejante corporación. Le hubiera encantado que la dirección del diario lo convocara para que él le explicara a los gerentes cómo hacer un desarrollo exitoso. Pero claro, era sólo una fantasía ya que la doble vida le imponía mantener su anonimato al frente de esta publicación que estaba revolucionando el mercado.

La pregunta de cuándo soltar amarras y dejar el diario estaba flotando en el aire, pero Alfredo ni se animaba a enfrentarla. Ese útero gigante que son las corporaciones, protegen a los hombres de sus miedos más ancestrales. Y abusan de esa protección. Y los hombres cual ovejas, aceptan esa protección, omitiendo que el precio que pagan por ella es carísimo: su propia libertad.

Una mañana, mientras hacía números en un café, Alfredo cayó en la cuenta que su empresa facturaba 50 veces lo que le pagaba el diario. Sonrió. Ya no necesitaba ese empleo. Sin embargo, se dio cuenta que no podía dejarlo. ¿Por qué? ¿Hasta cuándo? No sabía. Sólo sabía que sentía miedo. Aguantaría todo lo posible hasta ver con claridad como seguir. Sintió que estaba cerca de la meta. También sintió que la realidad podía volver a correrle el arco.

Ese día, cuando llegó al diario, no pudo llevar a cabo su irregular rutina de dejar sus pertenencias e irse. El presidente de la empresa lo esperaba para hablar. Pese a los recaudos de Alfredo -que en su revista figuraba con un pseudónimo-, ya todo el mundo sabía que ese exitoso medio era de él. Y el presidente del diario también.

La conversación fue breve: estaba despedido y tenía que pasar por el departamento de recursos humanos para su liquidación final. Alfredo percibió que el presidente tenía cierta envidia de su crecimiento.

El diálogo con el gerente de personal fue más ameno, quien le contó que le correspondía una jugosa indemnización. Sin embargo, Alfredo no estaba nada exultante. Regresó despacio a la redacción, juntó sus pertenencias, y saludó brevemente a su jefe. Los demás saludos quedarían para otro día.

Cuando salió del diario, recordó que en ese momento su emprendimiento le dejaba 10 veces más dinero que su empleo. Por otra parte, la indemnización equivalía a dos años de trabajo, así que estaba en una posición inmejorable. Sin embargo, sintió miedo. Pensó en la obra social que le garantizaba el diario. ¿Qué le pasaría si a su emprendimiento le iba mal? ¿Quién velaría por su salud?¿Quién lo cuidaría? La racionalidad se impuso, y se dio cuenta que sólo con la indeminzación podía pagarse la prepaga de los próximos 10 años. Sin embargo, el miedo seguía ahí. Se sintió indefenso. Las circunstancias lo había lanzado al ruedo, y los seres humanos nunca se sienten emocionalmente preparados para ello. Por suerte, a la vida no le importan los miedos de los hombres.

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Publicado por Juan Tonelli on Julio 18th, 2011 8 Comentario